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Escribirás lejos

Andrés Baldíos | 03 de diciembre de 2016

Andrés Baldíos

A todo autor que ha encontrado creación en el exilio,

la impotencia y la duda del no saber exactamente qué hace.

 

Apenas arranquen los exilios tú ya tendrás bastantes páginas escritas y cientos de ideas reservadas que empezarán a salir conforme vayas encontrando superficies en blanco y algo con qué apuntarlas. El lápiz no sirve para esta labor, se borronea con tan vergonzosa facilidad que es mejor hallarnos algo permanente para asegurar la inmortalidad de un pensamiento, sea frase u oración, sea apenas un apunte o una intención completa y redonda.

Lo primero es traspasar las fronteras por las buenas o por las malas, ya sea identificándote en la aduana y a lo largo del trayecto, o siendo interrogado por los guardias, los invasores, los persecutores, por todos aquellos quienes te desean la prisión y la muerte. Quizás por el camino te nazca escribir alguna que otra experiencia o trama distractora; el mismo drama de tu situación podría remover posibles sentimentalismos que contengan tus entrañas, todo por salvarte de una crisis nerviosa. Tu facilidad con las palabras, tu capacidad de ficción puede evitar que te destruyas la vida real; siempre es preferible descuartizarse por escrito. Entonces llegas lejos, a otras tierras; a las tierras que serán tu hogar por tiempo indeterminado. Luego de días tratando de acostumbrarte a las nuevas tierras, prefieres parar la escritura por algún tiempo y acoplarte al espejismo de tu nueva vida, que no tienes ni idea de cuánto podría llegar a durar.

(…)

Ya van más de ocho meses, doce cuentos y una novelita que no tienes idea si tu casa aún sigue de pie, si sus cimientos están intactos, si su techo es el mismo o si el recuerdo sigue existiendo con los aromas de los muros y los muebles que tuviste que abandonar. No sabes si en tu jardín se han marchitado los helechos o si la fuentecilla se desmoronó después de un buen rato sin escupir lo que de niño creías que era cristal deslizándose. No sabes si ya habrá terminado la guerra o si aún continúa eructándole a tus tierras natales.

Ya han pasado años, y ni una maldita idea de nada. Continúas en la búsqueda de un esplendor pero sabes que te engañas a ti mismo cuando te confirmas en tu nuevo hogar; la única manera de deshacer este sentimiento infortunado es… pues, escribiendo, ¿no? Ya con empleo y unos cuantos contactos construidos en el nuevo hogar es más sencillo escribir; las pausas de los primeros meses fueron sólo una pose en la total inseguridad de aquellos días. Ahora ya es ganancia, ya tienes oportunidad de idear mejores tramas, ya no estás limitado a la inspiración que te provocaban tus barrios.

Pero es inevitable la desgraciada nostalgia: una piedrota de grava metida en la bota, un asta dilatándote el culo, la cadena de una bicicleta saliéndose de su lugar causando tu arrojamiento a tu destrozo en el asfalto; es el asiento más incómodo de la sala de cine, la ventana más mugrienta posible… y demás metáforas ridículas. Tú bien sabes que se extrañan los pordioseros en las callejas, el parpadeo de tus vecinos, la insinuación de la chica que no te gustaba en absoluto, el alumbrado de los parques en la noche, las calles mal pavimentadas y destartaladas por las raíces de los arboles, los escondites donde descubriste tu sexo junto a tus amigos, las casas prohibidas y las rutas secretas, un sin número de particularidades que anhelas volver a odiar, adorar y referir. Extraordinarios recuerdos transformados en sólo una partecilla más de la historia de tu breve eternidad, ese lapso raquítico en el que has estado tratando de zarandear tus interiores hasta garabatearlos en papeleo. Las tonalidades de tu pasado ahora no son más que viles pinceladas provocadas por tu controlable pero ineludible violencia; ahora son sólo cosas que pasaron. Y todo por formar parte de un estatus social, político y religioso; excluido por un documento e ignorado pese a tus excéntricos rasgos, acorralado en fronteras que no te vieron nacer, recibidores con figurines extraños sobre pedestales ornamentados que hablan un idioma que te parece terrible (o demasiado elegante para ti), un idioma que tú solías hablar. Te exasperas por recuperar tu nombradía secreta (la dicha de pertenecer a un lugar que, en incontables ocasiones, lo has preferido desconocer, desobedecer y maldecir).  

Entonces escribes tu texto a toda prisa, con una extraordinaria efusión, como si se tratase de algo único. Pero una vez habiendo leído tu propio trabajo, te avergüenzas de tan tremenda fanfarronada; una “alimaña discursiva del momento” que jamás verá la luz para el bien de los buenos (y confundidos) lectores. Lectura, detención, muecas de desagrado; todo el proceso necesario antes de tirar dicha idea a la basura. Se comprenden la fatalidad de tus sentimientos, los errores gramaticales y argumentativos. Cualquier cosa se perdona estando lejos de donde solías encontrarte y reencontrarte con frecuencia. Escribes tus nuevos trabajos en sitios tan insólitos como el baño, bajo la cama, detrás de la puerta, acostado boca abajo en el piso, recargado en un barandal peligroso, mientras caminas por la zona de restaurantes y prostíbulos, inspirándote con lo que todos suelen inspirarse, los alrededores que ofrecen la visión de la vida, proponiéndote espejismos, dándote la opción de que los tomes o los dejes. Aquí te ganas los infinitos que gustes, pierdes los que pudieron ser los mejores y arrojas los que bien pudieron haber funcionado.

Ahora que la mitad de tu obra está establecida le es imposible al resto del mundo contemplarla, probarla, aborrecerla como es debido (o negarla, en el mejor de los casos). No se permiten tus ideas en tu tierra, la gratísima admisión departe del suelo extranjero es incomparable a la del resto de tu mundo, que es tan sólo un pedazo de tierra entre muchos otros. Tú mismo declaras que no deseas la publicación de tus trabajos en tus propias tierras por motivos políticos y personales, por sentimentalismos o por convicción sexual, por miedo a la persecución y demás absurdeces de las cuales se sirven las dictaduras de tu pueblo. Tus escritos tienen la misma valía de un abono maltrecho en el camino, la misma importancia de un bebé malparido en tiempos espartanos, la misma incredulidad de un primer poemario publicado, humilde y fallido, condenado a gravitar entre una demasía de tomos adosados a la indiferencia; el resultado de un auténtico aspirante menor. Aún así, los prefieres a aspirinas absorbentes y tratamientos irritables: tus letras personales son medicamentos proscritos, abundancia de auxilios, son y serán el único honorario que poseerás orgullosamente en la pared de tu recámara, en alguna vitrina, en tu colchón, en tus cajones de ropa interior. Podrías seguir así el resto de tu vida, pero seguirás escribiendo en las lejanías y sólo regresarás cuando te sea imposible seguir resistiendo la desgraciada nostalgia.

Si me muero… ¡pos que me traigan aquí!

¿Aquí a dónde, extranjero?

 

***
Andrés Baldíos es escritor. Los primeros peldaños son peligrosos, su hasta ahora primer libro de cuentos, fue editado en 2012 por San Roque.

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