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¿Un mojito?

Bernardo Monroy | 27 de noviembre de 2016

Bernardo Monroy

 

 

Conocer a un hombre y conocer lo que tiene
dentro de la cabeza, son asuntos distintos
.
Ernest Hemingway

 

 

2006

“Caray”, se dijo Raúl  mientras escuchaba a Pérez Prado en aquel bar de La Habana. “Que fuertes están estos mojitos”.

No era un pensamiento muy profundo para tratarse de un pintor de su talla, ejemplo vivo del expresionismo abstracto. Pero si lo era para un borracho adicto a los mojitos, la bebida tradicional cubana que consistía en azúcar, hojas de menta o hierbabuena, ron, limón y agua mineral; y que celebridades como Pablo Neruda o Brigitte Bardot también consumían.

Como siempre le pasaba, la atractiva mujer llegó a sentarse al lado de él. Era mulata, vestía con una túnica blanca y su cabello despeinado le cubría el lado izquierdo de la cara.

--Raulito, que mal. Ya andas ebrio otra vez.

--No ando ebrio --respondió, con el típico diálogo de los borrachos--. Tener encima ocho mojitos no es andar ebrio, es andar subidito o happy, nomás.

--A ver, a ver, mi papirriqui, a lo que vine. A inspirarte.

Esa era justamente la labor de la mujer: era su musa. La musa inspiradora de los artistas. El único motivo por el cual Raúl se quedó a vivir en La Habana era porque allí su musa era más accesible. Por lo general la musa de cualquier artista tiende a ser déspota. A inspirar cuando a ella se le dé la gana. Es como una profesora que no te quiere aprobar cuando te falta una décima para obtener un 6.5 o una burócrata que trabaja sólo en horas hábiles. No le interesa si eres Miguel Ángel o Shakespeare... incluso Juan Rulfo.

--Ya era hora --. Arrastrando las palabras, agregó:--¡Perra!

--No me hables en ese tonito o me largo y no me vuelves a ver --respondió, indiferente.

Cuando Raúl se tranquilizó, la musa pidió otro mojito al mesero. Cuando el coctel llegó, la musa introdujo el dedo índice en el líquido, que se volvió de un color azul fosforescente.

--Tómatelo.

--¿Otro? ¡No, que va, ya ando bien pedo!

La musa esbozó una sonrisa. Tras un instante Raúl se tomó el mojito (sin costarle trabajo, pues el grado etílico en su cuerpo era extremo). Después de unos segundos, sonrió estúpidamente:

--Vaya, tengo como cien ideas diferentes para pintar. Oye, muchas gracias. ¿Sabes qué? A veces pienso que te burlas de mí. Sólo te veo cuando ando borracho. Sobrio ni siquiera te paras aquí. Sospecho que quieres que crea que no existes.

--Si, lo mismo decía otro artista muy famoso que era norteamericano, pero vivió aquí en Cuba. Ernest Hemingway. Con él yo si era buena gente, incluso lo inspiré a que le dieran el Nobel de Literatura.

--Ah sí, el Ernest.

--En fin, en fin. Ya me voy. Ojalá que pintes muchos cuadros... y de hecho lo harás.

Raúl quiso detener a la musa, pero cuando menos lo pensó ya se había ido. Salió del bar tambaleándose. Llegó a su departamento en el centro de La Habana, capaz de pintar cada centímetro cúbico del universo.

 

1956

La Revolución Cubana ardía, y el gran escritor estadounidense, Ernest Hemingway, Premio Nobel de Literatura en 1954, miraba a la playa como sólo puede hacerlo un artista: con ansias de querer saberlo todo y abarcarlo todo. Había bebido demasiado. Era un alcohólico... pero también tenía el máximo galardón que se le podía otorgar a un autor, así que no había de qué preocuparse. Ernest había vivido plenamente: corresponsal durante la Guerra Civil Española, cazador en África, aficionado a las corridas de toros y voluntario de la Cruz Roja en la Primera Guerra Mundial. Un escritor y un genio y un aventurero y un reportero y un ser humano como pocos. Autor de obras espléndidas como Por quién doblan las campanas, Tener y no tener y El viejo y el mar.

La musa estaba mirando el mar. Justo a su lado.

--Tenía mucho tiempo sin verte Ernest. Felicidades por el Premio Nobel.

Hemingway no dijo una sola palabra. En parte ese era el estilo de su narrativa. Sugerir, no afirmar.

Brisa. Hizo que la barba de Hemingway se agitara, al igual que el vestido de la musa.

Ella le entregó al escritor un vaso. Se trataba de un mojito, esa bebida que tanto le gustaba y amaba tanto como a Cuba y a la Literatura.

Hemingway bebió el contenido cuando la musa desapareció.

Se sintió inspirado.

 

 

***
Bernardo Monroy
 nació en 1982 en México D.F. y actualmente vive en León, Guanajuato. Es periodista y ha publicado el libro de cuentos El Gato con Converse y la novela La Liga Latinoamericana; así como la novela electrónica Slasher, disponible gratuitamente en el portal Zona Literatura, y W.M.D. y Segunda Temporada en el portal Penumbria. Es aficionado a los videojuegos, los cómics y los géneros de terror, fantasía y ciencia ficción, y escribe porque está frustrado, ya que nunca pudo ingresar a la Escuela de Jóvenes Dotados del Profesor Xavier. Sus textos han sido traducidos al klingon y al élfico.

 

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