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02/06/13

El sillón de mi sala

El sillón de mi sala

Recuerdo cuando en casa de mis padres llegó una sala nueva. Tendría yo unos ocho años y vi cuando los cargadores la instalaron en el cuarto de la entrada. Era una sala de esas comunes en la década de los setentas; con un sillón semicircular que unía los dos muebles largos de los laterales, de un color azul hermoso. Las fibras tenían brillos escasos y su textura no era tersa, pero era agradable al tacto. De inmediato, cuando la terminaron de acomodar, colocó mi madre encima de lo sillones unos lienzos de tela y la sala quedó cubierta. La sala era la única estancia con alfombra y su acceso estaba restringido; sólo se entraba para limpiarla y los de casa teníamos permiso de usarla sólo en navidad o cuando llegaban visitas, para quienes de inmediato se descubrían los sillones y ellos podían pisar la alfombra e incluso comer o beber estando sentados en los sillones.

Tenía ese juego de sala un sillón individual de brazos redondeados donde yo acostumbraba dormir la siesta a escondidas de mi madre, labor por demás sencilla, ya que en mi casa materna la siesta es casi obligatoria a las cuatro de la tarde, así que esperaba que ella durmiera e iba a gozar de la comodidad de mi sillón favorito. Acción que, sumándole lo furtivo, aumentaba su grado de gozo.

En ese sillón también prendí mis primeros cigarrillos durante la adolescencia. Mientras mis padres estaban fuera de casa, descubría los sillones y me servía una taza de café, encendía un cigarro y disfrutaba de esa estancia. Así fue como accidentalmente lo quemé y dejé la marca de mi delito en la tapicería. Afortunadamente, cuando descubrieron el daño fue después de una reunión de amigos y la sospecha recayó sobre uno de los invitados; sólo yo y mi sillón favorito sabíamos quién era la culpable.

Pasaron casi dos décadas antes de que reemplazaran los muebles de la sala, cuando los sacaron al sol para dejarlos en el jardín y que algún interesado los solicitara. Fueron muchos los comentarios sobre lo nueva que lucía la tapicería y su impecable estado. Así esa hermosa sala fue desechada y muy pocas veces pudimos admirarla, usarla y gozar de sus cómodos muebles, porque aunque nuestra vida estuvo salpicada de momentos mágicos y maravillosos, pocos cumplieron con las especificaciones de una fecha especial.

Conozco personas que teniendo el poder adquisitivo y el tiempo, no han ido a conocer Venecia o París, porque están a la espera de una pareja romántica que los acompañe. Escucho a menudo frases como: Cuando me case, compraré una cama enorme con postes, la decoraré con velos de encaje y le pondré sábanas de seda. Cuando adelgace me compraré un vestido rojo, cuandocuando… demasiado uso para el adverbio. Sin embargo sería maravilloso tener esa hermosa cama con sábanas de seda y por supuesto maravilloso compartirla, pero mientras eso llega, dormir como una desea.

Hay a quienes, cuando les llegó la pareja, también les llegaron los hijos y las obligaciones. Por lo tanto, el viaje debió seguir postergándose, igual que las sábanas, porque con niños en casa que se suben a las camas, la seda no es práctica.

Aun ahora no puedo esperar al momento especial. Todavía salgo de la zapatería con el par nuevo puesto, y estreno mi ropa en la primera oportunidad. He visitado sin pareja lugares hermosos y he bailado sin un hombre. El precio de no esperar es quizá que no tengo utensilios ni muebles nuevos para presumir, o que cuando llego a una fiesta, mis amigas ya conocen mis vestidos y accesorios.

Y como muestra basta un sillón, el sillón individual de mi sala luce ya acabado. He dormido en él tantas veces, que sus resortes han vencido. Su tapicería, después de tantas lavadas, ha quedado deslucida y llegó el momento de reemplazarlo, pero lo hago con mucho gusto, porque sirvió para el uso destinado.

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