Opinión • Compasión • Arturo Mora Alva

“Las violencias se instalan más allá de la autodefensa por sobrevivir…”

Opinión • Compasión • Arturo Mora Alva

El hecho de que la vida no tenga ningún sentido es una razón para vivir, la única en realidad.
E. M. Cioran

El sufrimiento nos hace egoístas porque nos absorbe por entero: sólo más tarde, en forma de recuerdo, nos enseña la compasión.
Marguerite Yourcenar

Dad palabra al dolor: el dolor que no habla gime en el corazón hasta que lo rompe.
William Shakespeare

Vamos intentando descifrar las incógnitas que la vida —en la realidad que nos ha tocado vivir– se nos van presentado. El asombro se sumerge en la banalidad y una normalidad que raya en el lo perverso. Las violencias se instalan más allá de la autodefensa por sobrevivir. Los escenarios de guerra ya no están en las pantallas nada más, de ahí provienen y nos dejan atónitos en el mejor de los casos, pero la más de las veces nos ponemos en la indiferencia que se convierte en algo grotesco, ominoso y que muestra con desparpajo lo que es la crueldad humana.

Marzo del 2022, temporalidad que contextualiza las violencias que se expresan como dagas, y que hacen que nuevos tajos se abran en la carne trémula y que aún esta sanando como mero acto de sobrevivencia. Ahí cabe la posibilidad de la compasión, -sentir con el otro, con la otra- pero la naturalización de la violencia y con ella de la barbarie nos deja en la indolencia y la apatía, que cava sin descanso más tumbas en lo desolado de un paisaje que también vamos arrasando sin ningún reparo y sin mayor conciencia de nuestra coexistencia con la naturaleza.

La muerte, el dolor y el sufrimiento son lo saldos del negocio de las violencias. Alguien quiere salir triunfador de conflictos inventados, de falsos dilemas, identidades artificiales, de nacionalismos vacíos, de superioridad creada y de ganancias sin escrúpulos. Las armas, su fabricación y venta -su tráfico ilegal- son parte de los negocios más rentables del capitalismo, junto con el tráfico de drogas, y el tráfico de personas, y si consideramos el negocio del alcohol y el tabaco, tenemos un contexto de muerte.

Una sociedad contemporánea se ideologiza a sí misma como buena, no puede ver y aceptar que esta el borde de una locura generalizada. Una sociedad que busca el control social, por un lado, que se droga para no sentir dolor, que se llena de analgésicos, que satura de ansiolíticos a niños y niñas inquietos que lo único que desean es jugar en libertad y ser amados, y que por el otro,  busca en las llamadas terapias alternativas, soluciones externas, placebos y sedantes momentáneos al dolor y sufrimiento, va dejando en claro que la compasión es cada vez más rara, que  se hace escaza, por que en el fondo sentir con el otro es sentir uno mismo y nadie quiere compromisos con el otro, y mucho menos con uno mismo.

La sociedad de consumo nos dice que lo mejor es ponerse a observar, ver de lejos, opinar sin pensar, argumentar con lo ya dicho por otras voces, aferrarse a ideas que han sido impuestas como parte la herencia cultural que se da por cierta y que no se cuestiona. Obedecer es más fácil que ejercer la libertar. El mercado nos ofrece cientos de miles de historias que ver en las pantallas, películas, series, e invita a seguir a influencers, hacerse followers de artistas, de cantantes, de religiones, de equipos deportivos, de personas en las redes sociales, solo para “mirar”, para estar entretenidos -distraídos y anestesiados-, ante lo que podría ser verdaderamente importante para las personas, que es aceptar la necesidad que tenemos de ser apreciadas, vistas, queridas, confortadas, abrazadas y amadas, esto es. actuar desde un sentir genuino y profundamente humano, y más cuando hay tanto dolor a nuestro alrededor y en donde la compasión es la posibilidad de sentir con el otro, de ser con el otro y de reconfortarnos como pares, como iguales y como seres humanos.

Los conflictos armados hoy visibilizados en Europa oriental, la tensión y muerte en Medio Oriente, las guerra tribales en la África subsahariana, los refugiados, los desplazados, los migrantes, la marginación y exclusión de los pueblos originarios, la discriminación de los afrodescendientes, las violencias hacia las mujeres en todas sus formas son los rostros de la ignominia, del desenfado, del desinterés y de la falta corazón y de la negación de la razón para cambiar y transformar para arrancar de raíz todo lo perverso y cruel que hemos avalado y en buena parte padecemos todos los días y que nos negamos a construir otra sociedad.

El 8 de marzo hoy es lugar y condición para reconocer la injustica que viven mujeres y las niñas en el mundo, y para exigir con pasión y coraje el respeto a la dignidad y a la vida de todas las mujeres en el mundo y terminar con las violencias institucionalizadas y las naturalizadas en la cultura, que nada tienen que ver con la igualdad y el reconocimiento de los derechos de todas las mujeres y las niñas.  

La invasión de Rusia a Ucrania nos lleva una vez más a dar valor a la política, y que la búsqueda de la paz es una oportunidad para la concordia, desde el diálogo, en mundo cada vez más frágil y en el que las amenazas de una hecatombe nuclear vuelven a ser una posibilidad para la barbarie.

A la violencia en el estadio de la Corregidora en Querétaro, se suma a las masacres, a los fusilamientos, a los desaparecidos, a los homicidios dolosos, a los secuestros, a las extorsiones, a los asaltos, a los robos a casas y negocios, a los fraudes, a la violencia doméstica, al maltrato infantil. El saldo es oscuro, doloroso, triste, trágico y dramático por donde se le vea.

Carlos Fuentes escribió: “El pasado está escrito en la memoria y el futuro está presente en el deseo". Ojalá que la compasión pueda ser el inicio de un largo, pero urgente proceso para transformar la realidad y transformarnos junto con ella, dando paso y lugar al deseo, ese, el de ser felices de otras maneras y con ello crear un mundo mejor. No queda mucho tiempo.

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