Covid-19 y salud mental

“…la vida cotidiana se trastocó y movió la dimensión emocional…”
Covid-19 y salud mental

De nuestras vulnerabilidades vienen nuestras fortalezas.
Sigmund Freud

El hombre no está tan preocupado por los problemas reales como por sus ansiedades imaginadas sobre los problemas reales.
Epíteto


 

El 10 de octubre se celebró el Día Mundial de la Salud mental. Este año 2020 está circunscrito a la realidad de la pandemia. Los hechos siguen rebasando los pronósticos de contagios y de fallecimientos producto de esta enfermedad viral. Los efectos son muchos y de diverso orden. La fragilidad humana y la idealización de la ciencia y la tecnología mostraron que las bases de los modelos de salud en cada país respondían a lógicas propias del poder local y del mercado, y que la ciencia y tecnología todavía no son la panacea para resolver todos los problemas del mundo.

La realidad del covid-19 alteró todo, la vida social, la economía y la totalidad de las prácticas sociales. Las instituciones como la escuela, el trabajo y los hospitales entre otras, quedaron atrapadas en las decisiones para atender a los enfermos y evitar más contagios y muertes.

Las personas se han visto inmersas en procesos de interacción y de responsabilidad ante la estrategia del confinamiento. Una cuarentena extendida que no tiene por ahora fecha de término. Lo que ha venido sucediendo es que hemos tenido que responder con los recursos a nuestro alcance, en lo material y en lo emocional. Lo cierto es que la vida cotidiana se trastocó y movió la dimensión emocional de una manera muy fuerte, no sólo por lo inesperado, sino porque ha puesto en evidencia lo valioso de la interacción social, lo importante que es el tener una posibilidad de manejar las emociones y sentimientos de forma pertinente y adecuada.

Las clases a distancia alteraron las relaciones de socialización para el aprendizaje, lo que Lev Vygotsky apunto sobre la Zona de Desarrollo Próximo  quedo como evidencia de su importancia, ya que se necesita un “otro” que acompañe los procesos de aprendizaje de los “otros”, y como también lo señalo Paulo Freire, “Nadie educa a nadie —nadie se educa a sí mismo—, los hombres se educan entre sí con la mediación del mundo” y eso es lo que esta fracturado, aún con los usos de la  tecnología para las ofrecer las clases en todos los niveles y con las diversos modelos de enseñanza usados ahora.

El confinamiento ha desatado una realidad. La salud mental no ha sido una prioridad para los gobiernos, ni en los casos más críticos. La falta de inversión en la atención de la salud mental es una constante. La latencia de una serie de conflictos no resueltos, en lo que podemos llamar vida interior, -consciencia-, de cada una de las personas en las diversas etapas de desarrollo por las que pasamos han aflorado con muchas consecuencias y con desenlaces por demás tristes y dramáticos. Pero también ha mostrado la capacidad humana desde el amor y la convivencia sana, para sortear los retos y desafíos que ha puesto la pandemia, a través de la creatividad, el diálogo y la tolerancia.

La interacción forzada en espacios reducidos, ha mostrado también los problemas que el hacinamiento tiene, la falta de privacidad, la falta de un espacio para “respirar”, la convivencia continua y las sobre demandas de atención a los hijos e hijas con la educación en casa, y las jornadas de trabajo que se acentúan en especial para las mujeres han dado paso a la hostilidad y la violencia. Las separaciones y divorcios van al alza. No es un asunto del propio del covid-19 en sentido estricto, pero la hipersensibilidad se ha instalado y con ello la intolerancia y la falta de comunicación. Los suicidios también se han incrementado, junto con el consumo de alcohol, tabaco y otras drogas, en un contexto de incertidumbre, de pérdida de empleo, de cierre de negocios y de confinamiento forzado, en donde la ansiedad y la angustia son una constante como síntomas de la imposibilidad de dar una respuesta con otra perspectiva, al menos más saludable.

Entre las principales enfermedades mentales están la depresión, la ansiedad, la epilepsia, las demencias y la esquizofrenia, y la mitad de ellas surgen antes de los 14 años y lo realmente triste es que no hay programas y políticas sociales y de salud para trabajar en la prevención y para la atención oportuna de las personas. La pandemia ha traído el tema de la salud mental como algo urgente que se debe atender con prontitud y profesionalismo.

Es claro que la salud mental también es un espacio donde el mercado y el poder intervienen. El deseo de estar bien emocionalmente de forma casi inmediata,  se ha asociado a la proliferación y consumo medicamentos para controlar la ansiedad y la depresión, y de ahí también el consumo de drogas ilegales y eso es parte de lo que Anika Quiñones Useche y Jairo Gallo Acosta abordan en el libro: “Ideología, Salud Mental y Neoliberalismo en Colombia” (2020) al señalar que “algunos han querido monopolizar desde el discurso dominante de lo biológico, deber ser hoy un asunto social-político, donde el asunto no debe adoptar al sujeto a unas lógicas capitalistas cada vez más patológicas, sino que allí sea un campo de combate para transformar esas mismas lógicas en un posible porvenir”.

 De ahí la definición de salud mental que se ha ido construyendo que esta es “el estado de bienestar subjetivo en el que la persona es capaz de hacer frente a las demandas psicosociales del día a día, es consciente de sus capacidades y puede gracias a ellas adaptarse e integrarse de manera efectiva en el mundo que le rodea”. Traducido en palabras más humanas y simples la “Salud metal es vivir tu autonomía en armonía con tu entorno, mostrando capacidad de amar, trabajar y jugar.” (A. Alcaraz)

El covid-19 esta presente y no se ha ido, ni se ira pronto. Las secuelas y consecuencias desde la experiencia dan pauta para desarrollar a la brevedad acciones y políticas de salud pública en el campo de la Salud Mental. Las necesidades apoyo psicosocial aumentaran en los próximos meses y años, con ello la importancia de atender a las personas en la esfera emocional se convierte en un desafío verdaderamente humano, social y cultural. No hay salidas fáciles, no bastan frases positivas propias de un optimismo tóxico, no se trata de vender salidas fáciles, ni de promover de cursos y lecturas de superación personal. Lo humano requiere ser atendido desde la complejidad que lo define y lo dimensiona.

La pandemia vino a demostrar lo que Freud apunto hace varias décadas: “Las emociones no expresadas nunca mueren. Son enterradas vivas y salen más tarde de peores formas”, y también el propio Freud nos dio una pista muy importante, esto mientras podemos darle la prioridad que la Salud Mental necesita: “La ciencia moderna aún no ha producido un medicamento tranquilizador tan eficaz como lo son unas pocas palabras bondadosas.”

Tal vez, desde ahí, desde ver al “otro” como semejante, de valorar su existencia y de reconocer el amor, el cariño y los afectos que se tienen para con las personas que están alrededor de nosotros, es que podemos escucharnos y empezar a transitar a una “nueva normalidad” que nos reconozca como personas que sentimos la vida, que tenemos un proyecto de vida y que nos merecemos vivir en un mundo más justo, más humano, más libre y con ello más sano mentalmente.

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