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Ellery Fortescue

C. D. Rose (Traducción de José Luis Justes Amador) | 19 de marzo de 2016

C. D. Rose (Traducción de José Luis Justes Amador)

La escritura y la enfermedad suelen ser compañeros de cama. Keats, doctor, estaba siempre tosiendo. de Charlotte Brönte se dice que sufría ataques de hipocondría. Joyce y Beckett se sentaban durante horas comparando sus enfermedadES, tanto las reales como la imaginarias, y eso por no hablar de Marcel Proust.

Lo que no sabemos es si hay una conexión innata entre ambas o explicarlas por el simple hecho de que los escritores tienden a ser grandes auto examinadores de sí mismos (o, por decirlo de una manera menos caritativa, narcisistas). Sin embargo, suponiendo que esto fuera cierto, no resultaría para nada sorprendente: pasar un montón de horas sentado a solas en habitaciones mal caldeadas, sin ver apenas la luz del sol, cayendo en ataques de ansiedad por el uso correcto de un punto y coma o por la disyuntiva entre usar un adverbio o no, resulta perjudicial para la salud, y eso sin pensar en los habituales vicios del alcohol, el tabaco o algunos peores. (Aquí el DBFL  se apresta a reconocer que, a escala global, la escritura no está tan lejos de ser tan mala para la salud como trabajar en una factoría de asbesto o en una mina de cobalto.)

La poeta y ensayista Ellery Fortescue  estaba poseída por dudas sobre su salud. Siendo como fue una niña de salud delicada se entregó muy pronto al mundo de los libros, un hábito que conservaría ya crecida y al que intentó contribuir con sus poemas y diarios, todos dedicados a Susan Sontag y a sus múltiples enfermedades. (Aunque a veces no fueran más que un simple resfriado, las trataba como materia de su escritura.)

Conforme iba creciendo, sus enfermedades comenzaron a diversificarse. A los veintiocho se encontró alternando insomnio y narcolepsia, misteriosas pérdidas de pesos junto a asombrosas subidas del mismo, dolores, punzadas, piel irritada, pérdida de pelo en la cabeza, crecimiento indiscriminado del pelo (en el resto del cuerpo), una nariz constantemente goteante, huesos que parecían fracturarse solos y ligamentos que se desgarraban cada vez que intentaba apretar una tecla de su IBM Wheelwriter 3500.

Comenzó a visitar a doctores, de los de verdad y de todo tipo de charlatanes, de los convencionales y de los no tanto, pero ninguno de ellos le sirvió hasta que encontró la solución en el que le recomendó la escritura como terapia.

“Lleve un diario”, dijo el doctor amigable. “Escríbalo todo. Puede ser que ayude”.

“Eso es lo que he estado haciendo toda mi vida”, le replicó, pero para entonces el doctor ya había llamado al siguiente paciente.

Durante los años siguientes, Fortescue enlistó todos sus síntomas y cómo se sentía sobre ellos, en una pila cada días más creciente de cuadernos, preguntándose qué libro podría salir de todo aquello una vez que estuviera completado, es decir, una vez que estuviese sana.

Pero ese día parecía no llegar. Cuanto más escribía, más enferma se ponía.

Fue sólo cuando la pila de cuadernos comenzó a bloquear la puerta de su dormitorio cuando se dio cuenta de que podía diagnosticarse a sí misma. Ya sabía cuál era su dolencia y su nombre: grafomanía.

Para Fortescue escribir no era una cura o una terapia, sino un síntoma.

Saltó de su cama y uno a uno rompió sus cuadernos y lentamente los deshizo en la trituradora de papel. Donó la Wheelwriter (ya sin rodillo de tinta hace tiempo) a una tienda local de caridad. Hizo desaparecer cualquier utensilio de escritura de su departamento.

Nunca se había sentido mejor.

 

 

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