De pie • Arturo Mora Alva

Será necesario empezar a revisar los enunciados con que nombramos a la catástrofe para evadirnos…

De pie • Arturo Mora Alva

Siempre, nunca, palabras absolutas que no podemos comprender siendo como somos pequeñas criaturas atrapadas en nuestro pequeño tiempo.
Rosa Montero

He perdido mis certidumbres, he conservado mis ilusiones.
Jorge Semprún

Cada vez la existencia humana se enfrenta a preguntas que nos animan a buscar explicaciones a lo absurdo, a lo azaroso de los acontecimientos, a la necesidad de encontrar un porqué o un sentido con cierta coherencia para la existencia.

La pandemia sigue, la quinta ola del covid-19 con sus variantes y mutaciones, que ya está haciendo estragos en la vida de las personas, teniendo efectos en la dinámica de las economías nacionales, las cancelaciones de vuelos en el mundo por la afectación a pilotos y tripulaciones de aeronaves, como ejemplo, muestra su impacto en estos momentos. La virilización está poniendo a prueba nuevamente a todo al dispositivo científico y la capacidad de los laboratorios que han desarrollado y producido las vacunas y que, dicho sea de paso, siguen incrementando sus altas ganancias de manera vertiginosa con la venta de las dosis básicas de las vacunas y ahora de los llamados refuerzos.

El virus ha llegado para reconfigurar el conjunto de relaciones económicas, políticas y culturales, y también las relaciones interpersonales. A la vez ha modificado las nociones de salud pública y cambiado las de frontera, tanto territoriales como personales. El cuerpo como continente y la piel como muro que nos define, nos llevan a pensar en lo que sentimos desde el tacto, el abrazo, el beso y  la caricia, así como de la mano que saluda a otro, a otra, y que nos acerca y a la vez nos delimita, marcando la distancia, esa que se debate entre el infinito del espacio que nos separa y el de la cercanía que los afectos imprimen a la necesidad de estar unidos.

Lo colectivo se enfrenta al individualismo. El capitalismo y la lógica del mercado se encargaron de crear nuevos narcisistas a través de espejos que ahora son la imagen que se refleja en las pantallas de los smartphones, espejo que suple a la superficie del agua cristalina y en el que los nuevos narcisos se admiran, en las imágenes que usan filtros y maquillan vidas, cuerpos y caras y se comparten en Instagram, Facebook, WhatsApp, recreándose en el brillo de las pantallas una la ilusión que por falsa se ancla en la arrogancia y la soberbia de no voltear a ver al otro, a la comunidad.

Los contagios están dándose pese a las restricciones, recomendaciones y políticas sanitarias. Muchas personas van más allá de la ignorancia y le apuestan a la inmortalidad soportada en el pensamiento mágico de la vida eterna en un cielo imaginario, o apostando a la suerte del mito de las siete vidas de los gatos, o bien, sumidos en las historias de vampiros inmortales, de mujeres y hombres lobo o de zombis que “sobreviven” en la eternidad, eso sí, bebiéndose y comiéndose a sus semejantes.

La lectura del mundo y su proceso civilizatorio nos lleva a pensar en los cambios sociales, en la revoluciones políticas, en las transformaciones de los modos de producción y de organización del aparato de Estado y ahora, más que nunca, habrá que considerar el agotamiento de los recursos naturales y las consecuencias en la contaminación por demás trágica de la tierra, de valles y montañas, del océano, de los ríos, del aire y de las profundas modificaciones a casi todos los ecosistemas del mundo, llevando destrucción, muerte y extinción de las diversas formas de vida del planeta.

Las predicciones de la catástrofe siguen nutriéndose de las tendencias del actuar humano, pero sobre todo de las industrias y empresas que no han podido entender que el dinero y las ganancias no pueden ser un fin en sí mismos y que son cada vez más las evidencias que se acumulan del saldo negativo del desarrollo actual de las sociedades humanas conducidas por élites supranacionales.

El modelo de desarrollo económico capitalista es inviable. Si todas las naciones tuvieran un crecimiento económico del 3% del PIB, los recursos naturales del mundo se agotarían en seis o siete años. No se puede sostener el nivel de consumo de la “aspiración idealizada del desarrollo” que se ha impuesto desde el poder unas cuantas economías que se benefician de más del 70% de los recursos naturales del mundo, la madera, el acero, el agua, el petróleo, el carbón, los cereales, la leche, la carne, el pollo, el pescado, etc., y ahora se explota el derecho a la salud, con la venta de medicamentos y de las vacunas para el covid-19 y otras enfermedades.

Será necesario empezar a revisar los enunciados con que nombramos a la catástrofe para evadirnos: “siempre hay salida”; “nunca el espíritu humano se rinde”; “siempre hay esperanza”; “nunca perdamos la fe en la humanidad”; “siempre hay tiempo de rectificar”; “nunca es tarde para empezar los cambios” y nos aferramos al “siempre” y “nunca”.

Tal vez, sólo tal vez, si empezamos a dudar y a cuestionar lo que se presenta como normalidad, nueva o vieja; y damos valor a lo que sentimos por los otros, por las personas que queremos, por los seres humanos que amamos: las hijas y los hijos, los padres y las madres, las abuelas y los abuelos, las nietas y los nietos, las personas que conforman nuestras familias, junto con las amigas y los amigos; las vecinas y vecinos y desde dar sentido y aprecio a las personas con sus nombres y rostros reales.

Ojalá que lo que el Covid-19 ha provocado de tristeza, dolor, pobreza y muerte lo podamos transformar en fuerza, en coraje y en rebeldía, para que empecemos a actuar en favor de las personas que son parte vital de nuestra realidad  inmediata y que le dan sentido a nuestra existencia, pensar en las personas que queremos y amamos y podríamos, entonces, levantarnos para ponernos de pie y empezar a mirarnos a los ojos, a mirarnos de frente, a dejar de mirar el piso, y que podamos abandonar las pantallas luminosas y engañosas de celulares, tabletas y computadoras, o al menos a aprender a apagarlas de tiempo en tiempo, y poder aprender a usarlas como un medio para construir una real y verdadera comunidad de hombres y mujeres libres.

Habrá que ponernos de pie para ver el horizonte, levantar la cabeza para ver el cielo, para ver las estrellas y planetas, para ver la luna, para sentir que la vida se expresa en cada uno de nosotros y de nosotras como seres únicos, increíbles, maravillosos, creativos, sensibles y con conciencia social e histórica y conscientes de su actuar y de su responsabilidad ante lo inexplicable de la existencia humana y habrá que estar de pie lo más pronto posible, y habrá que ayudarnos a levantarnos entre todos y todas.

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