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Miserables parásitos

Fernando Cuevas de la Garza | 29 de marzo de 2020

Los Miserables (2019)
Los Miserables (2019)

Fernando Cuevas de la Garza


Dos de las mejores películas del 2019 coincidieron en el apunte social como clave de su desarrollo argumental, con diferente amplitud de foco pero similar profundidad de miras: mientras que una planteaba desde una visión más abierta los conflictos de un barrio, con todo y el ingrediente de los procesos migratorios, la otra ajustaba el microscopio y se centraba en un par de familias para ironizar y reflexionar acerca de las diferencias de clase económica en tiempos del capitalismo salvaje. El tono y el ritmo también son contrastantes, si bien las dos confluyen en uno de los signos de nuestros tiempos: las dificultades que enfrentan las sociedades para la convivencia y la integración, más allá de las diferencias entre economías y razas.

Sólo hay malos cosechadores: Víctor Hugo revisitado

Coescrita y dirigida por el debutante en largos Ladj Ly, francés de sangre maliense, Los miserables (Francia, 2019) es una mirada de amplio espectro a un área parisina multicultural, cargada de tensiones raciales y sociales que incluyen las relaciones de la población con la policía, aquí representada por una comisaria (Jeanne Balibar), jefa de un trío contrastante de miembros de una brigada especial: el líder blanco de violentas formas (Alexis Manenti), su acomodado compañero de origen africano (Djebril Zonga) y el recién integrado (Damien Bonnard), siempre puesto a prueba por los otros dos, y con un mayor nivel de conciencia en torno a los derechos humanos que sus nuevos compañeros, ambos con más barrio en su trayectoria.

Barrio liderado por un alcalde que se siente todopoderoso; jovencitas intimidadas en la parada del camión por la propia policía; prostitutas buscando el sustento; narcotraficantes al acecho; ex convictos buscando la paz y niños/adolescentes que juegan, hacen diabluras y se organizan entre calle y calle. El robo de un cachorro de león propiedad de los gitanos del circo ambulante, desatará El odio (Kassovitz, 1995) y una serie de conflictos que enfrentará a varios de los grupos involucrados, incluyendo el trío policial en el que cada uno de sus elementos encarará la emergencia de acuerdo con sus usos y costumbres, rompiendo con la solicitada unidad y adoptando estrategias contradictorias.

Los diversos paralelismos con la monumental obra de Víctor Hugo publicada en 1862 inician con la ubicación geográfica, el distrito de Montfemeil en el que se supondría haberse alcanzado un buen nivel de convivencia multiétnica, y terminan en el dilema moral de la aplicación de la ley ante la propia conciencia moral, pasando por las dificultades de los desposeídas víctimas del vaivén de los acontecimientos. No es gratuita la introducción que muestra las celebraciones multirraciales por el triunfo de Francia en el mundial del 2018: la selección pareciera ser uno de los escasos espacios donde todos los franceses, independientemente de sus orígenes, festejan a la patria. Y tampoco es en balde ese desenlace abierto, que parece anunciar una continuidad del eterno conflicto social.

El guion se da tiempo de mostrarnos las vidas de los tres policías, además de la cotidianidad de estas personas que viven en los márgenes de las grandes ciudades, adaptándose entre su origen y destino: la vida, tanto en los ambientes exteriores de ruda urbanización como en los edificios y departamentos apretados y en los locales de dudoso giro, quedan bien capturados por una dinámica fotografía, que permite contextualizar con planos abiertos y comprender con tomas que se entrometen en los problemas y conversaciones: como aliciente, el incisivo score de rítmica a tono con la creciente tensión que se va generando. Gran filme en continua ebullición étnica y social. Al final lo importante son los cosechadores.

La casa tomada… o compartida

En contraste con el clásico cuento de Cortázar, acá estamos frente a una familia de los barrios bajos de Seúl en tiempos de inundaciones reales y económicas, que poco a poco va invadiendo una vivienda de otra familia de clase alta, pero de manera sutil, simplemente para sobrevivir y procurando que los anfitriones sigan con su habitual continuidad: no se trata de un atraco como tal o un desplazamiento, sino de una hábil estrategia, como hacen los seres microscópicos, para coexistir con el huésped y, si se puede, mantener un vínculo cordial a pesar de los olores y las dificultades que toda convivencia implica, sobre todo en esos momentos en los que se tiene que participar haciendo un poco el ridículo para beneplácito del señor de la casa.

Claro que para lograr tal propósito habrá que aplicar algunos trucos, con el fin de correr a los anteriores dependientes y hacerse pasar por multiusos, empezando por los dos jóvenes hijos y siguiendo con los padres. De alguna manera, los cuatro consiguen entrar a la casa desempeñando diversas funciones donde habita una pudiente pareja (Lee Sun-kyun y Cho Yeo-jeong) con dos retoños, una joven y un niño que son atendidos por los recién llegados en sus respectivas tareas (Choi Woo-shik y Park So-dam), en tanto el papá funge como chofer (Song Kang-ho) y la mamá como una especie de ama de llaves (Jang Hye-jin). En algún momento dado, las situaciones se podrían complicar y surgir elementos inesperados que tendrán que ser atendidos, encubiertos y solventados, siempre de manera subterránea, de donde paradójicamente provienen los amables invasores.

Escrito y dirigido con notable originalidad y capacidad metafórica por Bong Jong-Hoo (de Perro que ladra no muerde, 2000, a Okja, 2017) y en la línea discursiva de su cinta El expreso del miedo (2013) el multipremiado filme (quizá en exceso, dado que en una de las entregas estaba junto a El irlandés y al maestro Scorsese), Parásitos (Corea del Sur, 2019) se sustenta en su ingeniosa mirada crítica e irónica con dejos de humor negro, alejada de todo tipo de maniqueísmo –los ricos no son malos y los pobres buenos, por ejemplo- y en su brillante construcción narrativa, a partir de la cual se van desprendiendo diversas posibilidades de extrapolación para analizar situaciones sociales actuales y, en consecuencia, los contrastes en los niveles económicos que privan en los países, con sus claras diferencias según sea el caso.

La histórica lucha de clases en este microcosmos hogareño, más bien se convierte en el engaño de clases y, por supuesto, en la batalla por ganar el mejor subsuelo posible, y de ahí emerger en algún momento a la superficie, claramente planteado desde la propuesta visual con esa cámara que se desplaza verticalmente, se instala a ras de piso o incorpora el punto de vista, ya sea de los dueños o de los empleados: la comunicación, a fin de cuentas es inevitable y puede aprovecharse hasta la añeja clave morse. Queda planteada la reflexión de que huéspedes y parásitos terminan por necesitarse mutuamente, aunque en determinados momentos no se soporten y vayan acumulando rencores entre sí por diferentes motivos, no siempre explícitos.


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