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Losna Artume

Juan Ramón V. Mora | 15 de diciembre de 2019

Losna Artume, Juan Ramón V. Mora
Losna Artume, Juan Ramón V. Mora

Juan Ramón V. Mora

 

«Desde el siglo XI se comenta en distintos manuscritos (como el Deorum Oblitus, Vol. XVIII o el Tenebris Peperit Caeremoniarum, entre otros) la existencia de un libro que dice contener la transcripción fiel de los viejos ritos dedicados a Losna Artume, diosa de las noches de luna. Los escasos comentarios que han llegado hasta hoy parecen sugerir que su contenido era considerado repugnante incluso para las sensibilidades de aquella época.

Todas las referencias parecen tratar al volumen con cautela, de forma más bien oblicua y dicen, sin excepción, haber abandonado su lectura antes del final. Esto ha hecho suponer que pudo haberse tratado de una falsificación para esquilmar nobles desprevenidos (tan de moda en aquel entonces), aprovechándose de un contenido fabricado con la intención exclusiva de escandalizar.

Analistas contemporáneos han sugerido que la falsificación no fue el libro sino la reputación que lo rodea. Todo se trató —aducen— de una elaborada conspiración para ver hasta dónde podía introducirse un libro inexistente en los respetables círculos de las primeras universidades europeas. El autor de este Manual Elemental se inclina a rechazar dichas hipótesis por considerarlas demasiado modernas, imponiendo conceptos de ímpetu reciente a los hombres del medioevo.

Lo único cierto es que la falta de marco histórico ha puesto en duda la existencia misma de la deidad y su culto.»

Detuve la lectura y de pronto comprendí que no iba a poder seguir llevando a cabo mi vida como hasta entonces. Esto parecía ser una gema especialmente brillante entre el mar de sensacionalismos por el que está compuesto —en su mayoría— el campo de mis intereses, y que comprendía también el grueso de ese Manual encontrado en la biblioteca de la facultad. La promesa de un misterio terrible esperando ser resuelto me atrajo sin remedio hacia una especie de frenesí vital que desconocía hasta entonces. Después de tanto tiempo dando cátedras estériles a personas que no querían estar ahí en primer lugar, había recuperado los estímulos profundos que me hacían quien era.

Abandoné el libro, copié los cuatro párrafos en mi libreta de apuntes y continué dando clases durante otra semana antes de presentar mi renuncia al director, con quien me unía una relación basada sobre todo en la discordia.

Fue difícil aceptar que tendría que emprender un viaje a Europa para el que apenas si contaba con recursos, pero la curiosidad y la miopía que me provocaba fueron siempre más fuertes. Resolví que lo mejor era vender todas mis cosas. Partí sin anunciarlo demasiado. Me despedí de quienes me pareció pertinente y no dejé ni una sola rendija al sentimentalismo. Tampoco cedí a dar explicaciones, tan sólo me limité a decir que tenía una investigación importantísima por delante y no había manera de acotar el camino.

Duré dos años trabajando de lo que pude, yendo de una capital a otra, soplando el polvo de libros viejos y solicitando pases de investigador en bibliotecas recónditas. Mi entusiasmo por Losna Artume era lo único que me mantuvo en movimiento durante aquellas épocas en las que, por supuesto, localicé todas las referencias al libro accesibles a mi quehacer. Conforme fueron avanzando los meses me di cuenta de que éstas constituían un ámbito cerrado: una llevaba a la otra y viceversa. Cada vez me fui encontrando con más callejones sin salida y cuando supe que no iba a poder destripar el misterio tuve un colapso general de las facultades que me obligó a regresar a mi patria

De vuelta en la ciudad, lo primero que hice fue volver a buscar el Manual en la biblioteca de la facultad. Me informaron que había salido de ahí en préstamo y nunca había sido devuelto. Se trató de ubicar a la persona que lo sustrajo pero al final se habían abandonado los intentos por recuperarlo. Al parecer estaba descatalogado desde hacía mucho tiempo, por lo que era imposible suplirlo. La bibliotecaria me dijo que, en cambio, habían fortalecido esa sección de la biblioteca con títulos similares, los cuales agoté a lo largo de varios días sin encontrar una sola mención a Losna Artume.

Mi animadversión por el director de la facultad me impidió siquiera considerar el retorno a mi antiguo puesto y decidí gastar mis últimos ahorros en la pura sobrevivencia mientras encontraba una nueva estabilidad. Luego me propuse olvidar aquel episodio y considerarlo como una excentricidad pasada, la tangente difuminada de una vida que había sido (y sería) común y moderada.

