Arturo Mora Alva • Tiempo, espacio y memoria • Arturo Mora Alva

“…entre todo y pese a todo, y antes que nada, somos sobrevivientes…”

Arturo Mora Alva • Tiempo, espacio y memoria • Arturo Mora Alva

Aunque logres ocultar los recuerdos, o enterrarlos muy hondo,
no puedes borrar la historia. La historia no puede borrarse ni alterarse.
Porque significaría matarte a ti mismo.

Haruki Murakami
 

Podemos juzgar nuestro progreso por el valor de nuestras preguntas
y la profundidad de nuestras respuestas,
nuestra voluntad de aceptar lo que es verdad,
en lugar de lo que se siente bien.

Carl Sagan

Hacer el ejercicio personal de ubicar la existencia personal en el tiempo —cronológico e histórico- es uno de los desafíos más difíciles de realizar. No sólo se trata de poner una línea del tiempo en una hoja blanca e ir anotando los eventos que recordamos y hacer cronología, sino entender la manera en que hemos integrado, desde la percepción subjetiva, los acontecimientos que van delineando —por así decir– nuestra vida y, por lo tanto, nuestra historia personal.

La historia individual se registra en la memoria. La manera en que recordamos es muy amplia y también selectiva y no opera conscientemente todo el tiempo, si bien hay eventos que se recuerdan claramente, con lujo de detalle, otros tantos se reservan, entran el cajón del olvido, y se mueven entre la resistencia y la negación, entre la represión y la racionalización, junto con otros mecanismos de defensa que alteran la forma en que percibimos nuestro mundo interior y por tanto nuestra relación con el mundo exterior.

Lo mismo pasa con el contexto histórico y social, la memoria histórica se nutre de las vivencias y la información que vamos teniendo a la mano. Como etapa del desarrollo de la civilización se le ha nombrado la era del conocimiento y la sociedad de la información. Es claro que las tecnologías de información y su acceso se han ampliado y los volúmenes de datos, cifras, hechos rebasan por mucho la capacidad humana para registrarlos en la memoria.

La memoria —los recuerdos– como facultad humana se va desplazando a dispositivos digitales, al celular, a una USB, a una memoria externa de varios terabytes, a Google Drive o a la “Nube”.  La idea, al menos esa es la creencia, es tener nuestros archivos, sean documentos, libros, fotos, notas, música, imágenes, que se almacenan en algún lugar, y tenemos la “certeza” de que en algún momento se podrá acudir a ellos para cuando se ofrezca. Pero al mismo tiempo, los hechos se van diluyendo como recuerdos momentáneos, y la memoria de corto plazo funciona como imagen en Instagram o 140 caracteres en Twitter, y se desvanece en 24 horas en el primer caso, y se pierde entre millones de mensajes que se diluyen el segundo caso, dejando la que la memoria de largo plazo se vaya sosteniendo casi únicamente en la virtualidad, ante la inmediatez, la velocidad y fugacidad de la información, que también ha modificado la vida cotidiana, donde la prisa es la constante y la anomia social e individual la respuesta.

El tiempo y el espacio social en las últimas tres décadas se han transformado de formas inéditas. La globalización y las tecnologías de información han reconfigurado el ser y el estar individual y colectivo. El mercado y las estructuras económicas neoliberales han marcado las pautas del desarrollo comercial y han determinado las formas de consumo, dando prioridad a una lógica que refuerza una estrategia y visión individualistas y hedonista, dejando la movilidad social como una aspiración cada vez más engañosa del esfuerzo personal, aumentando la desigualdad económica especialmente.

La disgregación del tiempo y el espacio va teniendo sus efectos. La pandemia vino a dar una dimensión inédita a la virtualidad como nunca, y de manera acelerada hizo cambios en muchas de las prácticas sociales que estaban ancladas en nociones basadas en los lugares específicos de trabajo, estudio y socialización, en el desplazamiento a esos lugares, en el cambio en los usos del tiempo, creando un vacío temporal de los usos tradicionales que sestaban asociados con las prácticas de la vida cotidiana, creando un vaciamiento social del tiempo y del espacio, y con ello, de la memoria social e individual. La normalidad que se añora en estos días se convierte en aspiración de volver al pasado. Un pasado que se desdibuja ante los cambios que la nueva normalidad ha impuesto, producto de la llegada del Covid-19 a nuestras vidas.

El espacio se debe reconfigurar. Así las ciudades, las oficinas, las escuelas, las instituciones y los espacios públicos. Lo mismo está pasando con el tiempo y con el uso social del tiempo, que se deben reconfigurar también. Éste, el tiempo, se tendrá que manejar y articular otras formas de vivir. Así el tiempo y el espacio, el ser y estar, se resignificarán en el contexto actual. Habrá que integrar los nuevos horarios de ingreso y salida del trabajo, de la escuela, si es que se asiste, e integrar los cambios en el uso del tiempo en las casas, si hay actividades de estudio y de home office, a la vez de operar con las nuevas prácticas escolares que incorporan modelos híbridos de enseñanza-aprendizaje, junto con el uso de tecnologías de comunicación y con la creación de nuevas prácticas de entretenimiento y recreación.

El tiempo y el espacio entraron en una vorágine que alteró la noción y percepción del tiempo y del espacio y, con ello, de la memoria personal y colectiva. Habrá que ir ubicando la narrativa de la pandemia en un antes y un después de ella, para tener en la memoria que entre todo y pese a todo, y antes que nada, somos sobrevivientes.

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