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La bestia en el arbusto

Ismael D. Covarrubias | 16 de junio de 2019

La bestia en el arbusto
La bestia en el arbusto

Ismael D. Covarrubias

El agua había invadido mis Converse por más que avanzaba a saltos, una parte mía estaba genuinamente preocupada, quizá más de lo que me gustaría admitir, otra era pura culpa, y una tercera mezcla de ambas, ese impulso turbio tan católico de hallar nobleza y hasta redención en pasar penurias.

Era de noche, llovió muy fuerte, la primera tormenta del año y muy atrasada; horas de truenos, calles hechas ríos, agua colándose por cada parte posible, a veces segundos de día con filtro violeta, bonito olor. Salí a verlo cuando acabó la lluvia, él vive solo y está en silla de ruedas, le cortaron una pierna por tomar demasiada Pepsi a diario, una buena amenaza para los niños gordos, o más bien para sus padres.

Él es pintor, yo también. Él tiene una trayectoria, premios y anécdotas con José Luis Cuevas y Díaz Ordaz, yo no, yo tengo 28 años y apenas y me he asomado fuera del pueblo. Su casa es grande y vieja, de adobe, algunos techos ya se han derrumbado –una vez por pura suerte se salvó de ser aplastado—, humedad por todas partes, puertas apolilladas clausuradas con muchas vueltas de alambre oxidado, permanentes ecos. Actualmente su reino está casi limitado al zaguán donde ha instalado la estufa y a su recámara, la puerta a la izquierda.

Quería ver como la había pasado, iba rogando porque hubiera tenido las coladeras abiertas, que no hubiera goteras, que el agua no se le hubiera metido al cuarto, o peor aún, al estudio. No temo para nada a barrer agua, mover muebles o salvar pilas interminables de libros, pero me pesa seguir indicaciones milimétricas, la mayoría absurdas, notar el tono enojado y exigente, aguantar manías ajenas. Numerologías, flujos de energía, orientaciones de objetos hacia los puntos cardinales...

Toqué el timbre y me abrió al instante, siempre me descoloco un poco, no me acostumbro a mirar la puerta abrirse automáticamente sin ver a nadie, él está detrás de ella y la jala con una cuerda así que las primeras palabras son sin mirarnos. Desde que mi pie cruzó el umbral me lo dijo nerviosamente:

—Hay un ruido que no puedo identificar, ni que es ni de donde viene, ¿será en la calle?, ¿no lo escuchaste cuando venías?, ¡es como un motor!, ¡hace: brrrrrrrrrrrrrr!

Lengua vibrando entre los pocos dientes.

—No, a lo mejor es algún camión que frenó con motor, así suenan.

—¡Pero ya lo escuché muchas veces!, debe ser cerca...

Lo ignoré. Pasé a preguntarle por cómo había pasado la tormenta, si necesitaba algo; metió la mano en una de las cangureras que penden de su silla de ruedas –la ha convertido en un verdadero almacén móvil— y me tendió una linterna al tiempo que me pedía revisar el techo de ladrillo y vigas de pino carcomidas en busca de humedades, me barrió furtivamente con unos ojos de chiquillo, entonces recordé que no había llevado nada y se me hizo un nudo en el pecho, a veces llego con una bolsa de tacos de la calle. Todo estaba bien, tuvo la precaución de tener abiertas las coladeras y la impermeabilización del año pasado funcionaba correctamente, así que en rigor estricto mi presencia estaba de más. Había comenzado a llover otra vez, me ofreció café.

Llevábamos varios minutos conversando cuando aquello irrumpió:

¡Brrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrr!

Largo, fuerte y claro.

—¡Allí está otra vez!, ¿lo escuchaste?

Yo tampoco pude determinar que era, pero sí de donde venía, de dentro de la casa, del patio sin duda.

Comenzó un debate sobre que lo producía mientras volvía a sonar con más fuerza aún, lo que descartó las teorías sobre agua acumulada y cayendo en goteo rápido sobre algún objeto de plástico. No, debía ser un animal. Él se inclinaba por un gran insecto, algo excepcional, como invocando cualquier cosa superior a la realidad; me repulsó el absurdo tinte kafkiano—fantástico de la idea en la que mi anfitrión se disponía a cabalgar. Y es que no lo dijo pero me di cuenta que el ruido le robaba la paz, le enloquecía, no en vano pidió auxilio antes de siquiera saludarme, a la vez que otra parte suya añoraba ser el mártir de lo inexplicable, es muy supersticioso. Estaba

atrapado, sería mi tarea combatir el ruido e imponer la razón, tanta charla lo iba cubriendo de un halo de invencibilidad peligroso.

