Salud Mental • Arturo Mora Alva

“Es claro que faltan políticas públicas para atender a una población con mayor vulnerabilidad emocional…”

Salud Mental • Arturo Mora Alva

Pensar es insistir.
Susan Sontag

En este mundo solo hay dos tragedias: una es no conseguir lo que deseas
y la otra, conseguirlo.

Oscar Wilde

La perfección es una locura.
Lo imperfecto, lo diverso, es lo que nos permite respirar.

Guillermo del Toro

Los hechos de cada día nos dan la pauta para pensar que las certezas y la seguridad se apoderan de la vida de miles de millones de personas, como dogma que nos hace creer que somos homogéneos. La igualdad es asumirnos como consumidores de lo mismo. La producción en serie es verdadero éxito ante las masas: todos podemos tener lo mismo, consumir lo mismo y creer que somos únicos. El mercado ha creado al individuo como única unidad de consumo.

Al mismo tiempo, el sentido común al que se apela ante la audacia de algunas personas, no es más que la expresión de nuestra dificultad para aceptar los cambios, es la resistencia ante experimentar situaciones inéditas y sobre todo, expresar lo que sentimos ante una realidad que se mueve de manera vertiginosa, en una sociedad occidental cuyo modelo de mercado busca que en todo lo que se obtenga, incluido el conocimiento, el aprendizaje sea inmediato, sin esfuerzo e indoloro.

Estamos sumergidos en una sociedad que huye ante el dolor y quiere sentirse feliz todo el tiempo. Hay ahí una primera respuesta ante el incremento del consumo de drogas legales e ilegales —la normalización del consumo del tabaco y del alcohol–, y ante la forma cada vez más común de evadir los problemas personales, poniendo fuera de nosotros lo que pasa, y acudiendo a las explicaciones metafísicas para justificar nuestra mala suerte, la soledad, la angustia, la depresión, el desempleo, las adicciones y aun nuestro conformismo y nuestra insensibilidad con el dolor de los otros, con el sufrimiento y con la injusticia.

Culpar a otros, sin contextualizar la existencia misma -histórica, cultural y materialmente- , es una estrategia muy socorrida para depositar en el mito, la religión y en un sistema de creencias, que también son mercancías -el capitalismo no tiene escrúpulos. Es una forma de negar nuestro ser y lo que conlleva el actuar social, tanto en las interacciones humanas con el otro, con los otros, como la construcción de los lazos afectivos y emocionales que nos permiten vivir, con cierta racionalidad y con algunos trazos de esperanza en el futuro.

Cada 10 de octubre se conmemora desde 1995 el Día Mundial de la Salud Mental. La Organización Mundial de la Salud la define como “un estado de bienestar en el cual el individuo se da cuenta de sus propias aptitudes puede afrontar las presiones normales de la vida, puede trabajar fructífera y productivamente, y es capaz de hacer una contribución a su comunidad”.

Es evidente que la Salud Mental no es una prioridad para el Estado, ni tampoco lo ha sido para las personas. Son muy pocos los espacios de atención para la salud mental, ya no digamos en lo que se llama tercer nivel de atención. El tema del cuidado y tratamiento de las adicciones ha ido trasladado al ámbito de lo privado, desde clínicas exclusivas para élites, hasta los tristemente llamados “anexos”, cuyos métodos y “terapias” rayan en la tortura y violación sistemática de los Derechos Humanos. Estos “anexos” han proliferado ante el vacío de la autoridad y ante la falta de una visión integral de lo que implica la salud y ausencia del compromiso de sectores e instituciones para poner como prioridad el bienestar humano.

La misma Secretaría de Salud a nivel federal estima, a la baja, que hay más 15 millones de personas que padecen algún trastorno de salud mental. Se estima que una de cada tres padecerá algún desorden psiquiátrico a lo largo de su vida. La pandemia ha venido a mostrar una realidad que ha estado presente y latente desde la condición de lo humano y desde sus expresiones más dolorosas. Las carencias afectivas, el maltrato físico, los abusos sexuales, las violencias psicológicas y el abandono infantil, entre otros elementos y situaciones, se han sumado al temor, al miedo, al encierro, pérdida del empleo, deserción escolar, pérdida del poder adquisitivo y de un lugar dónde vivir, y que junto con la convivencia forzada por la contingencia y el hacinamiento, han detonado situaciones cada vez más críticas en relación con la Salud Mental. La ansiedad, la depresión, las adicciones, el insomnio, el estrés, la intolerancia, la hostilidad y los suicidios son ahora, lamentablemente, parte de la “nueva normalidad”.

Es claro que faltan políticas públicas para atender a una población con mayor vulnerabilidad emocional, no sólo por las carencias sociales o condiciones económicas de pobreza. Es claro que problemas relacionados con la salud mental tienen una base estructural y requieren una atención integral bajo un enfoque de Derechos Humanos y Salud Pública, y se requiere, por tanto, invertir en un Sistema Nacional de Salud y en desarrollar una estrategia de prevención, con mecanismos de acción social y suficiente presupuesto.

En un mundo que busca a toda costa el orden y el control, y en una sociedad occidental en la que se masifica y magnifica el consumo, donde el individuo está dispuesto hacer cualquier cosa para “salir” de deudas y creer que puede llegar a ser alguien exitoso -el ejemplo reciente de escala global es la serie “El juego del calamar”-, lo que —dicho sea de paso– contribuye a seguir normalizando las violencias, entre otros efectos sociales e individuales, nos lleva a poner el tema de la salud mental como un asunto de interés público y se debe atender como una prioridad por demás urgente, construyendo una política pública integral desde la responsabilidad del Estado mexicano, para hacer vigente para todas y todos el derecho a la salud, incluida la mental.

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