Concursé para una cátedra disponible en otra universidad y me quedé con ella. Con el tiempo fui capaz de relegar aquella etapa al territorio de los sueños intranquilos, de los que despertaba siempre con la sensación de haber transitado un enorme camino repleto de circunvoluciones. Me resigné a creer que desterrar por completo de mi consciencia a Losna Artume era una ambición excesiva, pero nunca escatimé esfuerzos para olvidar.

Una mañana de octubre recibí la llamada de José: un amigo de adolescencia del que me había distanciado durante mis años de universidad. Me alegró saber que todo estaba perdonado y de inmediato apunté en mi agenda los detalles de la cita que me propuso para esa misma tarde.

Me avergonzaba lo que había pasado con nuestra amistad pero confié en el tono reconciliatorio que había tenido conmigo en la mañana y procuré llegar puntual a la cantina donde quedamos de vernos.

Lo reconocí con facilidad a pesar de los muchos años que habían pasado desde la última vez. Me recibió sonriente. Esforcé una sonrisa y traté de recordar el saludo híper complicado de Los Edaldátrebil: la pseudo sociedad secreta que me había inventado en el colegio.

Esa cantina no era un lugar que yo frecuentara, pero para él era algo parecido a un centro de operaciones. No había muchas personas y casi todos los asistentes parecían conocerse de nombre. En un lado jugaban dominó, en una esquina hablaban a gritos.

Me disculpé y pregunté por el baño, que más bien era un hoyo arrinconado y medio escondido por una sábana de flores azules.

Al regresar me encontré a José hojeando un libro. Cruzamos los saludos y fórmulas que se esperan en esos casos: «Tanto tiempo», «¿Cómo has estado?» y afines. Pronto la conversación se fue hacia rumbos menos predecibles.

—¿Qué andas leyendo? —me preguntó.

—Una novela: «La mujer vestida de sol», de un tal Guerrica. ¿Tú en qué andas?

—No he leído mucho últimamente, pero sí he comprado varias cosas. Ahí las tengo nomás, amontonadas. Por ejemplo: acabo de conseguir una pilita de libros viejos. Bueno, no son todos libros, también hay libretas.

—¿En dónde?

—Aquí mismo, en una librería del centro.

Le pregunté a José sobre la librería en cuestión sospechando con desgano las intenciones reales de su recuperada cordialidad.

—Por fuera no parece una librería, ni siquiera tiene rótulo. Había salido temprano de trabajar. Y sabes que me gusta caminar sin rumbo. No había notado nunca ese local en pleno centro. De hecho era más una casa que un local. Supe que era una típica librería de viejo porque el desorden enorme se notaba desde la calle. Después de pasearme un rato sin encontrar nada que me interesara, el joven que atendía se quitó el tapabocas y los guantes para preguntar si no quería ver unas cosas de las que el dueño quería deshacerse. Acepté para seguir haciendo tiempo en lo que daba la hora de llegar a casa con mi flaca.

—¿Cuánto te costaron? —pregunté con desgano para que la conversación fluyera.

—Casi regalados. La mayoría son novelas históricas sin interés, misales en latín, manuales franceses de biología y cosas por el estilo. Entre los cuadernos está el diario de meditaciones de una monja con muy buena caligrafía y algo en especial que quisiera me ayudaras a clasificar, porque no tengo la menor idea de qué sea. Si no están bien clasificados los clientes no me los quieren pagar o simplemente me los rechazan. No creas, esto de andar escarbando papeles viejos es más cansado de lo que parece. Tienes que encontrar el orden entre olvidos, descuidos, mala conservación…

Dicho esto metió la mano al portafolio y sacó un pequeño empastado con tapas de imitación piel negra. Le di una hojeada veloz y sólo me llamó la atención lo apretado de la letra. Volví a poner la libreta sobre la mesa.

—Parecen patas de araña— precisó José.

—¿No entiendes lo que dice o no lo puedes leer bien? —pregunté, cada vez más desencantado.

—Las dos cosas. Quería ver si me puedes echar la mano con eso.

—Pues tú también eres un compulsivo del orden, no sé por qué me pides ayuda.

—Nada más es un favor lo que te pido, si no quieres no lo hagas— dijo José al mismo tiempo que movía el brazo con la intención patente de regresar la libreta al portafolio. Me adelanté con velocidad y puse una mano sobre las pastas negras. Me recriminé lo injusto que era portarme así después de tanto tiempo alejados por mi culpa. Me llevé el cuaderno a un bolsillo del saco y traté de pasar por encima del asunto con risas a medias en lo que encendía un cigarro.