—¡Brrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrr!

—¡Brrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrr!

Creí reconocer que el ruido se producía por resonancia dentro del cuerpo de un animal, probablemente un ave, un ave de buen tamaño, quizá alguna que se vio sorprendida por la tormenta y bajó a refugiarse. Salí con la linterna bajo una lluvia ligera escudriñando todo; el baño, el cobertizo del boiler y las herramientas, el lavadero, minutos eternos buscando quien sabe qué.

Nada. Me pide que regrese.

—¡Brrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrr!

No me he desprendido de la linterna, cruzamos miradas y salgo. En el patio hay dos arriates redondos cada uno con una buganbilia chaparrita a fuerza de toscas podas, en torno a las que hay macetas con diferentes plantas y están en línea sobre la mitad del patio, quedando uno tras otro cuando se mira desde el arco del zaguán cubierto con empañado plástico de forrar libros.

—¡Brrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrr!

Me pareció escuchar que provenía de la buganvilia más alejada, le di varias vueltas iluminando con la linterna, metiendo las manos para separar las ramas esperando ver de repente algún pájaro empapado; inconscientemente buscaba una bola de plumas mojadas, incluso me había preparado para no sorprenderme al recibir un picotazo repentino, hacía planes sobre como agarrarlo y ponerlo a salvo, tendría que llevármelo, claro está. De tanto en tanto volteaba a ver la silueta baja,

borrosa y cuadrada que me miraba desde detrás del plástico. Comenzó a llover más fuerte y regresé. Ningún Éxito, preguntas estériles, nuevas teorías más atrevidas, ya se sentía el desagradable tufo de lo sobrenatural.

—¡Brrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrr!

—¡Brrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrr!

—¡Brrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrr!

Me levanté corriendo, había que aprovechar que estaba sonando sucesivamente para ubicarlo y lo hice, ya sin duda en la buganbilia más cercana, la investigación por fin quedaba acotada a un área concreta. La bugambilia es bastante frondosa por pequeña que parezca, además tiene espinas como garfios y tenía que ir con cuidado. Pasé la linterna por todas partes, moví las macetas, nada.

—¡Brrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrr!

¡El colmo!, ¡sonaba justo en mis narices y no veía nada!, lo tenía frente a mí, en alguna parte del pequeño arbusto, si era un ave tendría que ser pequeña, de algún color que se confundiera con el entorno y de canto potente, empecé a trazar la imagen de un cenzontle, muy asustado, muy mojado, muy inmóvil. Truenos, gotas pesadas, de vuelta adentro. Más charla de otros temas, largos minutos de paz.

—¡Brrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrr!

—Déjalo, ya no le hagas caso.

Ok, pienso, la verdad a mí no me importa tanto y mi curiosidad es más corta que su paranoia.

—¡Brrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrr!

Pero la taza tintinea contra el platito, los ojos se crispan detrás de los anteojos y las barbas blancas tiemblan sobre las mejillas flácidas. No puedo más y salgo a buscar lo invisible. De algún modo teníamos que coincidir en un pueblo donde no hay demasiadas opciones. La gente cree que nos une la pintura, incluso piensan muy lógicamente que es mi maestro, pero no, al contrario, nunca hablamos de pintura, de hecho nos despreciamos mutuamente en dicho campo.

A mí me parece que sus verdaderos límites técnicos y creativos son muy bajos, y su manejo del color cobarde; pero que fue bueno siendo cercano al poder durante décadas y así le arrancó el sustento al arte, con todo eso nunca se aseguró el futuro, pienso secretamente que a mí no me pasará lo mismo. Él desdeña mi falta de educación formal y las libertades que me tomo, que uso acrílico barato y que no monto mis lienzos como debería, pero sobre todo, tal vez mi demora en buscar suerte fuera de aquí. Me sentí muy bien cuando un tercero me contó la opinión de él sobre

un retrato que hice, le había gustado y parecido bueno, pero me aseguró que jamás me lo diría él mismo.

Quizá le tenga gratitud o complicidad, tuve una novia, y alguna amiga, vivo con mis padres y pagar hotel siempre me habría desangrado, él me permitía hacer el amor en su casa en un cuarto aislado y desocupado que conoció mejores tiempos, solo me exigía absoluta discreción, no para la gente mojigata sino para con él mismo: llegar muy tarde e irnos muy temprano de modo que ni se enterara, aunque dudo que no se diera cuenta, él y la manzana entera por todo lo que rechina esa vieja cama de latón. Pero este ruido, nuestro actual ruido parecía inexplicable. Nada. De vuelta adentro me esperaba con una toalla que me enredé como turbante y adopté la posición de un conocido cuadro de Rembrandt, le dio risa, me di cuenta de que en cuanto a humor nos entendemos algo.

