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17:35h. Martes, 27 de Junio de 2017

Imaginar se vale, y es necesario hacerlo en una realidad que desencaja rostros, que nubla miradas, que llena de tristeza corazones, que hace que la desesperanza se instale en la voluntad y en los huesos…

 

Es deseable pensar en mundo mejor, en un país mejor, en ciudades habitables, humanas, con gobierno profesionales, eficaces, honestos, que anteponen los intereses colectivos a los suyos, que piensan en el bien común y van creando instituciones, diseñan políticas públicas para atender situaciones que han generado desigualdad, pobreza, marginación, exclusión y son por tanto creativos, pero también humanos. Gobiernos que saben que tienen la obligación moral de preguntar a la sociedad sus necesidades, y también de consultar sobre las propuestas que la gente tiene para entender y abordar una problemática específica.

Sería deseable que los jóvenes, hombres y mujeres, fueran tomados en cuenta para ver que tienen qué decir sobre el futuro deseable, sobre la educación, sobre el trabajo, sobre la cultura, sobre la recreación. Sería muy bueno escuchar a nuestros adultos mayores, oír atentamente a las mujeres que desde la experiencia de la vida nos pueden relatar lo que han aprendido como generación, que ha quedado en medio de la ola del cambio, de la velocidad, de la comida industrializada, de los supermercados, de las computadoras, de la vida a que va a toda prisa. Pensar y ver a los niños y niñas como parte de la realidad humana y comprender que merecen jugar, experimentar con la curiosidad, aprender más allá de la escuela y pese a la escuela.

Sería deseable tener ciudades humanas, gentiles, diseñadas para vivir en plenitud, sin miedo. Ciudades que tratan a hombres, mujeres, adolescentes, jóvenes, niños y niñas, adultos mayores con dignidad y respeto, en donde los espacios públicos son lugares para la realización y expresión de la cultura, del arte, diseñados para el descanso y para la integración comunitaria. Lugares donde la naturaleza se recrea con inteligencia, para lograr integrar a la naturaleza al entorno urbano. Ciudades con estrategias de movilidad sustentable, donde el desplazamiento es también un momento para la convivencia, ciudades que son educativas, que incorporan acciones para ampliar el capital cultural de sus habitantes y para entender la dinámica histórica de las ciudades, entre otras narrativas urbanas.

Sería deseable tener ciudades donde los servicios educativos, los de la salud, son para todos y todas, con políticas públicas pensadas desde la prevención, desde la cultura del cuidado, de la alimentación y la activación física. Escuelas que son espacios para el encuentro con las generaciones y como espacios para el aprendizaje colaborativo, para el intercambio de experiencias, lugares para desarrollar habilidades, destrezas y conocimientos y para integrar, procesar y crear el conocimiento en la era de la información en la que nos tocó vivir.

Habrá qué imaginar ciudades donde la paz social existe. Donde los delitos que se llegan a cometer son poco frecuentes, pero se investigan, se encuentra a los responsables y hay una sanción, que implica la reparación del daño y la reinserción social de quien resulte culpable. Una sociedad donde el respeto, la tolerancia, el reconocimiento a las y los ciudadanos es incondicional y donde la prensa, los medios de comunicación, dan sentido pleno a la transparencia, a la rendición de cuentas, la libertad de prensa y la libertad social e individual. Una sociedad donde las personas se acompañan en la construcción cotidiana de sus intereses e inquietudes, sean éstas artísticas, culturales, sociales, educativas, recreativas, comunitarias.

Sería deseable un país que cuida sus recursos naturales, que protege productivamente sus bosques, sus selvas, sus ríos, lagos y lagunas, que cuida sus desiertos, que preserva y usa sus recursos naturales cuidando su equilibrio y su futuro. Un país que hace programas para que sus ciudadanos puedan conocer esos lugares maravillosos y únicos en su belleza, sitios que tenemos dentro de nuestro territorio, playas, acantilados, cascadas, paisajes, donde viven aves, ballenas, delfines, mariposas y cientos de cactáceas que son únicas en el mundo y que junto con las obras miles de obras arquitectónicas, sean prehispánicas, coloniales, modernas o contemporáneas, son parte del patrimonio que una nación tiene para fincar su identidad nacional.

Tendríamos que tener un país que integra y respeta a las culturas milenarias que lo habitan, que rescata, apoya y preserva sus lenguas, costumbres y tradiciones. Un país que respeta todas las expresiones culturales y todas las formas de relación humana, con una visión de Estado incluyente, reconoce la diversidad sexual y reconoce las diferencias y las condiciones de sus ciudadanos y ciudadanas, para que en igualdad de derechos y oportunidades puedan desarrollarse plenamente.

Imaginar se vale, y es necesario hacerlo en una realidad que desencaja rostros, que nubla miradas, que llena de tristeza corazones, que hace que la desesperanza se instale en la voluntad y en los huesos. Imaginar lo que podemos ser como ciudad, como estado, como país, como nación, es un buen punto de partida para iniciar una vez más el largo proceso de lucha por hacernos visibles a nuestros gobernantes, para ser escuchados.

Imaginar es protestar y es rebelarse. Imaginar es soñar con los pies bien puestos en la tierra y en el cielo. Imaginar es conversar entre nosotros, es compartir las ideas, es retomar el dialogo pospuesto, es acompañarnos en la tragedia que tenemos como nación: incompetencia, abuso, omisión, corrupción, impunidad, injusticia, maltrato, discriminación, explotación. Esa realidad política y social, que rompe todos los días: sueños, familias, vidas, infancias, futuros y derechos. Imaginar es empezar a tomar la política en nuestras manos. Los imaginarios son nuestros, pero también las realidades.