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No voy a pedirle a nadie que me crea, de Juan Pablo Villalobos «Sois unos cínicos. Todos ustedes. Los de Literatura»

Luis Enrique Castro Vilches | 25 de Diciembre de 2016

Luis Enrique Castro Vilches

A Juan Pablo Villalobos se lo ha elogiado y reconocido por el humor negro con que su narrativa se estampa en cada uno de sus libros. Con No voy a pedirle a nadie que me crea (Premio Herralde de Novela, 2016), ese estilo sarcástico que lo caracteriza no sólo cautiva por la pericia con que conduce hacia la carcajada; en él se bifurcan y entrecruzan los caminos de la comedia y la tragedia para dejarnos, a las víctimas de sus letras, justo en las entrañas de la invisible e incómoda realidad.

La historia arranca casi como un chiste mexicano: Está Juan Pablo, un literato de perfil muy bajo, hablando con su primo, cuando éste le dijo: Te quiero presentar a mis socios. A partir de ese momento, Juan Pablo queda en la mira de una mafia que lo convierte en el protagonista de un proyecto de lavado de dinero a nivel internacional. No hace falta decir que, apenas se abandona el primer capítulo, la promesa de un relato tan insólito con el que no se puede parar de reír, se convierte en un drama que se tensa a cada página y que, entre broma y broma, deja asomar algunos regueros de sangre, intrigas y traiciones que no te permiten dejar de leer. Es como si, bajo amenaza de muerte (o algo peor), el lector tuviera que seguir en su andar hacia el final de un pozo sin fondo. Sólo así podrá saberse a dónde llega esa historia que parece un completo disparate, pero de la que nadie dudaría, ni por un segundo, que pudiese suceder en la actualidad.

El asunto se torna aun más complejo cuando el protagonista viaja, acompañado de su novia Valentina, a estudiar un doctorado en Literatura Comparada en Barcelona. La narración se vuelve polifónica y tanto importan los sucesos descabellados que Juan Pablo narra en lo que terminan siendo las anotaciones para una novela metaliteraria, como las vivencias y reflexiones que la desconcertada y melancólica Valentina va plasmando en su diario al estilo de Roberto Bolaño. Y como si se tratara de un compilado de documentos en el archivo de un caso policíaco, la historia cobra sentido absoluto a través de la lectura de los correos que la madre de Juan Pablo escribe de tanto en tanto, así como las cartas que envía el primo para el auxilio de sus familiares desamparados: por si el proyecto se pone en marcha, por si la mafia los traiciona y por si la cosa se complica, tal como puede suponerse, para abalanzarse hacia un fatídico desenlace.

Esta novela española sobre México, o este libro mexicano sobre Barcelona, tal como el propio autor define a su pieza literaria, podría ser tomada, a la vez, como una descarnada postal transnacional. Si bien su sátira sirve de excusa para construir una ficción sobre las víctimas de las redes globales del crimen organizado, el tema se soporta en la observación minuciosa del tejido multicultural de la Capital de Catalunya. No es la parte turística y luminosa lo que se muestra en la cara de este retrato, sino su dorso blanco, manchado de un relato escrito a pulso de autobiografía e imaginación1. Así, las verdaderas caras de la urbe cosmopolita se manifiestan en los catalanes que quieren imponer una supuesta superioridad a través de la seva llengua, latinoamericanos expatriados perdidos en la eterna fiesta barcelonesa, chinos sobreviviendo a base de negocios ilícitos, pakistaníes haciendo lo que sea por permanecer lejos de su tierra, mossos desquadra corruptos, vagabundos okupas conectados con la mafia y políticos tan honestos como sólo los políticos pueden serlo. No voy a pedirle a nadie que me crea, entre líneas, es una caricatura (entre surreal y realista) de los migrantes que transitan como una forma de vida que se respira y se sufre en los áticos y en los entresuelos, y en las noches y en los callejones, y en las historias secretas y oscuras de la Ciudad Condal.

«Sois unos cínicos. Todos ustedes. Los de Literatura», dice una de las víctimas de la novela como apelando al propio Villalobos, quien publica esta obra diez años después de vivir fuera de México. Es como si todo ese tiempo le hubiese dotado de la autoridad para cuestionar toda moral alrededor suyo, incluso esa que rige su propio quehacer como literato, explicado en palabras del Juan Pablo de ficción, al decir que «la verdad es que los lectores no buscamos en la literatura pautas para nuestro comportamiento en la realidad. Los escritores tampoco. Los lectores y los escritores lo único que queremos es perpetuar un sistema hedonista basado en la autocomplacencia y el narcisismo. El lector lo único que quiere es leer más. Y el escritor, escribir más. Y los académicos somos los peores: los carroñeros que queremos extraer un poco de sentido existencial a toda esa mierda». Si esta es la tesis que defiende Juan Pablo Villalobos, quien además parece haberse fijado como máxima premisa ese postulado de Jacques Lacan que explica que «la verdad tiene estructura de ficción», el autor ha encontrado, en este libro, y con total desfachatez, una fórmula y estructura infalibles para narrar las verdades que sólo se exhiben por medio de la tragedia, a través de los mecanismos y artificios propios de la comedia. Queda demostrado. Doy fe de sus hallazgos. No voy a pedirle a nadie que me crea.

 

1 Poner en duda eso de la imaginación.

 

Datos del libro:
Título: No voy a pedirle a nadie que me crea.
Autor: Juan Pablo Villalobos
Editorial: Anagrama
271 páginas.

 

 

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Luis Enrique Castro Vilches
(León, Guanajuato, 1990) cursó el Máster en Creación Literaria por la Universitat Pompeu Fabra y la Licenciatura en Comunicación de la Universidad Iberoamericana León. Ha escrito para medios impresos y digitales, como la revista electrónica ViceVersa Magazine, y ha participado en proyectos de producción audiovisual e investigación cultural. Sus intereses académicos giran en torno a los lenguajes narrativos, las artes y las humanidades. Desde siempre lo han llamado Bixos y sus huellas digitales pueden rastrearse en https://nidodebixos.wordpress.com

 

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