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18:33h. Lunes, 11 de Diciembre de 2017

“…El consumo es necesario en aquello que es vital para vivir dignamente; el consumismo
es la falsa bandera del progreso económico…”

La mayoría de las personas buscan lo que no tienen y están esclavizadas por las mismas cosas que desean adquirir.                                                                                                                                Anwar el-Sadat (1918-1981), político, militar, Presidente y Primer Ministro de Egipto. 


No se me ocurre ninguna circunstancia en la que la publicidad no sea un mal.
Arnold J. Toynbee (1889-1975), historiador británico.

 

El capitalismo impulsa con todos sus recursos el consumo de aquello que hábilmente de convierte en necesidad. Las pautas publicitarias se ven socorridas por el impulso que la mercadotecnia logra instalar como costumbres. En los Estados Unidos está el “Viernes Negro” o “Black Friday”, que inicio en la ciudad de Filadelfia en 1961 y luego se popularizó en 1965 como una fecha que da inicio a la temporada de compras decembrinas, y en la que asumió u y diseño un esquema de “ofertas, rebajas, y promociones” que tiene la idea
en el fondo, de lograr hacer que los comercios que están en números rojos pasen a tener números negros en sus libros de contabilidad, gracias a las compras masivas que se desatan en ese día. 

En México el “Buen Fin” fue impulsado por el gobierno del presidente Felipe Calderón a partir del 2011, buscando replicar la idea: ofrecer descuentos y promociones durante un fin de semana, anunciando a su vez el inicio de la temporada de las compras navideñas. Al parecer, la estrategia fue asumida por las empresas y comercios formales, y llegó para quedarse. 

En Latinoamérica existen propuestas similares en Panamá, Colombia, Costa Rica, Argentina, y en otros países como Uruguay, Chile, Bolivia, Perú. Ecuador, República Dominicana, esta estrategia de ofertas se ha usado para impulsar el comercio en línea. En cualquier caso se quiere animar a la población a comprar, y esto se ha visto reforzado por el apoyo y asociación de bancos y entidades financieras que permiten las compras a plazos, especialmente a través de tarjetas de crédito, que ofrecen términos de meses sin intereses para pagar, a quienes quieren aprovechar las ofertas y descuentos que se dan bajo estos esquemas de promoción del consumo. 

El mercado no tiene escrúpulos ni sentimientos. Busca vender, incrementar ventas, obtener ganancias, y va encontrado las formas para hacerlo, trabajando las motivaciones y aspiraciones de la población, a la vez de ir reforzando algunas necesidades banales o lujos innecesarios en las y los consumidores, que son presa de los mecanismos que alientan a salir a comprar, a endeudarse y obtener un bien o servicio. Hay personas y familias
completas que se preparan durante algunas semanas para ir de compras en el “Buen Fin”. 

No sólo se trata de ahorrar para comprar, sino de entrar a una especie de búsqueda, de cacería de ofertas. Salen a ver precios, marcas, modelos, en fin, hacen una especie de ritual moderno asociado al consumo. Se alcanza a escuchar en muchos espacios sociales, como una presunción, la ganga con la que encontraron una pantalla, un reproductor Blu Ray, un celular, una Tablet, o los descuentos que obtuvieron en ropa, calzado y juguetes. 

En un país con las tasas de interés más altas del mundo en el uso del dinero plástico, en las tarjetas de crédito, el “Buen Fin” se convierte en un mecanismo para hacer crecer las ganancias de los bancos que, por ejemplo, ya en marzo de 2017 habían obtenido ganancias del 80.9% en los primeros meses del año, esto es, 14 mil 500 millones de pesos por concepto de intereses de créditos al consumo a través del uso de las tarjetas de crédito, lo que permite observar dónde está parte del negocio que se promueve durante el “Buen Fin”. 

Por otra parte, se presentan muchos casos de publicidad engañosa durante estos días, que van desde la condiciones y garantías en las letras chiquitas de los contratos de y pólizas de garantía, hasta precios inflados y sus “descuentos”, que buscan hacer creer a las y los consumidores que han hecho una buena adquisición, siendo víctimas de las triquiñuelas de supermercados y comercios, que juegan con las necesidades de la población. 

La ilusión del alto consumo lleva a olvidar la estructura económica del país. Un país de pobres, con una clase media cada vez menor y que se sostiene con deudas y con mecanismos de sobrevivencia. Las pantallas planas y demás productos que se compraron en el “Buen Fin”, son los que se venderán dentro de unos meses o terminaran en casas de empeño, que por cierto han proliferado en todas las ciudades del país. Un país en donde el presidente Peña Nieto presume la creación de empleos como logro sexenal, pero omite con alevosía que en esos trabajos se obtienen ingresos inferiores a dos salarios mínimos. 

Un país donde más de 14 de millones de mexicanas y mexicanos subsiste en el comercio informal. Un país en que las condiciones de vida son cada vez más difíciles. La inflación y el incremento de precios al consumidor así lo indican. El incremento en más de 2 pesos por litro de gas LP es el ejemplo más reciente de lo caro que es obtener un satisfactor básico para las familias. 

El mercado y el gobierno siguen ahorcando al pueblo. El consumo es necesario en aquello que es vital para vivir dignamente; el consumismo es la falsa bandera del progreso económico. Sin salarios justos y dignos, la distribución de la riqueza seguirá siendo el gran pendiente social de este país, donde la acumulación y concentración de la riqueza alcanza niveles nunca vistos, los ricos son mucho más ricos y los pobres son cada vez más, y cada vez más pobres.