Opinión • Conocerse • Arturo Mora

“Conocerse es una posibilidad para vivir con dignidad y esperanza de llegar a ser cada vez más auténticos…”

Opinión • Conocerse • Arturo Mora

El árbol retorcido vive su vida, mientras que el árbol derecho termina en tablas.
         
Proverbio chino

Las personas más bellas con las que me he encontrado son aquellas que han conocido la derrota, conocido el sufrimiento, conocido la lucha, conocido la pérdida, y han encontrado su forma de salir de las profundidades. Estas personas tienen una apreciación, una sensibilidad y una comprensión de la vida que los llena de compasión, humildad y una profunda inquietud amorosa. La gente bella no surge de la nada.
        
Elizabeth Kübler-Ross

Cada vez es más desafiante la tarea humana y personal de conocerse. Ir más allá de una narrativa que describa características físicas, carácter, ciertos gustos, algunos comportamientos, y tal vez un nutrido conjunto de anécdotas e historias, nos hacen muchas veces creer que eso es suficiente para que supongamos saber quiénes somos. 

Sin duda son aproximaciones valiosas para poder definirnos de alguna manera y nos ayudan a mostrarnos ante uno mismo, y dejamos de lado todo eso que sabemos y que no sabemos de nosotros, situación que gravita —queramos o no– en nuestra forma consciente e inconsciente de ser.

Conocerse en los espejos del otro, de los otros, requiere de una disposición para mirarnos en la contradicción, en la incompletitud y desde eso que nos pone siempre en falta —falta que es inherente al ser humano para ser completos. 

Sin embargo, conocerse es una tarea imposible, porque la vida es dinámica y las sobredeterminaciones son construcciones sociales y culturales, y los depósitos que hacen sobre cada uno de nosotros son casi siempre fatalistas y legitimadoras de lo que somos, y del comportamiento personal, con actitudes, conductas, emociones y sentimientos que se reconfiguran al pensar que somos personas siempre en desarrollo hasta que muramos un día, pero siempre creyendo saber quién es uno mismo.

Como cultura occidental tenemos poco menos de 150 años de haber empezado con sistematicidad el reto de conocernos desde la dimensión de la psicología, y tomando en cuenta la ardua tarea de la filosofía para encontrar respuestas ante las preguntas existenciales de la vida: ¿Quién soy? ¿A dónde voy? ¿Para qué estoy aquí? ¿Con quiénes debo ser y estar? ¿Hay algo que sea la esencia de la vida? ¿Qué es la vida? ¿Por qué debemos morir? ¿Para qué debemos conocer quiénes somos? 

Las diversas psicologías y el psicoanálisis han explorado cómo las personas se desarrollan en su trayecto en la historia de vida particular y en las situaciones, circunstancias, interacciones y vínculos que nos afectan, condicionan y generan en buena parte lo que somos y lo que llegamos ser, en tanto seamos capaces de observar, visualizar, internalizar, comprender, aceptar e integrar eso que ha hecho nuestra vida, nuestra cosmovisión, nuestra ideología, nuestra forma de ser.

Conocernos es una oportunidad de atrevernos a explorar, nombrar y entender eso que es parte de cada uno y que muchas veces no se nombra, no se habla, no se dice porque duele, porque lástima, porque nos muestra lo que hicieron con nosotros. Es ahí donde se convierte en la oportunidad de enfrentarnos a miedos, vacíos, palabras hirientes, al hecho de ser testigos de situaciones que nos afectaron, a los vínculos, al deseo de otros y que han creado mitos, traumas, fantasías, sueños, delirios, filas, fobias e ideas equivocas, así como reacciones que rebasan la razón y alteran la vida de uno y de los demás, y que la duda por saber quiénes somos pasa por permitirnos comprender la dimensión psicológica del ser humano que hemos llegado a ser. 

Aceptar que somos sujetos bio-psico-sociales, que vivimos en un contexto histórico particular y que poseemos la cualidad y capacidad del lenguaje, que nos permite configurar el pensamiento y la forma que en opera la consciencia, y que —por lo tanto– desde la palabra podemos asumir con audacia, valor y curiosidad el intentar conocernos más allá de lo aparente, de lo que creemos que ven otros, de explorar la historia individual y poner en palabras esas representaciones simbólicas, imaginarias y reales que nos hacen ser en buena medida quienes somos y que nos permiten —si lo deseamos– ser las mejores versiones de uno mismo, al poner desde la consciencia, la voluntad de hacer cambios necesarios que nos puedan ayudar a integran nuestras penas, sufrimientos, dolores, frustraciones, deseos, gozos, alegrías, placeres y nostalgias y desasosiegos a nuestra vida, pero esta vez de forma diferente, al humanizarnos y ser con otras personas de maneras distintas, al menos más sanas, más amorosas, más libres y plenas.

Conocerse es una apuesta por la esperanza. Conocerse es ir teniendo una caja de herramientas personal, a la medida, para enfrentar los desafíos de la vida, moverse y actuar en el contexto de las condiciones sociales, económicas, culturales y estructurales por las que atravesamos. Las relaciones humanas que establecemos con la familia, con los amigos, y compañeros de trabajo, con las personas que amamos, con la pareja, nos llevan a poner en acción lo que somos desde ese proceso nada fácil de conocernos y poner en práctica el deseo, y que nos lleva a ser lo que queremos ser desde una visión más completa y humana, ya que siempre somos con otros. 

El individualismo es una nueva droga, sintética, creada desde la lógica de mercado y del consumo. Narciso ve su reflejo en las pantallas de celulares y su vanidad lo lleva a creer que se conoce, porque se sabe consumidor y porque el éxito es ser iguales a todos los demás, haciéndose creer que las marcas y los productos que consume lo definen, y no se ha dado cuenta de que lo que han hecho es vaciarlo de sí mismo, que resuelve el dolor y el sufrimiento comprando, idealizando lo que nunca podrá tener ni ser. 

La ficción de conocerse en la sociedad capitalista se llena de objetos de consumo, de aspiraciones inalcanzables, y también porque está de moda, de terapias alternativas y pseudo psicologías que seducen, validan, legitiman, justifican al individuo, y que lo único que hacen es pulir el espejo donde se recrea la vanidad y que los cambios terminen siendo cosméticos y que —a su vez– quienes se hacen consumidores de esas prácticas no sean capaces de atreverse a mirarse a los ojos propios y en los ojos de otros, que caen en la idea de que de lo que se trata es de buscar y comprar píldoras para dormir, pastillas para no sufrir, paliativos para evitar el dolor y el cansancio, todo ello dentro de la sociedad narcisista de consumo, en la sociedad del vacío, del rendimiento y la auto explotación.

Conocerse es reconocer lo difícil que es la vida —que está llena de pruebas, desafíos, problemas, crisis, enfermedad, despedidas, ausencias, carencias, violencias–, y que es ahí donde el espíritu humano emerge; que la condición y dimensión de la persona toma fuerza y logra desafiar a la realidad; que la inteligencia formula nuevas preguntas y nuevas respuestas a viejas preguntas; que la vida toma sentido y hace que nuestras limitaciones se conviertan en posibilidad para llegar a ser mejores seres humanos. “La gente bella no surge de la nada”, escribió Elizabeth Kübler-Ross.

Conocerse es una posibilidad para vivir con dignidad y esperanza de llegar a ser cada vez más auténticos, independientes, autónomos desde el ser uno mismo junto con los otros desde la inclusión, la fraternidad, la sororidad y la libertad. 

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