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La noche que mi abuela NO mató al señor Castro

Antonio Sempere | 27 de Noviembre de 2016

Antonio Sempere

Allá por 1956, mi abuela (Conchis, finada) estuvo a punto de matar a un hombre. Justificadamente, pero de todas formas hubiera sido una gran tragedia si se hubiese animado a jalar el gatillo. Aunque, paradójicamente, también el hecho de no haber jalado el gatillo constituyó una gran tragedia.

Mis abuelos maternos vivían en una vieja casona en la zona centro de la ciudad de Toluca, sobre la calle de Juárez. La casa tenía dos pisos, con grandes ventanales y balcones de herrería que miraban a la calle. En ese entonces mi abuelo tenía una fábrica de jabones en la ciudad de Puebla, así que pasaba de lunes a jueves supervisándola y regresaba el fin de semana con su familia en Toluca.

Durante aquellas ausencias, mi abuela se quedaba sola en casa cuidando a cuatro niños: mi tía Maru (†), los gemelos José Manuel y Lourdes (mi mamá) y mi tío Luis, cuyas edades oscilaban entre los 9 y los 2 años. Los tiempos no eran ni con mucho tan inseguros como hoy en día, pero mi abuelo había peleado en la Guerra Cristera y sabía de lo que son capaces los seres humanos en un momento de ofuscación, así que había instruido concienzudamente a su esposa en el manejo de una monumental escopeta de cacería.  “Si alguien intenta meterse a la casa, tú dispárale sin pensarlo dos veces, ¿entendido?”, era la consigna que le hacía a mi abuela cada vez que partía a supervisar el negocio jabonero.

En una de tantas ausencias, mi abuela escuchó un ruido extraño cerca de la ventana de su habitación. Era casi la medianoche. Se incorporó y alcanzó a distinguir una sombra extraña ascendiendo sobre el balcón, dibujada tenuemente sobre la cortina gracias a un modesto farolito que proporcionaba algo de iluminación a la calle. Acorde al mandato de mi abuelo, tomó la escopeta y salió del cuarto. La idea de mi abuela era asomarse por el balcón de una habitación contigua (la del cuarto de costura), para poder sorprender al malhechor en el acto de internarse al domicilio.

Al asomarse sigilosamente por la ventana del costurero, mi abuela pudo comprobar que, en efecto, un hombre corpulento se había encaramado al balcón de la recámara principal. Con tan sólo tres o cuatro metros de distancia entre ella y su objetivo, levantó el cañón de la escopeta y apuntó hacia el infractor. Pero ahí le entró la duda. El hombre venía bien vestido. Y no estaba intentando meterse a la casa. Por el contrario, al parecer estaba intentando medir el salto hacia el balcón de la casa de al lado. Con voz de mando (mi abuela era brava, cuenta la leyenda), gritó un clarísimo “¡Alto o disparo!”

A lo que el petrificado intruso respondió con un “¡No dispare, por favor!”, girando sobre sus talones y levantando las manos para mostrarse en actitud de sumisión.

Mi abuela reconoció de inmediato el acento de su -casi- víctima: “¿Señor Castro?”

“Sí, señora Valdés, soy su vecino, el señor Castro. Se me olvidaron mis llaves y estaba intentando llegar a mi balcón a través del suyo. Mil perdones.”

El señor Castro había trepado por un viejo álamo que facilitaba el ascenso al balcón de casa de mi abuela, notando que de ahí a su propio balcón no le separaba más que un saltito, proeza moderada para alguien atlético y de buena estatura. Mi abuela, sin embargo, no estaba de humor para escuchar explicaciones de esa clase. No lo bajó de bruto, animal, bestia y qué se yo cuántos otros insultos a la usanza de la gente decente, mientras que le decía que estuvo a punto de llegar volando a su balcón, pero gracias a un escopetazo marca Wyatt Earp.

Castro se deshacía en disculpas, sin saber cómo apaciguar a mi iracunda abuela. Al final de cuentas todo quedó en un susto y en una anécdota familiar sumamente socorrida. Pero no tanto por los hechos ocurridos esa noche, sino por lo que pasó después.

El señor Castro dejó de ser vecino de mis abuelos unos meses más tarde. Se embarcó en Tuxpan, Veracruz, en un yate llamado Granma, junto con sus compañeros: su hermano Raúl, el señor Guevara, el señor Almeida, el señor Cienfuegos y otros más. Llegaron el 2 de diciembre a las inmediaciones de la playa Las Coloradas, se agarraron a balazos con el ejército y terminaron por internarse en la sierra maestra de aquella isla, Cuba. Poco más de un par de añitos más tarde, el señor Castro –Fidel, para sus amigos– era el hombre más importante de su país, sentándose en la silla presidencial que había dejado vacante Fulgencio Batista. Y de ahí no se movió en un buen rato.

