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School Basket

Alexander Drake | 19 de enero de 2020

Alexander Drake 

El otro día encontré una vieja fotografía de cuando jugaba en el equipo de baloncesto del colegio. La foto era del curso 85/86, cuando tenía 11 años. Aquello hizo que regresaran a mi memoria montones de imágenes de aquellos tiempos y de mis antiguos compañeros. Cada cual con sus virtudes y defectos; con sus movimientos particulares de juego y sus manías; pero había uno (nuestro base titular) que sobresalía por encima de todos. Era un chaval de lo más extraño y desconcertante. Si algo lo caracterizaba en los partidos contra los colegios rivales era lo que hacía nada más llegar al campo contrario. En cuanto rebasaba la línea de medio campo levantaba la mano izquierda sacando dos o tres dedos como si el resto del equipo supiese de qué iba todo aquello. Supongo que tan sólo trataba de imitar a los jugadores profesionales. Equipos que habrían preparado en sus entrenamientos algún tipo de jugada ultra secreta y que después ponían en práctica en los partidos importantes. Entonces nuestro base alzaba su mano izquierda en el aire mostrando varios dedos sin dejar de avanzar y botar el balón como si nosotros supiésemos de qué iba el asunto, aunque en realidad nadie sabía una puta mierda. En cualquier caso, todo aquello parecía tener un efecto psicológico en el equipo rival. Era como si aquella táctica desconcertara por completo a nuestros contrincantes. Cuando nuestro base levantaba la mano izquierda y hacía asomar sus dedos, podías ver las caras de circunstancia de nuestros oponentes. Parecían estar pensando algo como: “¡Joder, estos tíos tienen toda una colección de jugadas ensayadas! ¡Estamos perdidos!”. Y entonces la incertidumbre y la confusión hacían el resto. Sin embargo, en ese momento, nuestro entrenador siempre le lanzaba una mirada de perplejidad, como diciendo: “¿Pero qué cojones hace este subnormal?”. Aunque lo cierto es que nunca le sustituía. Sabía que a pesar de sus bufonadas y excentricidades él era el mejor del equipo subiendo el balón y distribuyendo el juego. Cómo no iba a serlo con toda aquella colección de jugadas súper secretas… Él avanzaba botando el balón con seguridad y con cara de póquer mientras levantaba en el aire los dedos de su mano izquierda. A veces alzaba sólo un dedo; otras veces dos; en ocasiones tres; como queriendo decirnos a todos: “Hey, tíos, la jugada número tres, la que ensayamos ayer, ¿de acuerdo? ¡Estad atentos! ¡La tres! ¡La tres!”. Pero en realidad ninguno de nosotros sabía lo que se traía entre manos. En cualquier caso, siempre ganábamos todos los partidos. Seguramente porque éramos un equipo realmente bueno. O quizás gracias a nuestro base titular y a todas aquellas jugadas ensayadas… Quién sabe.




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Alexander Drake es el seudónimo con el que un psicopedagogo vasco firma sus libros de contenido más descarnados. Es autor de obras como La transformación (Editorial Zoe), Vorágine (Ediciones Irreverentes), Ocho relatos de boxeo y Ciudad de caníbales (ambos en Lupercalia). Su último libro, Némesis (Camelot, 2019), recopila 63 relatos cortos que exploran el lado más oscuro del ser humano. Este cuento forma parte del libro Némesis.



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