viernes. 27.05.2022
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Opinión • Narcisismo • Arturo Mora Alva

"La sociedad actual ha creado un nuevo individuo, ególatra y narcisista, que crece y se desenvuelve en una individualidad hedonista…”
Opinión • Narcisismo • Arturo Mora Alva

Podemos decir que las formas que han venido tomando de las relaciones humanas están en crisis, o al menos en revisión profunda, incluido el amor romántico, y todas las nuevas configuraciones que estamos experimentando de las relaciones humanas. Lo cierto es que hay al menos una visualización de las acciones asociadas -que no sanas o adecuadas-, que tiene que ver con los sometimientos, las codependencias y las relaciones de pareja que han tomado el nombre de “tóxicas”, para nombrar los celos irracionales y las manipulaciones que apelan al chantaje y que son las más de las veces expresiones de un narcisismo que es, entre otras cosas, la manifestación de un vacío existencial profundo, donde la falta de empatía por y con los demás se usa para el maltrato y el abuso.

Hombres y mujeres que han venido experimentando la llegada de los afectos y emociones que durante siglos habían quedaron reducidos al secreto, a lo privado y que sólo poetas, escritores, pintores y artistas pudieron dar nombre, rostro, sentido, experiencia, palabras y sonidos a lo que se sentía emocionalmente, a la vez que pudieron hacer una narrativa muchas veces clandestina y a contracorriente, para nombrar, gritar y registrar la pasión, el deseo, el goce, el placer, el apego, los vínculos, incluidos el amor fraterno, filial y propio, en especial el amor a otro, a otra, como parte integral e inherente de la naturaleza emocional y afectiva de los seres humanos, y también como una expresión en la cultura, de todo eso que hemos ido experimentando en el devenir de la evolución de la psique y de la conducta humana.

La sociedad actual ha creado un nuevo individuo, ególatra y narcisista, que crece y se desenvuelve en una individualidad hedonista, que es intolerante a la frustración, que no puede esperar ni un segundo para obtener la satisfacción de su deseo. El goce o el placer debe ser inmediato para él y en donde el mercado capitalista lo consiente, con lo inmediato, con el fast food, con estrógenos y proteínas en polvo para moldear en unos meses su cuerpo. Un individuo que nunca tiene tiempo, que el tiempo es oro, -bajo la lógica del capitalismo que lo asimila y engulle-, una persona que conduce un auto mientras chatea, habla por teléfono, ve videos, escucha música, o que se maquilla y come al mismo tiempo o bebe alguna bebida energizante. Un sujeto que cree que lo rápido es sinónimo de calidad, que solo se sabe persona si es atendido como cliente y que esa es la única manera de interactuar con el mundo, un consumidor, que no está dispuesto a hacer ningún esfuerzo, que quiere aprender sin estudiar, sin hacer tareas, sin poner atención, sin cumplir los requisitos que se solicitan, a la vez que se instala en la prepotencia.   

Son personas que su mirada del mundo es únicamente a través del filtro del dinero, la óptica del poder, y la de querer hacer menos a los otros, que mira desde una falsa y superflua superioridad a sus pares, incluidos a los que considera sus amigos, y también a sus compañeros de trabajo, a sus familiares, incluidos sus hijos y su pareja. Un sujeto que de vez en vez se sabe vació, que es infeliz, que se siente decepcionado cuando no recibe la atención o los favores que cree merecer, que no se siente satisfecho con lo que hace, que no disfruta de la compañía de otras personas y que llega a ir a buscar ayuda en la psicoterapia y va pedir que le den unas pastillas para “no soñar” como canta Joaquín Sabina o para no sentir o para no pensar, para sobre todo ver cómo puede llenar el hoyo que tiene en el pecho, que pregunta en ¿cuántas sesiones estaré aliviado?.  Sujeto que busca la admiración incondicional, que tiene un desmesurado sentido de importancia de sí mismo, y a su vez crea relaciones interpersonales conflictivas para usar su trastorno para dominar y controlar a los demás.

