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Del enojo como justificación

José Luis Justes Amador | 11 de octubre de 2020

Louise Glück, ganadora del premio Nobel de Literatura 2020
Louise Glück, ganadora del premio Nobel de Literatura 2020

José Luis Justes Amador


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189. La rabia es una de las actitudes humanas menos estúpidas que existen; es como un mecanismo de defensa animal y racional (irracionalmente racional) que aparece como medio de supervivencia (la supervivencia de la especie).

190. Es perfectamente lógico que un individuo, ante una situación (estimulo) que le agrede, reaccione. La rabia es algo así como un instinto animal mezclado con las leyes de la física clásica newtoniana: a toda acción (que ataca) corresponde una reacción (que contraataca).

191. Por eso, aunque me costó entenderlo, es perfectamente lógica, y si no elogiable, al menos no condenable la serie de destrozos con los que suelen terminar (no todas) las marchas de protesta.

192. (Paréntesis necesario: aunque muchos lectores estén pensando en las marchas de  mujeres, el punto anterior aplica para todo: obreros tirando piedras a las ventanas de sus fábricas, por ejemplo.)

193. Es perfectamente lógico, y para nada estúpido, que frente a una situación injusta, y que además parece que no va a poder arreglarse “por las buenas” (signifique lo que signifique “por las buenas”), esa parte animal que todos tenemos (y recuérdese que lo animal jamás puede ser “estúpido”) exteriorice la rabia.

194. Acusar a unas personas (jamás a un colectivo, porque las cosas no las rompe o pintarrajea un grupo informe y sin rostros, sino una o unas personas) de no saber expresar su rabia, es absurdo en la lógica, al menos.

195. El impecable argumento se enfrenta, sin embargo, a dos preguntas que pueden debilitar, tanto a la coherente utilización de la rabia como a la utilidad de ésta: ¿cuándo la rabia está mediatizada y tamizada por la conciencia de estar utilizando la rabia deja de ser rabia?, ¿cuándo la estúpida utilización de la rabia va en detrimento de lo que se persigue?

196. Ya pasada la polémica (polarizada y sin argumentos por parte de ninguna de las dos partes) de los destrozos y las pintadas en uno de los monumentos más emblemáticos de la Ciudad de México, es hora de observar no la primera marcha sino la siguiente. Mientras que, compartible o no, la rabia de la primera marcha resultaba perfectamente lógica, ¿qué ocurrió en la segunda?

197. La rabia es instintual, instantánea, irracional (que no es lo mismo que ilógica). Arrasar un símbolo que se cruza en el camino de una marea de personas poseídas (no se me ocurre mejor verbo) por un sentimiento de impotencia ante sus demandas, se me hace lógico (algo que no se me haría lógico si fuera, por ejemplo, destrozar un monumento por haber ganado un campeonato del mundo).

198. Sin embargo, lo que ocurrió en la segunda marcha ya no parece tan irracional, tan instantáneo, tan instintual. Frente a la rabia (que nunca debe ser consciente) se presentó una conciencia de la rabia (algo tan absurdo como hablar de la conciencia del instinto). Para vandalizar el monumento, esta segunda vez se tuvo que romper barreras puestas ahí para impedirlo precisamente. Sería, con este argumento, lógico (no necesariamente compartible) romper las vallas que estaban puestas para evitarlo. Pero resulta más difícil comprender que un argumento del tipo “han puesto barreras para que nuestra perfectamente lógica rabia no afecte al monumento, por lo que lo que vamos a hacer, es romper con rabia las vallas para llegar al monumento y volver a vandalizarlo”, resulte tan instintual como lo es la rabia.

199. Cuando la rabia pasa por el filtro de la conciencia deja automáticamente de ser rabia para ser otra cosa.

200. O, por usar otro ejemplo reciente, cuando la rabia lógica de ocupar la CNDH por su “incapacidad” de resolver los expedientes de feminicidios se convierte en “vamos a quemar los pocos expedientes que tienen aquí de feminicidios”, no resulta una rabia mal dirigida. Probablemente no resultaría más útil filtrarlos a la prensa para denunciar hasta que se resuelvan, escanearlos y compartirlos en Internet o preparar un dosier en pdf que cualquiera pudiera descargar, pero al menos un poco más útil que destrozarlos, sí.

201. Y como todos los años, el Nobel de literatura viene con (estúpida) polémica.

202. Desde las feministas más radicales protestando porque el premio este año se lo hayan dado a ¡una mujer!, hasta un artículo escrito por un hombre que enrrabietado con la institución, propone que su rabia la mediatice la ganadora del premio.

203. Traduzco literalmente un párrafo, porque en esta historia de la estupidez humana no tiene desperdicio: “por eso debería Glück rechazar el premio, para forzar un cambio que necesitamos desesperadamente y que beneficiaría a lectores y a escritores. Glück sería materialmente más pobre rechazando el millón de dólares [qué fácil hablar de rechazar un millón cuando no es el tuyo: nota mía], pero probablemente se haría más famosa [¿más famosa que habiendo ganado el Nobel?] y quizá vendería más libros. Se supone que los escritores son fuerzas de la conciencia, por lo que enfrentarse a la Academia Sueca sería lo más adecuado. Ya ha pasado antes: en 1964 Jean Paul Sartre se negó a  aceptar su Nobel de literatura”.

204. Hasta su último argumento es estúpido ya que, en septiembre de 1975, Sartre, por persona interpuesta, preguntó a la Academia Sueca si le podían dar el dinero del premio, algo que, por supuesto, la Academia rechazó. Lo cuenta Lars Gyllensten en sus memorias.

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