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Edificio D

Leonardo Biente | 09 de Octubre de 2016

Leonardo Biente

I

La mujer del apartamento 117 fue la que primero reconoció aquel olor fétido. De todas maneras ya sentía algo raro, porque hacía dos días desde que la música ya no sonaba en el piso de abajo. Un pájaro negro se posó sobre el balcón rojo y a ella le pareció escuchar voces. Eran dos adolescentes en el departamento de al lado que gritaban (¿peleaban o follaban?), mientras los espías rusos que habitaban en el de enfrente le miraban por la mirilla de la puerta, anotando sus movimientos en un libro rojo.

Ese día salió ella de noche para no ver la escena completa. Se puso sus zapatos de ante azul pasados de moda y se subió a un taxi; las voces no la dejaban en paz. El taxista se parecía misteriosamente a Elvis, quien había muerto tres días atrás. No dejaba de mirarla por el retrovisor y tarareaba contento, en voz grave, al tiempo que tamborileaba en el volante con los dedos.

II

-¡Llamen a la policía!

Desde arriba el mundo se ve diferente. A los seis años no se tienen muchas oportunidades de ver las cosas desde esa perspectiva, de sentirse tan grande. Los pocos autos que pasaban eran como hormigas. Se sentó en el borde de la azotea del edificio de siete pisos. Todos allá abajo la estaban buscando. ¡Qué divertido! Sacó, juguetón, el talón de su zapato izquierdo, unos zuecos que le había regalado su padre antes de irse, lo único que le había dejado además de esa enfermedad que todavía no se manifestaba, se cayó hasta la calle, golpeando en la cabeza a un transeúnte.

-¡Llamen a la policía!

Fue la primera vez que odió a alguien. De ahí en adelante, cada que alguien mencionaba el infierno ella pensaba en aquella voz, en aquel rostro.

III

Se bajó del taxi y pisó un charco, ensuciando sus zapatos. La luz neón del local la cegó un momento y entró a tientas, tocando varios cuerpos en su camino. Ya dentro, pidió un trago. Hoy me doy permiso, se dijo.

Giró la cabeza: lo vio por primera vez.

Llevaba un chaleco aterciopelado. Parecía que llevaba días sin lavarse el cabello, tan largo y enmarañado. Sin embargo, sus botas estaban impecablemente limpias. Quedó prendada de él al instante. Sólo confiaba en aquella gente de zapatos limpios. Él la miró. Se acercaron.

Las caricias en el Volskwagen ’61 fueron el preludio de aquella noche. Tras aquella puerta rasgada en un momento de furia o desesperación por alguien que habitó ahí antes que ella, se fueron a la cama.

Cuando despertó, no estaba ahí tendido. Pero en una esquina del cuarto vio el par de botas, más brillantes aún a la luz del día, como una bandera blanca de paz.

IV

Los espías rusos se marcharon un día y ya no volvieron. Nunca supe si eran espías rusos de verdad. Mi padre así les llamaba y siempre iban muy bien vestidos.

V

Voy a dormir. Dientes de flores. Así comienza el poema. Ella lee, sosteniendo el libro mientras baila ligeramente sobre el piso de ajedrez. Si llama, dile que no insista. Termina la música y ella se recuesta sobre la cama. El disco gira con un leve zumbido, como un pájaro carpintero exhausto de tanto trabajo.

Ese día decidió irse de casa. Tardó todo un mes para dar el primer paso. Un día, años después, regresó. Ya no era la misma. Justo lo que quería.

Voy a dormir. Dientes de flores. El libro seguía donde lo había dejado, aunque parecía envejecido. Si llama, dile que no insista.

¿Por qué justo habría encontrado el sentido de todo, o lo que se parecía, en tanto absurdo años atrás?

Quiso regresar para entender. Pero entender es morirse.

 

 

***
Leonardo Biente es escritor y poeta. También es empleado de día.

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