Arturo Mora Alva • Disfraces y Velos

Arturo Mora Alva • Disfraces y Velos


¿Quién dijo alguna vez: hasta aquí la sed,
hasta aquí el agua?
¿Quién dijo alguna vez: hasta aquí el aire,
hasta aquí el fuego?
¿Quién dijo alguna vez: hasta aquí el amor,
hasta aquí el odio?
¿Quién dijo alguna vez: hasta aquí el hombre,
hasta aquí no?
Sólo la esperanza tiene las rodillas nítidas.
Sangran.

Juan Gelman, Límites

Cada día la vida se presenta sin filtros, aludiendo a lo contrario que sucede en las pantallas y a los efectos que ahora se usan con una franca manía al enviar alguna selfie a alguien o una fotografía a las redes sociales. Con ese retoque busca mostrarnos con una máscara que aun por sutil, las personas se van acostumbrando a ponerse todo el tiempo un disfraz y muchos de nosotros aceptar que así se muestra, pero sabiendo como somos realmente, además de otras ficciones e ilusiones que se generan con esa singular manera de conocerse ahora a través de la virtualidad.

Ahora, en estos días, hemos visto un sinnúmero de disfraces a propósito del Halloween. Sin duda la creatividad es una cualidad de padres, niños y jóvenes, que buscan mostrarse diferentes y divertidos a la vez de pasarla bien entre dulces, fiestas y caminatas en las que se acompañan y ríen, aunque habrá que decir, la celebración y los disfraces muestran, una vez más, las profundas desigualdades sociales entre lo visto en calles de colonias populares y de fraccionamientos privados.

Está claro que por igual está la necesidad de arroparnos con algunos personajes, máscaras o velos, con el pretexto de las fiestas sean patrias o navideñas o, como, ahora de halloween.  La necesidad de sentirse parte de grupos y comunidades de frikis, otakus o cosplayer son cada vez más amplias. Todos encuentran en los disfraces —y en la parafernalia que conlleva– un lugar, un espacio para ser diferentes a lo que son en lo real.

El tema de las máscaras y de los disfraces nos ha acompañado a lo largo de la historia de la civilización. En Zacatecas está el Museo de las Máscaras “Pedro Coronel”, el más grande del mundo de arte popular en su tipo. Existe la necesidad de representarnos de manera diferente, de ser vistos y mostrarnos sin pena, sin vergüenza. De ahí que el teatro también sea parte de esa manera de mostrarnos y representar la condición humana usando personajes, que aunque ficticios muestran la realidad de lo humano, sus conflictos, sus contradicciones, sus dudas, sus necesidades, sus pasiones, sus deseos, sus traiciones y sus sentimientos.

Ahora las redes sociales son escaparate de la ficción que proyectamos por una parte. Por la otra, son espacios para ser llenados con la cotidianidad la vida, entre superflua y ostentosa a veces. Se trata de ser vistos por espectadores que dan likes o ponen emojis en lugar de aplausos o abucheos. Estamos ante la seducción de las pantallas y de la adicción que producen, que hoy es casi la única mediación válida. Las palabras directas, la comunicación cara a cara, son cada vez más escasas en una mayoría de situaciones de orden social. Hasta el contacto físico, que ha sido parcialmente cancelado por la pandemia, pareciera no serextrañado. Las pantallas silencian el llanto de un niño, el celular entretiene a los críos, la tecnología digital silencia la voz interior, las pantallas que divierten y ahí se tira el tiempo y cancelan las posibilidades del asombro con lo real, se mata la creatividad humana, se entierra la curiosidad innata y se cancela de tajo la interacción con personas reales.

Somos seres sociales, somos personas y somos sujetos con una individualidad que necesita estar con otros. Somos personas con una historia y un sentir único, pero siempre en relación con los demás. Las posibilidades de ser una versión irrepetible de ser humano son infinitas. Sin embargo, algo pasa. Entre la homogeneidad y el control social, entre la dominación y las estructuras económicas impuestas, entre la idealización de la felicidad y la huida peramente al dolor –un deseo de estar anestesiados todo el tiempo- y a veces quedarnos en el sufrimiento como bandera de vida, hacen que nuestra realidad humana sea negada, y nos quedamos atrapados en la apariencia, nos seduce la mentira, nos refugiamos en querer ser quienes no somos, eso sí, con costos muy altos para nosotros mismos y para quienes nos rodean.

Las máscaras y los disfraces en lo real son sólo velos, que por traslucidos dejan ver algo de lo que somos en verdad. Nos alcanzamos a observar frente al espejo aun con el velo puesto, con la ambigüedad de ver lo que hay detrás del velo y de lo que sabemos que se quiere mostrar, sabiendo que no se logra engañar a todos, empezando por uno mismo. Los japoneses dicen que cada persona tiene tres caras. La primera es cara es que muestras al mundo, la segunda cara es la que muestras a tus amigos más cercanos y a tu familia, y la tercera cara es la que nunca muestras a nadie. Ese es el reflejo fiel de lo que en realidad eres.

Son tiempos difíciles, nuevos e inéditos. Destaca el anuncio de Mark Zuckerberg del cambio de nombre de Facebook a Meta, y de lo que desarrollará para generar espacios 3D del llamado metaverso para que se pueda socializar, aprender y colaborar desde un “avatar”, un disfraz digital, al que se podrá personalizar y se le podrá comprar ropa, accesorios y en los que se podrá interactuar con otros habitantes del metaverso, que será una forma más de institucionalizar y naturalizar las máscaras. Habrá que pensar con seriedad lo que esto implicará para bien y para mal. Lo cierto: la realidad lo es pese a nosotros, y los velos caen y dejan ver lo que somos en todos los ámbitos de la vida social, política, económica, cultural y personal.

Habrá que disfrutar los disfraces y las máscaras como alegoría de la vida y de capacidad creativa de la sociedad humana, pero, también aprender y pronto, que vivir bajo el velo de un disfraz no es la mejor opción para vivir una vida con plenitud, y mucho menos para vivirla con felicidad junto con quienes queremos y amamos. Quitarse las máscaras implica una toma de conciencia, de valor, de coraje y rebeldía que ahora se necesita, tal vez más que en otros tiempos, y más si tenemos la inteligencia y el corazón para corregir y cambiar buena parte del mundo que nos ha tocado vivir. Ahí está la esperanza.

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