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El libro del mar [fragmento]

Morten A. Strøksnes | 18 de octubre de 2020

Tachas 384
Tachas 384

Morten A. Strøksnes [trad. Asunción Lorenzo]

En las islas Orcadas abundan las leyendas sobre los selkies, los «hombres foca», que en el mar pueden nadar como dichos animales y en tierra firme parecen hombres normales y corrientes, excepto porque son increíblemente atractivos, lo que los hace muy peligrosos, sobre todo para las jóvenes. En el norte de Noruega la gente temía al draug, el fantasma del mar, sobre el que se cuentan un montón de historias. Se decía que era el fantasma de un pescador ahogado que te miraba con unos ojos rojos de muerto oculto bajo una vieja capa de cuero. Su cabeza era un racimo de algas y tenía los brazos extraordinariamente largos. Siempre que salía a navegar, en su barco partido por la mitad y con las velas rasgadas, le gustaba hacerlo entre los barcos de los vivos. Si gritaba y formaba alboroto no había que prestarle atención bajo ningún pretexto. El draug presagiaba la muerte a todos los que lo veían, o bien se los llevaba con él al fondo del mar en ese mismo momento. Podía anunciar la muerte incluso sin hacer acto de presencia. Por la noche, mientras el barco estaba amarrado, solo tenía que destrozar los útiles de pesca. Si los remos, por ejemplo, aparecían colocados del revés, quienes se sentaban en la parte delantera de la barca tenían pocas posibilidades de sobrevivir.

De la misma manera que la mayoría de los animales de la tierra se alimentan de hierba y plantas, la mayoría de los animales que viven en el mar se alimentan de plancton. Este hace lo mismo que las plantas en la tierra: absorbe cantidades enormes de carbono y produce oxígeno por fotosíntesis. Hay una clase especial de alga de color verde azulado que es tan productiva y numerosa que los científicos calculan que ella sola genera el veinte por ciento del oxígeno de la tierra. La ciencia ni siquiera conoció de su existencia hasta la década de los noventa. Y eso que el plancton contribuye en gran medida a hacer habitable nuestro planeta. Estamos en deuda infinita con algo que no podemos ver, algo de lo que la mayoría de la gente no sabe gran cosa. El plancton puede adquirir las formas más extrañas. Cuando se le toman fotos con microscopios electrónicos, a uno le resulta difícil dar crédito a lo que ve. Sus organismos parecen cristales de nieve, módulos lunares, tubos de órgano, torres Eiffel, estatuas de la Libertad, satélites de comunicación, fuegos artificiales, imágenes caleidoscópicas, cepillos de dientes, cestas de la compra vacías, gofreras abiertas, copas de vino con un cubito de hielo flotando dentro, copas de champán forradas de piel de leopardo, urnas griegas, esculturas etruscas, portabicicletas, salabardos, piezas de máquinas, plumas, flores, bolas pegajosas con manzanas dentro, manos libres para teléfonos móviles, lámparas de disco, campanas transparentes a punto de derretirse, alfombras persas voladoras, dientes de león, redes de pesca, sombreros de copa, aspiradoras, embriones, navajas de afeitar, úteros, órganos sexuales cubiertos de pinchos, espermatozoides, cerebros y estilográficas. El plancton puede tener la forma de casi todo lo que hay en el mundo, además de tantas otras desconocidas que se podría construir uno nuevo.

 




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Morten Andreas Strøksnes. Nacido en 1965, es un historiador, escritor y fotógrafo noruego. Después de sus estudios en Oslo y Cambridge empezó una amplia carrera periodística que incluye crónicas, ensayos, perfiles, columnas y críticas para los principales diarios y revistas noruegos como el Morgenbladet. Es autor de ocho libros, así como de reportajes literarios.

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