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17:22h. Domingo, 24 de Junio de 2018

"...la cultura política dominante nos ha hecho creer que la política es sucia, que está corrompida, que entre más lejos estemos de ella es mejor. Zygmunt Bauman escribió que la política debe ser un asunto de todos y de todas, y que la libertad individual sólo puede ser producto del trabajo colectivo..."


Para Sara Noemí Mata Lucio, con cariño.
Luis Nicolás Mata Valdez
, In Memoriam.


La política en México está cruzada por el caos, la mediocridad, el conformismo, la falta de lealtad, la traición, la falta de ideales y sin duda alguna, por la complacencia de quienes detentan el poder, real y simbólico. Pero también hay opciones de hacer política, muchas de ellas construidas desde las convicciones, soportadas por las ideas y las teorías del cambio social, por las aspiraciones de conformar un lugar mejor para vivir. Y también está hecha de sueños, utopías y valores humanos. Pero sobre todo, está conformada por personas -de carne y hueso- que encarnan un compromiso, una coherencia, y tienen también logran tener cierta dosis de humor, de sarcasmo, de resiliencia y en términos populares: ¡tienen mucho “hígado”!

Quienes se acercan a la vida política desde la convicción por la justicia social, por reconocerse en el otro, con los otros, van dejando parte de sí mismos, de su individualidad, en aras de una colectividad, de un proyecto, de algunas luchas concretas, de pequeños logros, de ciertos triunfos y de una buena cantidad de derrotas.

Buscar y encontrar espacios de participación política en entornos donde la política ha sido copada por grupos de poder, esos que se adueñaron de las instituciones y de las formas más apócrifas de hacer política, es un reto que desgasta y cansa, que por lo mismo dota de sentido de vida a quienes asumen una función social, a veces la de dar voz a otros, a otras, de pensar junto con ellos y ellas la posibles formas de cambiar las cosas, de encontrar caminos para lograr que se respeten dignidades y derechos, que se reformen normas, leyes e instituciones, para ir teniendo de alguna manera un mejor país, con nuevos escenarios de posibilidad para que las realidades humanas puedan tener menos rostros de dolor, de sufrimiento, de injusticia y desesperanza.

Este año se cumplen 50 años del movimiento estudiantil de 1968 en México. Cincuenta años que contienen cambios y transformaciones sociales inéditas en muchos casos, pero siendo realistas y críticos, cambios que se fueron montando en un conjunto de estructuras –sociales, políticas, económicas, culturales- formadas improvisadamente, como respuestas a coyunturas, a pugnas y purgas políticas, respuestas a confrontaciones radicales -como la de la guerra cristera-, en contextos internacionales que permitieron ir configurando un país a la mexicana, es decir, un Estado-Nación peculiar, único, que encontró en el presidencialismo que nació al fragor de Revolución Mexicana, un sustituto de las aspiraciones monárquicas inherentes en la lucha por la Independencia y por la frustrada aspiración de instalar a una monarquía como la de Maximiliano de Habsburgo, en contra del recién formado Estado liberal juarista.

La conformación del Estado Mexicano y sus instituciones después de la promulgación de la Constitución de 1917, estuvo enmarcada por las emergentes demandas sociales de principios del siglo XX –los derechos: laborales, de educación y a la salud-, y pronto se vio envuelta en la realidad del país. Conflictos y luchas caciquiles, con una pobreza extrema y analfabetismo producto de un país rural y explotado, con un reparto agrario incompleto, ineficaz y por demás alevoso, en la que se logró configurar a una “nueva familia revolucionaria” que se hizo del poder, dando como resultado una “Revolución Interrumpida”, como la calificó Adolfo Gilly, cuyas estructuras de control, incluidos los partidos políticos, fueron reconfiguradas por presiones políticas y económicas, que se derivaron dentro de la crisis de 1929 en Estados Unidos y en el contexto de las Guerras Mundiales, y se aderezaron con un nacionalismo posrevolucionario. Proyecto de país que entró por su novatez en el juego de los nuevos bloques políticos en que se dividió al mundo –Oriente y Occidente-, con lo que se estableció un nuevo paradigma de poder militar y de fuerza, que serán los argumentos con lo que se sostiene y nutre la política del gobierno, ahora ideologizada, a partir de la permanente confrontación que se produce en la llamada Guerra Fría. Estrategia que es usada para alentar y alertar de los temores del avance del comunismo y del socialismo en el mundo, sobre todo en un momento histórico donde las expresiones coloniales e imperialistas se desarrollaron hasta finales de los años 70 del siglo pasado, y en cada uno de los golpes de Estado efectuados por los militares en América Latina, y en la opulencia y abuso de las dictaduras impuestas en Centroamérica y en el Caribe.

La lucha estudiantil del 68 en México se inscribió también en el Mayo Francés, en la Primavera de Praga y en las luchas de rebeldía, resistencia e independencia en América Latina y del norte de África –Argelia, Libia, Marruecos- y en todas las luchas sociales y armadas, que dieron paso a la creación de espacios sociales de participación, de movilización y de exigencias por la democracia, la libertad y justicia. Todo ello, visto en conjunto, ha hecho que el país, México, se transforme, cambie, se mueva, pese a las enormes resistencias del imperialismo y del nuevo orden económico mundial, pese a los grupos en el poder, que en cada periodo sexenal son beneficiados, y que pese a los miedos y temores que se esparcen en cada momento para querer evitar el cambio social, político, económico, cultural o ambiental que se requiere, que se demanda y que sin duda alguna es necesario, si es que partimos de la cruda y deshumanizada realidad en la que viven millones de personas en el país.

Hoy es necesario recapitular, entender, comprender y estudiar lo que ha pasado en estos 50 años de historia reciente en México, como un punto de partida. Entre todo, reconocer que muchas personas han puesto, pusieron y ponen su empeño, su talento, su trabajo, su compromiso, su inteligencia e incluso su vida, para lograr el reconocimiento de algunos derechos humanos que ahora disfrutamos, y de aquellos que faltan conseguir su plena vigencia y respeto, todo ello en la búsqueda de construir un mejor país.

Lamentablemente la cultura política dominante nos ha hecho creer que la política es sucia, que está corrompida, que entre más lejos estemos de ella es mejor. Zygmunt Bauman escribió que la política debe ser un asunto de todos y de todas, y que la libertad individual sólo puede ser producto del trabajo colectivo, donde el bien público, los valores comunes y la justicia social, son los principios que pueden propiciar la participación política y la participación social. Sólo de manera colectiva, como ciudadanos y ciudadanas, se pueden alcanzar la equidad, la igualdad, la justicia y la felicidad. Tenemos el derecho y las capacidades para lograr construir el bien público, para no dejar que los partidos políticos, los gobernantes y sus instituciones, se sigan aprovechando del poder que ostentan y del cual han abusado –hasta con más cinismo-. La lucha democrática pasa también por el ejercicio de votar. En las próximas elecciones tenemos la oportunidad de pensar y decidir sobre qué nueva nación merecemos.