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21/04/13

Resiliencia (Cuando los niños deciden ser felices pese a la adversidad)

Resiliencia (Cuando los niños deciden ser felices pese a la adversidad)

No todos podemos gozar de infancias llenas de risas, amor, compañía. Millones de niños atraviesan inicios de vida terribles donde hay miseria, maltrato, abandono. Mientras algunos duermen cobijados en su cama y se arrullan con el cuento leído por sus padres, otros están durmiendo en la calle, con hambre y son el blanco de muchas vejaciones, pero no por ello crea usted, que los primeros serán adultos felices y plenos y los segundos están condenados a la infelicidad o al fracaso.

En ocasiones la ayuda o el buen consejo llegan de la persona o la manera más inesperada. Hace años enfrentaba mi realidad de criar sola a un hijo pequeño, mientras trabajaba largas jornadas en mis trabajos de docente y reportera y además realizaba estudios de posgrado. Sufría mucho porque pasaba la tarde fuera de casa y mi hijo debió aprender a hacer tareas solo. También aprendió a levantarse, prepararse para ir al colegio y regresar de la misma manera a casa, solo, a causa que mis horarios de trabajo no eran compatibles con los escolares de él.

Era común que las lágrimas me asaltaran y construyera mentalmente escenarios terribles para mi hijo. Apunto que mi entorno social abonaba mucho a mi angustia: era común que los demás me señalaran los miles de peligros que acechaban a un niño y la enorme necesidad que tiene un menor de una madre, pero mi realidad era igual que la de miles: había que proveer sustento a la casa, además de cariño y atención.

Durante ese tiempo conversaba mucho con Leonardo, el reportero gráfico con quien hacía equipo y que había sido mi alumno en la universidad. Teníamos una relación cordial y de mucha confianza. En ese tiempo Leonardo vivía una etapa muy hermosa de su vida: acababa de tener a su primer hijo y empezaba a cosechar reconocimiento profesional. Como en todo trabajo de reportera es imposible planear tiempos de salida del trabajo, siempre sujetos a imprevistos, un día surgió uno y en el último minuto me ordenaron cubrirlo. Hice varias llamadas telefónicas buscando quien pudiera acompañar a mi hijo en casa, pero no conseguí a nadie, así que rompí en llanto. Mi compañero trataba de darme ánimos y me interrogó acerca de mis miedos. Le conté mi circunstancia familiar y mis temores de que en un futuro la soledad de mi hijo hiciera estragos en su personalidad, que lo llevaran a un desarrollo infeliz y un terrible futuro. Nuevamente él me dijo que no había razón alguna para sufrir y me contó su historia.

Leonardo era hijo de una familia muy pobre, que llegó a León en busca de estabilidad económica pero no la habían conseguido, así que orillados por la pobreza, decidieron irse a Estados Unidos a probar suerte. Gradualmente se fueron al otro país; primero el padre, luego la madre y posteriormente enviaron por los hijos, pero sólo tres se marcharon. Leo tenía entonces cinco años y decidió no irse. Se quedó con un hermano de 8 años y solos sobrevivieron en una zona muy pobre, haciendo todo tipo de trabajo, desde ayudantes de carnicero, boleros, zorritas, por mencionar algunos. Así creció, lejos de sus padres, trabajando para comer y él mismo pagó sus estudios. ¿Me ves afectado? ¿Crees que soy un suicida?, fueron sus preguntas, y debí reconocer que jamás habría imaginado eso. Aunque lo conocía de tiempo atrás, se distinguía de sus compañeros sólo por su cabello largo y su actitud muy crítica, pero nada más. Su conversación me dio aliento.

Por ese mismo tiempo hice un viaje a la ciudad de México. En el autobús compartí asiento con una mujer que llevaba un libro en la mano: Los Patitos feos, de Boris Cyrulnik. En la conversación me invitó a leer el libro, que es un maravilloso ensayo sobre la resiliencia, capacidad que tienen los niños traumatizados para enfrentar y sobrevivir las condiciones adversas y convertirse en personas más fuertes y felices. A Boris Cyrulnik le llaman en Francia el siquiatra de la esperanza, y eso me regaló la lectura de aquel libro, en el cual narra historias de personas que enfrentaron infancias terribles y difíciles y lograron vivir de manera exitosa y plena. El autor fue víctima del Holocausto, y después de quedar huérfano a los seis años pasó por muchos episodios que habrían desanimado y derrotado a muchos, pero a él le dieron fuerzas para crecer y sobreponerse e incluso estudiar, para ayudar a quienes pasaron por situaciones como las suyas.

 Boris Cyrulnik es neurólogo, psiquiatra y psicoanalista; es exitoso y se confiesa una persona feliz. Leonardo es un profesionista, padre de familia y feliz. Sólo son dos ejemplos, pero como millones de personas, tuvieron momentos adversos y traumáticos al inicio de su vida y decidieron no ser mediocres ni sustentarla en el trauma, sino crecer y superarlo.

Mientras escribo éstas líneas escucho las carcajadas de mi hijo, ya adolescente, que en su infancia adquirió un gran espíritu de independencia, y parece caminar por buena senda.

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