—¡No te espantes! Te agradezco la buena voluntad. Yo invito las cervezas.

El sonido de los tarros se confundió con el de las fichas de dominó golpeando el mármol en la mesa de al lado.

Poco a poco la conversación fluyó de nuevo. Nos fuimos actualizando, recordamos anécdotas apagadas, nos reímos. De tanto en tanto metía la mano al saco para acariciar las pastas duras de la pequeña libreta. La plática acabó de pronto.

—Ya me voy, quedé de verme con Cuco—dijo José.

—¿Cuco el de la secundaria?

—Ese Cuco.

—¿El ojeroso que creíamos dormía colgado de los pies?

—Ese mismo. El vampirismo sigue sin comprobarse, pero las investigaciones avanzan a pasos agigantados.

Repetí de pie el torpe intento de saludo secreto. Nos dimos un abrazo y nos volvimos a decir fórmulas de cortesía.

—Avísame cuando entiendas de qué chingados se trata esa libreta.

—Yo te marco.

Caí como aliviado sobre la silla del lugar y comprendí que José había aprovechado la premura para no pagar la cuenta. «Una venganza en miniatura», pensé.

Arrojé la libreta sobre mi escritorio con lo que supuse era un gesto de desdén. No iba a permitir que mis acciones fueran guiadas por el remordimiento. Me iba a ir a dormir perfectamente tranquilo aun sabiendo que la libreta estaba ahí. Demasiado bien acomodada, demasiado en el centro, puesta de una forma que parecía sugerir una simetría premeditada. El listón separador estaba colocado en una dura perpendicular con respecto a la orilla de la mesa, arruinando el efecto negligente que había buscado.

Fui a dar mis clases como todos los días. Regresé fatigado y apenas tuve tiempo para recordar que la libreta seguía en el escritorio. Seguía puesta con lo que parecía una minuciosa exactitud, justo en el centro, dominando el caos circundante. Esperaba descubrir que el rigor de sus contornos contrastando con la maraña de papeles que normalmente poblaban mi escritorio no fuera sino una ilusión previa al sueño, una triquiñuela de la mente encontrando sentidos donde no los hay. Decidí vencer la confusión y aproveché la primera mañana del fin de semana para sentarme a descifrarla. Las patas de araña resultaron ser una letra cursiva con idiosincracias pero que no me resultó muy complicada de entender. No esperaba encontrarme con nada sobresaliente. Ya eran muchas las veces que había estado en una situación similar, por encargo o necedad inquisitiva.

Había unas líneas en la primera hoja:

«No juzguéis como efímero

lo que es irrevocable:

observad a la serpiente

que la noche hace brotar

en los océanos»

Estas líneas me hicieron aceptar que no se trataba de un aburrido diario sentimental ni de un cuaderno de ejercicios escolares. Volví a sentir el frenesí que me había precipitado a mi pasada obsesión. No había percibido nada parecido desde entonces, en parte —suponía— porque me había esforzado mucho en aceptar que los impulsos de mi intuición no solían llevarme hacia ninguna parte, por más que creyera que había algo importante que dilucidar. Me había atrofiado las antenas, pero ahora volvía a sentir un cable vivo electrificándome por dentro.

Traté de obstaculizar el avance acelerado de muchos pensamientos que se peleaban el turno en mi mente cuando leí el título escrito con cuidadosas letras de molde: «Los ojos innumerables». Sentí como si una herida exhalara al leer el título con el que el autor anónimo del Deorum Oblitus se había referido al antiguo objeto de mis afanes, pero atribuí el copioso sudor que comenzó a bajarme por la frente a la mala costumbre de fumar sin ventilar mi pieza. Cerré la libreta como fulminándola y salí a dar una vuelta para despejarme.

 No era la primera vez que aplicaba este método para tranquilizarme los nervios, pero de pronto me encontré en una zona desconocida donde nada que no fueran las sombras proyectadas por las farolas me producía una sensación de familiaridad. Sentí una inquietud peculiar por el sonido de mis pisadas rebotando en las paredes. Noté que los colores de las fachadas, percudidos por el alumbrado público, mutaban y se combinaban entre sí. Me sorprendí pensando que lo mejor sería regresar sobre mis pasos y tomar un carruaje a casa. Algo como recuerdos empezaron a asaltarme desprevenido. Recuerdos de lo que parecían ser palabras pero más bien tenían forma de silencios o de imágenes puras. Asumí que era un efecto de la emoción producida por la libreta. Recordé que apenas si había leído el título y el epígrafe.