—¡Brrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrr!

De vuelta afuera. Esta vez busque frenéticamente espinándome muchas veces, en cada codo de cada ramita, apartando las hojas, barriendo con la vista.

—¡Brrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrr!

Estaba seguro que venía de la parte alta de la planta, busque y busqué iluminando desde arriba subido en el arriate. Absolutamente nada. Agité toda la planta con necedad por lo que debieron ser largos minutos. Nada.

¡Otra vez, frente a mí, a centímetros!, mis sentidos empezaban a luchar, el oído ubicando la fuente a la perfección, la vista traicionada y el tacto sin nada más que aire para apresar, ¿pero qué mierda puede ser esto? Al echar el pie hacia atrás para bajar lo metí de lleno en una cubeta con agua –él la almacena así para el inodoro—. Resbalé y caí de sentón, empapado, de más estaba el agua de la cubeta porque la lluvia había sido muy eficiente. De vuelta adentro.

Al levantar el plástico para entrar me golpeó un olor a incienso que casi me hace perder la paciencia, ya había encendido unas varitas y estaba hecho nudo, rezando algo con los ojos cerrados, como aceptando maravillado y dispuesto a sufrir la presencia del fantasma.

Prácticamente me di la vuelta antes de escuchar más supercherías y volví a la carga.

—¡Brrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrr!

Me desafiaba. Me quede pie frente al arriate, encorvado como gato, esperando a que se manifestara para lanzarme contra un punto concreto, estaba tan sudado que sentía las gotas de lluvia tibias sobre

mi nuca.

—¡Brrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrr!

¡Allí estás!

Definitivamente ya estaba fuera del arbusto, tal vez sobre la tierra o la piedra del arriate, ¡te conoceré!

Él comenzó a gritar desde detrás del plástico:

—¡Es inútil, déjalo, ya no te mojes!

Hice como si no lo escuchara, tenía la vista puesta sobre una zona concreta de la tierra de donde

se producía el ruido, aun cuando no se veía absolutamente nada.

—¡Brrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrr!

Otra vez la contradicción, oído y vista en pugna, lo terrible de escuchar algo invisible.

—¡No sabemos que pueda ser, ya regresa, hasta te puede pasar algo malo!

Era suficiente, creí distinguir la palabra “duende” entre sus alegatos, y eso me hizo ignorarlo aún más.

—¡Brrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrr!

¡Voy a ponerte bajo reflectores, donde todos puedan ver lo que eres!

—¡Brrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrr!

—¡Brrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrr!

Y entonces lo vi.

No pude contener la risa. En un pase de la luz lo distinguí claramente mientras daba un saltito, parecía de juguete. Un sapo, un sapito de no más de 4 centímetros de largo, se posicionó con calma, alzó su cabeza e infló gallardamente la papada:

—¡Brrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrr!

Lo entendí como una presentación oficial.

De color marrón verdoso lleno de manchas y puntos negros, amarillos, grises, su camuflaje era perfecto, entendí la multitud de veces que estando aferrado a las ramas la linterna y mis ojos debieron pasar encima suyo sin darme cuenta, dándole la ilusión de invisibilidad. Lo atrapé fácilmente y regresé con la bestia en un puño dispuesto a restregársela en la cara. Enfrentó una mezcla de alivio y desilusión, no estaba viviendo nada sobrenatural, nada especial, solo un anfibio en letargo y revivió con la lluvia. Apagó el incienso y dejó sobre la mesa una bolsa con sal que ya tenía aferrada entre su pierna y el muñón.

La identidad del ruido no podía ser peor, resultó que les tiene manía a estos animales y no los puede tener cerca, sapito real y más aterrador por eso. Nos despedimos atropelladamente porque iba a liberar al sapo en el río que pasa a poca distancia y él obviamente lo quería fuera de su casa, además me sentía agotado. Salí con sapito, lo sentí inquietarse en mi mano a medida que nos acercábamos al río y a la orquesta de sus congéneres celebrando la lluvia. Se revolvía con violentos espasmos ante la impaciencia de la libertad, de la cercanía de sus iguales, espasmos como los que

provocaba con su canto.

Lo deposité sobre una piedra ligeramente sumergida en el agua y no pudo ser más feliz, se alejó chapoteando.




 

***
Ismael D. Covarrubias.  Cuchillero, artista y artesano de San Diego de la Unión. Tiene un gato que se llama Nicho y da clases de dibujo a niños.

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