La historia no termina allí. Mi abuelo tenía un hermano menor, Luis (alguien que en su momento ameritará su propia serie de anécdotas, pues su historia fue vasta y llena de curiosidades). Luis era un espíritu rebelde, en marcado contraste con la personalidad seria y conservadora de mi abuelo. Luis se fue a vivir a Cuba siendo un adulto joven, y contrajo matrimonio con una cubana risueña y dicharachera llamada Manolita. Mi tío abuelo Luis era propietario de una feria, con la que recorría la isla a lo largo y ancho durante todo el año. Simpatizó desde un principio con la causa de la revolución cubana (aún antes de que ésta triunfara), lo que le llevó a entablar acaloradas discusiones con su hermano (mi abuelo) cada vez que volvía a México en vacaciones y fechas importantes.

El tío Luis conoció al señor Castro, tanto en México como en Cuba. Tras el derrocamiento de Batista, ambos coincidieron en varias funciones oficiales, pues la feria de mi tío era uno de los pocos entretenimientos que seguían funcionando con regularidad tras la revolución. El señor Castro siempre fue cordial con el tío Luis, pese a que éste último siempre declinó afiliarse al partido y asumir varios cargos oficiales que le fueron ofertados por el barbado líder.

Pero el clima social de Cuba cambió mucho al paso del tiempo. Y tan sólo un par de años después del triunfo revolucionario, mi tío Luis pasó de ser una persona cercana al señor Castro a “enemigo de la nación”. Logró obtener un salvoconducto del gobierno mexicano para escapar de la isla con su esposa y su hijo recién nacido, tras enterarse que su nombre estaba por ser difundido en una lista de personas que debían ser recluidas en prisión por conspirar contra el gobierno. Mi tío, anteriormente defensor de la causa promovida por los barbudos rebeldes, miró con rabia e impotencia a los soldados que sólo le dejaron subir al avión tras arrancarle los botones y cremalleras de la ropa, confiscándole a la familia hasta la última pieza de equipaje, e incluso las botellas de leche de su hijo. “Esto servirá para que coman los niños cubanos, no para alimentar a hijos de desertores y traidores”, fue la explicación. Luis, Manolita y el bebé fueron recibidos por mi abuelo en México, literalmente cerrándose las desgarradas ropas con sus propias manos.

Dentro de todo tuvieron suerte. Vivieron para contar su historia y para recriminarle a mi abuela que no hubiera jalado del gatillo cuando tuvo en la mira a “ese maldito barbón que ha de pudrirse en los infiernos”. Mi abuela murió joven, a mediados de los 60. Mi abuelo nunca fue el mismo tras perder a su esposa, y él se fue en el 81. Mi tío abuelo Luis duró unos pocos años más. Su esposa, Manolita, acaba de morir hace unos meses. Todos de causas naturales.

El señor Castro nada más no se muere. Ahí sigue, en su isla. Y muchísimas personas esperan escuchar sobre su eventual muerte. De entrada, todos mis amigos cubanos en Miami a quienes les he relatado esta anécdota familiar. Las reacciones a la historia de mi abuela y el señor Castro han sido muy diversas. Han generado risas incrédulas, expresiones anodinas, escrutinio con preguntas y más preguntas… algunos se han echado a llorar. En serio. Es un cliché hablar de “efectos mariposa” y alterar el curso de la historia en menos de un segundo, pero es obligado referirnos a esos lugares comunes cuando ocurren casos así.

¿Estaría yo escribiendo en un blog si mi abuela hubiera tirado del gatillo? ¿Existiría yo mismo, acaso? No lo sé. Nadie lo sabe. Solo que sé que siempre que revivimos esta anécdota en mi familia, siento algo muy raro en mi interior. Como si evitar una tragedia entre los míos hubiera desencadenado la tragedia para miles, quizá millones de personas. Por eso prefiero no pensar mucho en “hubieras” y en consecuencias… Sólo platico la historia y dejo que cada quien decida qué hacer con ella. Como mi abuela decidió no dispararle a un intruso una noche en Toluca.

 

 

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Antonio Sempere
es escritor, editor y nos cuenta más sobre él en https://finisimapersona.wordpress.com/about/

El texto El día que mi abuela NO mató al señor Castro fue originalmente publicado en mayo de 2010 en su blog Finísima Persona  y puede ser leído aquí.

 

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