Arturo Mora Alva
08:01
01/04/19

Ronchas, salpullido y urticaria

No sólo es dejar en visto, no sólo es dar like, no sólo es postear el comentario visceral o compartir el meme. Lo peligroso es asumir la autoasignada tarea de viralizar lo que sea […] y caer en la provocación que propicia polarizaciones, esa que etiqueta, que estereotipa, que descalifica, que discrimina, que excluye…”

 

Ronchas, salpullido y urticaria

Los sucesos en la política nacional, en todos los órdenes y en todos los temas, muestran que la piel es muy delgada y extremadamente sensible para buena parte de la población, sobre todo aquella que ha encontrado en ciberespacio un nicho para poder expresar de forma reactiva, inmediata, que —sin mediar mínima pausa reflexiva- alza su voz, da su opinión y mirada sobre lo que alcanza a ver y a entender sobre lo pasa en el país, en la ciudad o en estado, cuando de asuntos públicos se trata.

La piel es el órgano más grande que tenemos los seres humanos; es un continente en el sentido real y simbólico de cada uno de nosotros. Hay infinidad de tipos de piel, casi como seres humanos hay en el mundo. Una característica de la piel es que se “curte” con la exposición al ambiente y, de alguna manera, su sensibilidad también está asociada con la capacidad de respuesta de la reacción inmunológica que cada organismo tiene al ser afectada por proteínas, bacterias, virus y exposición a situaciones excesivas, ya sea a la luz solar, al frio o al agua, pasando por la infinidad de reacciones ante piquetes de insectos, mordidas de arañas, alimañas y bichos de todo tipo. Además, la piel es una membrana que funciona como un semáforo de reacción casi inmediata, que alerta ante infecciones producidas al lacerar, cortar o dañar la piel por caídas, accidentes y heridas por demás disimiles, y que pone en acción al sistema inmunológico.

Las ronchas, el salpullido y la urticaria son signos cutáneos de reacción como una respuesta a la interacción con el medio ambiente y a la relación con el entorno biológico con el que vamos viviendo día con día, incluidas las personas.

La frase “tienes la piel muy fina” hace alusión ser muy susceptibles. Al parecer, hoy podemos intentar un registro en el sentido figurado, de las personas que son susceptibles –que, por lo visto, son muchísimas-, a sus reacciones, melindrosas muchas de ellas o que caen en el espectro de que se sienten ofendidas por nada, o ser un verdadero(a) tiquismiquis, esto es, una persona aprensiva a la que le da asco todo, que le afecta todo, que le hace daño hasta lo que no se come, diría mi abuelita, y que se está quejando o expresando su disgusto continuamente por detalles pequeños y sin importancia.

Hoy el tema es que nos hemos convertido en “opinólogos” o que, como escribió José Woldenberg recientemente, ya “Todos somos sociólogos”, pero también historiadores, economistas, médicos, psicólogos, educadores y hasta nuevos profetas, eso sí, con piel muy delgada. Las ronchas salen al primer zumbido del mosquito que nos pasa cerca del oído, el salpullido brota a la primera fake news que rozó nuestra mirada al leerla, y la urticaria surge apenas nuestra ideología o creencia son tocadas por el más ligero y suave pétalo.

Estamos en época de saturaciones e interacciones mediáticas y es muy importante que la política cada vez vaya siendo un asunto de interés público para todos. Lo que es urgente construir en el día a día, socialmente hablando, es un dialogo cada vez más informado, donde podamos presumir como país el tener una ciudanía formada, critica e informada. Lo que estamos viendo en el espacio de la las redes sociales, es para muchos como un terreno de batalla, casi un espacio de conquista, como si fueran las nuevas Cruzadas, en las que les va la vida, como si fuera una pugna de territorios entre moros y cristianos, entre herejes y convertidos.

Alma Delia Murillo describe en una reflexión bajo el título El algoritmo del mal humor lo que vive y observa en Twitter:

Nos enfada lo que no entendemos. Twitter es curioso porque quienes estamos ahí compartimos una serie de filtros que dan un perfil cercano al menos en las bases: tenemos acceso a la red, sabemos leer y escribir, queremos estar de alguna manera en el terreno de las ideas o las opiniones. […] La cosa, claro, es que opinar desde la ignorancia tiene lo suyo. Y opinar desde el dogma también. Y entre una tormenta de juicios sobre lo que no sabemos y un temporal de opiniones de quienes quieren dirigir el rumbo del mundo, no hay tregua.

Lo mismo pasa en Facebook y Whatsapp, que cae en esto de producir ronchas, salpullidos y urticarias. Afirmaciones, opiniones, verdades a medias, medias mentiras -y lo que se acumule- que pululan en las redes sociales.

Habrá que aceptar que en las relaciones sociales, reales -cara a cara-, y en las que se configuran en las redes sociales en el campo de la virtualidad, nadie está aislado, nadie sale ileso, nadie es impecable y, dicho sea de paso, no hay pantalla que proteja de los efectos que se producen ante lo que se publica y lo se comparte.

No sólo es dejar en visto, no sólo es dar like, no sólo es postear el comentario visceral o compartir el meme. Lo peligroso es asumir la autoasignada tarea de viralizar lo que sea -para que todos tengamos que salir a buscar un antihistamínico, el ungüento o la pomada para atenuar las laceraciones y molestias en la piel-, y caer en la provocación que propicia polarización, esa que etiqueta, que estereotipa, que descalifica, que discrimina, que excluye, que usa el racismo y el clasismo, que abusa de la tautologías simplistas y silogismos absurdos ante la falta de argumentos, de memoria histórica y social, y que no reconoce que en la política no hay neutralidad, y mucho menos objetividad.

Estar con otros -como sea que podamos estar- nos confronta, nos delimita, nos ayuda a pensar, nos permite reconocer las diferencias y apreciar las perspectivas diversas. Nos permite aceptar que hay muchas posibilidades de decisiones ante las alternativas que la vida social, económica, política y cultural nos pone como sujetos, como grupos humanos y también como nación. Conversar y dialogar nos ayuda a reconocer que no hay verdades absolutas, que no hay razones únicas y que no hay explicaciones ni verdades absolutas.

Tal vez podemos empezar a conversar por ejemplo, sobre qué hace que nos salgan ronchas, salpullidos y urticarias. Tal vez sea momento de empezar a compartir recetas, bálsamos y remedios. Tal vez sea hora dejar atrás la idea, al menos en política y en temas que nos afectan, como la inseguridad —entre otros-, que es casi un mantra o un lema nacional, respecto a que cada quien se rasque con sus propias uñas.

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