Me tallé los ojos buscando un poco más de claridad. Revisé mi reloj y advertí que la noche había avanzado demasiado. Terminé por achacar al cansancio y a la hora aquel episodio. Cuando estuve cerca de la cama sólo me tendí y dormí profundamente.

Apenas me despabilé al día siguiente y decidí que lo mejor sería averiguar más sobre la procedencia de la libreta —que estaba exactamente como recordaba haberla dejado, porque no me atreví a seguir leyendo. Una incursión al centro de la ciudad no era para nada como abandonar toda mi vida y largarme a otro continente en aras de la curiosidad. Le marqué a José y fingí indiferencia al pedirle que me diera instrucciones sobre cómo dirigirme al lugar de donde había sacado aquel documento. Preguntó si había logrado esclarecer algo y le aseguré que sólo faltaba hacer algunas preguntas sobre su origen para terminar de apuntalar bien los detalles de lo que parecían aburridos apuntes para sermones hechos por algún sacerdote del siglo XIX. Obtuve las indicaciones y me encaminé hacia el centro llevándome la libreta en el bolsillo del saco.

Llegando al lugar corroboré de inmediato lo que ya me había dicho José: la puerta estaba abierta hacia un desorden meticuloso. Por dentro el lugar estaba iluminado apenas por un puñado de lámparas repartidas sobre pequeños burós. Junto a la puerta, en la izquierda, había un mostrador coronado por lo que parecía una máquina de contar, tan vieja que no se podía estar seguro de su funcionalidad. Pretendí interesarme por los títulos que veía en los rincones, esperando a que alguien apareciera para pedirle información. Nadie apareció y me interné en el local confiando en mis pasos, como si supiera descifrar cada esquina del lugar —mucho más grande de lo que se podía adivinar desde la calle. Descubrí un recinto con varias estanterías. Me internaba en una de ellas cuando escuché el sonido de una voz que me pareció familiar y siniestra a la vez. Exagero cuando digo una voz, porque era más bien un murmullo íntimo, como el vuelo de un búho avizorando su presa dentro de mi oído. Traté de no hacer ruido para distinguir las palabras, pero no entendí ninguna. La voz seguía haciéndome confundir lo acostumbrado con lo terrible. Permanecí inmóvil en mi sitio mientras el balbuceo se desenvolvía monótono.

Una oscuridad profunda empezó a sostenerse apenas, como un velo, encima de todas las cosas. Experimenté un frío paralizante pero de inmediato entendí que no era frío sino pánico profundo. Temí la soledad absoluta que me rodeaba, el sonido indescriptible que me inundaba la audición como un reflujo interminable de cabellos suaves, la acentuada sensación de que una expectativa estaba a punto de resolverse frente a mí. Traté de tranquilizarme recordando que el mundo sobre el que estaba era tan firme como los mosaicos simétricos del suelo que me sostenía.

No sé cómo conseguí mantener el control cuando me vi sosteniendo la libreta que llevaba en el saco, leyéndola. No llevaba exactamente la misma ropa, pero reconocí el techo abovedado sumergido en penumbras, las mismas altas estanterías. Dije las palabras, las articulaciones adecuadas para emitir aquellos sonidos surgidos de la marea primordial. Bajé la mirada y observé el lenguaje secreto de La Desgarradora, La Doble, extenderse entre mis manos, desde la libreta donde había transcrito Los Ojos Innumerables después de haber destruido el original anterior. Me inflamé con el ardor que sólo puede provenir del océano en que se besan las orillas y comprendí.

Me vi, sin duda el mismo, con las mismas arrugas alrededor de los ojos diminutos, las mismas mandíbulas en constante movimiento, las falanges huesudas y la mirada de niño curioso. Me vi y recordé lo que había entendido un siglo antes (como en los demás), cuando oculté la transcripción del Libro entre los estantes de mi biblioteca para olvidarlo de nuevo, para que, llegada la hora, volviera a desconocer por un tiempo mi constitución de gusanos y podredumbre, la postergada corrupción de la carne.




***
Juan Ramón V. Mora (León, 1989) es venerador felino, escritor, editor, traductor y crítico de cine. Ganó la categoría Cuento Corto de los Premios de Literatura León 2016 con este cuento y fue coordinador editorial en la edición XXII del Festival Internacional de Cine Guanajuato.

 

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