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Hartmut Trautmann

C.D. Rose (Traducción de José Luis Justes Amador) | 30 de Octubre de 2016

C.D. Rose (Traducción de José Luis Justes Amador)

 

Hartmut Trautmann había tenido desde siempre una pasión por la lengua inglesa. De los miles de idiomas del mundo, sentía que sólo el inglés tenía una variedad única de inflexión, un léxico vasto e infinitas sutilezas de registro, todo ello combinado con una franqueza vigorosa y flexibilidad gramatical.  Lo realmente asombroso es que Trautmann era capaz de percibir todo esto sin serlo de hablar una sola palabra del idioma.

Cómo se desarrolló esta pasión, nunca quedó claro. Había nacido en Alemania del Este en 1948, por lo que las oportunidades de aprender el idioma eran muy limitadas. Aunque se le presentaron otras posibilidades lingüísticas durante su juventud, encontró el español (promovido por las visitas regulares de los camaradas cubanos) demasiado esclavo de su padre latino, el checo y el polaco le parecían bocados de cristal roto, en cuanto al serbocroata no sabía si era una cosa u otra, y el húngaro se le hacía incomprensible. Se negaba a aceptar el ruso. Se ha sugerido que su amor por el inglés llegó de su entusiasta devorar traducciones de las novelas de oeste (Louis L’Amour era extrañamente popular en la República Democrática Alemana) y un prolongado estudio de las traducciones de Shakespeare hechas por Schlegel (como muchos, pensaba que los dos eran un solo e indivisible hombre).

Ahorró dinero de su trabajo como ingeniero eléctrico y, tras diez años en la lista de espera, logró comprar una Robotron 202 en la que escribiría su gran novela (en alemán, esperando traducirla más tarde al inglés). Después de muchos años de trabajo en Das gahaimnis spiegel, Trautmann se dio cuenta de que la traducción era un método inadecuado para expresarse en inglés. Para usar el lenguaje con autenticidad, para poder bañarse en sus múltiples recursos, para ser capaz de apreciar y manipular cada sombra y brillo del significado, tuvo que aprender a hablar el idioma, para entrenarse a pensar en él y de ahí componer directamente en la lengua que tanto amaba.

Fue hasta 1988 cuando Trautmann, usando con cuidado su red de contactos profesionales para evitar los más que inquisitivos ojos de los censores de la Stasi, finalmente logró conseguir un diccionario Inglés-Alemán. Sin embargo, debido a la naturaleza de dichos contactos profesionales, el diccionario contenía exclusivamente términos referidos al campo de la ingeniería eléctrica de Alemania del Este. Determinado, se puso a su tarea y comenzando con amperio y moviéndose a través de cambio gausiano y frecuencia oprtogonal multipléxica, pasando por oscilador revertidor y hasta terminar con zener (diodo) y zero (cambio de voltaje a), aprendió inglés, memorizando todos y cada uno de los términos.

Le llevó siete años lograrlo, tiempo en el que su país ya no existía y el inglés había inundado anuncios, canales de televisión, manuales de instrucciones y etiquetas de los productos alimenticios.

En 1995, habiendo encontrado en un anticuario las partes para reemplazar el Robotron 202, Trautmann se sentó de nuevo a escribir, pero descubrió que era incapaz de enlazar las palabras para  formar un enunciado decente. Siempre convencido, continuó, logrando que tuviera sentido la historia de un ingeniero eléctrico que intenta entender un idioma extranjero.

Por desgracia, ninguno de los editores a los que Trautmann envió su manuscrito de mil páginas logró encontrarle sentido y ahora está amarilleándose, olvidado, en la habitación de arriba de un bloque de departamentos en Friedichshain, esperando ser redescubierto.

 

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