La revisión crítica de la cultura vigente, ya sea desde la antropología, la sociología, la psicología y el psicoanálisis y de todo lo que observamos y analizamos como expresiones de la producción cultual con respecto  a este comportamiento humano que pone en revisión las relaciones humanas y el sentido y significado del amor mismo, son al fin de cuentas construcciones sociales, y en las emerge una crítica a la cultura actual, que obliga a poner en jaque lo establecido, lo normalizado y naturalizado durante muchos años. La cultura hace trampas e invoca a la experiencia, crea ritos, mitos y tradiciones que se instalan como verdades absolutas, se apegan sin criticidad a mandatos religiosos, ideológicos y a teorías ancladas en la nada, salvo al miedo al futuro y a la ignorancia, ahí están los horóscopos, la numerología y una lista cada vez más amplia de charlatanería que se combina con creencias sin sustento, todo ello para mantener el estatus quo, esto es, que cambien las cosas para que nada cambie.

Lo real, es que cada vez hay más fragilidad en las relaciones humanas. Cada vez hay más encono y conflicto entre madres, padres e hijos e hijas, entre familiares y vecinos y en las que las reacciones de ira y las expresiones y reacciones son violentas y cada vez más comunes. La frustración le es intolerable, el fracaso es condena, el trato a las niñas, niños y adolescentes es cada vez menos humano, si pensamos que se les obliga a una idea de perfección, para que las niñas y niños sean o deban ser genios, poliglotas, deportistas de alto rendimiento, bailarinas, futbolistas, y hacen que las fantasías acerca del éxito y el poder saturen el discurso de perfección que les impone el narcisismo de los adultos.

Personas que exageran sus logros y talentos, pero que son incapaces de reconocer las necesidades y sentimientos de los demás, que en un sentido no es otra cosa, que experimentar el vacío del alma,  la oquedad del espíritu, el abismo de las ausencias, la “falta” dirán Freud y Lacan, y que se atan y se anclan en ideas que rayan en lo insulso, a veces en el absurdo y otras veces en lo ominoso y grotesco, para encubrir los secretos de su fragilidad, de su vulnerabilidad, de su soledad, de su vergüenza, de su inseguridad y de su propia humillación.

Todavía nos falta mucho para comprender el valor de la infancia, y asumir responsablemente en lo personal y en lo social, que esos huecos, esas ausencias, esas fracturas de los vínculos amorosos, esas experiencias de vida que tatúan el alma, que dejan heridas y cicatrices en el cuerpo y que dañan el espíritu podrían ser atenuadas y comprendidas desde una visión nueva, que de valor al cuidado y a una crianza pertinente, adecuada, en donde las niñas, los niños y aun los adolescentes sean tratados como personas, como sujetos de derecho, con dignidad y respeto.

Se tiene que ir construyendo y transformado las realidades humanas, además que es necesario contrarrestar este desaforado narcisismo que se instala como discurso en realidad y en la ilusión propia del trastorno, en la que el capitalismo de mercado se regodea, al convertir en mercancías y en objetos a las personas, en especial a los niños, niñas y adolescentes. Hay mucho narcisismo en estos tiempos que corren. Habrá que recuperar una mirada desde la infancia y dar los algunos pasos para apostar por otras formas de interacción individual y colectiva, que recuperen la esencia del amor y del bien común.

José Emilio Pacheco escribió:

           

NIÑOS Y ADULTOS

A los diez años creía
que la tierra era de los adultos.
Podían hacer el amor, fumar, beber a su antojo,
ir a donde quisieran.
Sobre todo, aplastarnos con su poder indomable.

Ahora sé por larga experiencia el lugar común:
en realidad no hay adultos,
sólo niños envejecidos.

Quieren lo que no tienen:
el juguete del otro.
Sienten miedo de todo.
Obedecen siempre a alguien.
No disponen de su existencia.
Lloran por cualquier cosa.

Pero no son valientes como lo fueron a los diez años:
lo hacen de noche y en silencio y a solas.

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