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Blanca Parra
19:04
27/01/15

Un regreso a la actividad docente

"En la práctica, muchos profesores prefieren, simplemente, asignar calificaciones aprobatorias, independientemente de lo que el alumno haya aprendido o sea capaz de hacer con el conocimiento"

Un regreso a la actividad docente

El inicio del año ha estado lleno de actividades muy diversas, dentro de proyectos por demás interesantes, y me tomó por sorpresa. Un semestre de no impartir clases en la universidad, libre de horarios y sin atender a los formulismos institucionales, me abrió una serie de posibilidades a cual más interesante pero me hizo perder “condición”. Las últimas dos semanas han sido de tratar de recuperar el paso y de volver a mi circo de seis pistas, con la diferencia de que ahora las pistas no están en un solo lugar. Lo bueno es que eso me permite vagar de tiempo en tiempo, yendo de un lugar a otro.

En el regreso a clases uno recupera conversaciones con amigos y colegas que dentro de diferentes instituciones, públicas y privadas, sufren las consecuencias del deterioro de la educación superior. Por una parte, las cada vez más escasas habilidades de lectoescritura de los alumnos y las casi nulas capacidades de pensamiento crítico y de autonomía. Por otro lado, la cada vez más explícita demanda de los directivos de continuar con las prácticas de las escuelitas de educación básica, que exigen poco de los alumnos mientras que depositan únicamente en el trabajo del profesor la responsabilidad el éxito de cada uno de los aquéllos, medido en calificaciones.

Sin eufemismos: si un alumno reprueba, es el profesor quien debe tener un expediente muy bien armado para convencer a las autoridades y a los padres de familia de que el o la joven no tiene las bases para ir al curso siguiente. En la práctica, muchos profesores prefieren, simplemente, asignar calificaciones aprobatorias, independientemente de lo que el alumno haya aprendido o sea capaz de hacer con el conocimiento.

Nunca más pertinente el análisis, breve y contundente, que hace Gabriel Zaid en  Futuro de la Universidad. Ciertamente, las familias de clase media siguen pensando que la obtención de un título universitario abrirá las puertas del éxito económico a los hijos e hijas, mientras que el paso por ciertas universidades privadas les ayudará a conectarse convenientemente con vistas a posicionarse dentro de empresas o instituciones “confiables”. En el proceso, suponen que las “buenas calificaciones” son garantía de que el retoño tiene las cualidades que se requieren en su área de estudios. Y las exigen. No admiten que el hijo/hija pueda reprobar un curso o tener una calificación inferior a ocho. Si sucede, es el profesor quien debe rendir cuentas.

En mis años trabajando como docente en el nivel superior, he tenido que atender a padres furiosos conmigo por las calificaciones de sus hijos.

