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Molly Stock

C.D. Rose (Traducción de José Luis Justes Amador) | 15 de octubre de 2016

C.D. Rose (Traducción de José Luis Justes Amador)

La pregunta de qué o cómo escribir es una que siempre ha perseguido a todos los escritores, aunque quizá no menos que la igualmente seria pregunta de “dónde” escribir. Algunos tienen la suerte de tener un cuarto propio, sea una buhardilla cualquiera o un estudio repleto de estanterías con una vista a la propiedad heredada. Otros autores prefieren el café literario, o incluso uno corporativo, con el aliento de la cafeína, el elemento del flaneurismo, la calefacción gratuita. El sofá funciona para algunos, la mesa de la cocina para otros. Hay muchas opciones. ¿Una cabaña en la playa o en las montañas? ¿Una habitación en un motelucho o en un lugar de cinco estrellas? ¿Sólo o en una habitación repleta? ¿En el autobús yendo al trabajo? ¿En un cuaderno mientras se camina? ¿En una biblioteca pública con el ruido de fondo de los niños gritones, los celulares y conversaciones medio escuchadas?

Cada escritor, y cada historia que se escribe, requieren su propio espacio.

A Molly Stock, como a otros muchos escritores, le costó un tiempo encontrar el lugar perfecto para escribir.

Tras graduarse de Royal Holloway en 1952, su cuento “Winter Trees” se publicó en la revista estudiantil Early Days y se leyó bastante en determinados círculos. Se habló de ella como una de las escritoras más prometedoras de su generación. La correspondencia que mantuvo con Cyril Connoly la animó. También señalaba que aunque era –sin duda- talentosa, todavía le faltaba forma, sustancia, seguridad, ese algo que hace que lo adecuado se transforme en lo brillante. Esa falta, decidió Stock, no se debía a la falta de talento sino a no tener un entorno perfecto.

Se llevó sus cuadernos, sus manuscritos y su máquina de escribir portátil (una encantadora Hermes Baby verde menta) a los comedores de Lyons, a pubs del Soho, a Kensington Park y casa de una tía en el norte de Yorkshire. Pero no llegaron las palabras.

Después, al tener problemas para levantarse una helada mañana de enero, Molly Stock lo descubrió. Se dio cuenta de que no necesitaba preocuparse por buscar. Ahí estaba el entorno perfecto para la escritura: su cama.

Cama, cama, cama. Cama, maravillosa cama. Suave y caliente y confortable, grande como una casa, con sábanas para taparse la cabeza y almohadas para acomodarse. Un maravilloso rincón oculto en la parte baja para estirar las piernas y mover los dedos de los pies. Con un hueco en el centro de la misma forma que ella.

Al principio intentó poner su máquina de escribir sobre la cama, pero la delicada Hermes Baby con el apoyo de una bandeja de té pesaba mucho, complicando el equilibrio. Volvió entonces al papel y la pluma y, fuera de sus ocasionales visitas a la cocina o al baño en bata, se sentó en su cama y comenzó a escribir.

Tenía las cortinas medio cerradas y, de vez en cuando, se asomaba a ver el viento o la nieve del otro lado y se sentía a salvo en la cama, escribiendo.

Las páginas se iban a cumulando como se acumulaban las sábanas de algodón las cobijas de lana y los edredones de plumas. Página tras página se iban acumulando a su alrededor, cayendo al frío suelo.

Los subsiguientes viajes al baño o por más té y galletas se hicieron más demandantes y más espaciados. Dormitaba, dormía, roncaba. La cama era tan cálida, tan suave. Dormir era fácil. Lo difícil era escribir.

Los amigos caían de vez en cuando a saludarla y, aunque les decía que estaba bien, pronto pasó de escritora promesa a excéntrica engañada.

Cuando dejó de recibir visitas, excusándose en que estaba demasiado somnolienta o calentita para abrirles la puerta, por desgracia el rastro biográfico de Molly Stock desaparece. La última vez que se supo de ella fue que estaba en una casa de huéspedes en Islington, en 1963. Esperamos que terminara sus cuentos y le deseamos dulces sueños.

Los más fuertes de entre los escritores podrían, por supuesto, escribir en cualquier sitio y en cualquier circunstancia. Proclamar que el entorno no es el adecuado, que la hora no es la correcta o que hay demasiado o demasiado poco ruido, puede ser simplemente una de las muchas ofuscaciones con las que los escritores se engañan a sí mismos.

Pero la lección de Stock la sobrevive: escritores, cuidado no sólo de lo que escriben, sino también de dónde escriben.

 

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