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Un día con incidente

Andrés Baldíos | 15 de octubre de 2017

Rick Genest, 'Zombie boy'
Rick Genest, 'Zombie boy'

Andrés Baldíos

 

 

A Luzy

 

La pequeña (que lo era en aspectos de edad y estatura) vio a una persona quemarse viva; así de simple, sin más preludios que el nombramiento de la pequeña que vio a una persona quemarse viva.

Sucedió tan rápido que eso se incrustó en su memoria por el resto de su vida.

 

Ni siquiera recordaba entero el día de clases. Apenas tuvo instantes para memorizar lo que debía hacer de tarea. Había olvidado su libretita en casa, pero prefería no anotar la lista de deberes en otro lado, ya que, en peor resultado, podría olvidar por completo la tarea. Nada de esto importaría, al menos, por el resto del mes.

La pequeña multitud de niños no había terminado de cruzar la calle, cuando la abrupta figura de una persona envuelta en llamas apareció, desatando la última corrida de su vida en intentos desbaratados de gritos y premuras. De la pequeña multitud de niños sólo dos gritaron, apenas lo suficientemente alto para distinguirse de las verdaderas gritaderas que provenían de las madres, las maestras y las amas de casa que barrían la calle frente al colegio. Apareció de repente, como un frívolo detalle de guerra.

 

El tráfico era exhaustivo; uno debía prestar atención a los malditos autos.

La persona se detuvo bajo el semáforo que ya cambiaba al verde. Ahí terminó de consumirse.

Varias personas abandonaron sus autos, no para auxiliar al desgraciado, no, sino por si acaso debieran alejarse más. No los fuera a quemar la pobre víctima. Comprensible a fin de cuentas. ¿Qué más se podía hacer? Esperar a la terrible tranquilidad del tostado. Un tronido de huesos chamuscados desató el ingenuo asco entre los pocos niños que no se habían sorprendido, esos niños que exclamaban ¡chido! por cada suceso parecido al de las películas.

La pequeña no perdió de vista ni un solo segundo del trayecto a algún infierno de la desafortunada persona. A esa edad, uno podría creer que se trataba de Dios cumpliendo su palabra y que aquella persona había pecado y, por tanto, padecido el sufrimiento que enunciaban los libros de texto. Otra opción era explicárselo como accidente; cualquier accidente. La mente trabaja por sí sola e inventa alguna coartada para explicarse a sí misma que las cosas suceden por algo. La niña no se explicaba cómo… y esa noche olvidó hacer sus deberes.

 

Si lo presenciaron tantos los niños, ¿por qué diantres elegir sólo a la niñita?

No me pregunten; esta pequeña historia llegó a mí por medio de ella.

 

 

 

***
Andrés Baldíos
es escritor. Los primeros peldaños son peligrosos, su hasta ahora primer libro de cuentos, fue editado en 2012 por San Roque.

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