  1. Una señora que vino a decirme que su hijo no podía haber reprobado Matemáticas Discretas (Ingeniería en Sistemas Computacionales) porque en Inglés había sacado 10. El hijo era una ficha. En mi curso había modificado un examen después de haberlo recibido calificado, sin saber que yo tenía una copa del documento original. En otro curso se llevó “accidentalmente” el examen, sin entregarlo, y exigía que el profesor se lo recibiera al día siguiente porque “cualquiera comete una distracción”. Y otras acciones semejantes. En cada ocasión la madre venía a pelear por su chamaco y a hacer un escándalo en el campus.
  2. Un sábado (en que por asuntos de la Dirección del Departamento estaba trabajando) llegó un padre de familia molesto por la calificación de su hijo. Explicó que el hijo asistía a clases todos los días, sin falta, y no se explicaba esa calificación. La duda, por supuesto, era si yo tenía algo en contra del chico. Casualmente, en mi escritorio estaban los trabajos y tareas de los alumnos del grupo en cuestión. Le pedí que revisara y contrastara los de su hijo con los del resto. “Hay mucha diferencia”, dijo. Y preguntó si, entonces, no era suficiente con que el joven asistiera a clases. Pregunté qué hacía el muchacho después de clases. “Llega muy cansado, come y toma una siesta; luego va y visita a su novia, regresa para cenar y se duerme”, dijo. La actitud había cambiado y entendía que su hijo tenía necesidad de hacer algo más que asistir a la universidad.
  3. En Tijuana, una madre de familia me llamó por teléfono para pedirme que le quitara presión a su hijo porque entre la escuela y el gimnasio el pobre estaba agotado. Me dijo, además, que el chico se sentía en competencia con un compañero y era yo quien tenía que bajarle a mi exigencia para que no se estresara su muchacho. Explicarle que la exigencia es la misma para todos y que es el joven quien debe establecer la prioridad entre el gimnasio y la universidad no fue sencillo, pero terminó por aceptarlo.
  4. Más recientemente, de regreso en León, fui llamada por mi coordinadora y la de la carrera de una alumna quien, al reprobar el curso, no encontró mejor disculpa que decir a sus padres que yo no había entregado programa del curso, ni materiales, ni había asignado ejercicios de práctica o tareas, etc. Afortunadamente, cada curso que imparto, desde hace unos tres años, está documentado, desde el primer día, en Edmodo. Tareas, materiales, programas, exámenes, conversaciones de grupo e individuales; cualquier cosa que hagamos en clase se documenta con fotos y otros registros; hay un código que se puede compartir con el padre o tutor para que monitoreen al alumno, aunque no había necesitado compartirlo.

En todos los casos, es hasta que el alumno reprueba, que los padres de familia se enteran de que el hijo o hija no ha cumplido con lo establecido en el curso y, entonces, poco puede hacerse. En ocasiones los mismos coordinadores no ponen atención a las notas y observaciones sobre el pobre desempeño de algunos alumnos, y no hacen nada por apoyar el trabajo del docente. En algunos casos, casi a medio semestre uno termina enterándose de que un alumno es disléxico o que necesita anteojos, por ejemplo, a fuerza de observar y analizar el tipo de errores que cometen.

Las universidades, en general, no disponen de apoyos para alumnos con algún tipo de limitación o síndrome, y los programas de estudio (además de lo mal estructurados, obsoletos, etc.) suponen que los jóvenes están dedicados de tiempo completo a su carrera, que leen razonablemente, que son capaces de leer y buscar información en otro idioma (ingles, fundamentalmente), y que tiene un vocabulario que garantiza que comprenden el discurso académico. Y ninguna de esas condiciones se cumple en la actualidad.

La universidad ya no es, siquiera, el espacio donde se discutían libremente las ideas. La discusión –ahora frecuentemente confundida con pleito- permitía a los estudiantes desarrollar habilidades de comunicación oral y el desarrollo del pensamiento crítico, en buena medida.  Suponía, además, la necesidad de estar bien informado sobre la realidad del país y del mundo para poder participar de las discusiones. En los tiempos más recientes hemos constatado cómo docentes y alumnos que participan activamente en la vida ciudadana son despedidos o expulsados por las autoridades universitarias. Las autoridades se han alineado con el discurso oficial en aras de no perder privilegios y apoyos. 

Los universitarios actuales, con sus excepciones y dependiendo mucho de la institución a la que acuden, se mantienen informados de cualquier cosa, excepto de la realidad política y social del país en el que nacieron y estudian, y en el que pretenden desarrollarse profesionalmente. A pesar de ser lo que se ha denominado nativos digitales, no utilizan los recursos tecnológicos para otra cosa que lo social, dentro de su medio.

En una muy reciente conversación con los alumnos del curso actual, preguntándoles sobre sus expectativas de trabajo y salario al egresar, las respuestas eran, lamentablemente, del tipo de una concursante a Miss Universo: “ayudar a las personas y mejorar su calidad de vida”, “innovar el mundo, hacer o descubrir algo que marque la diferencia a partir de ese momento, el cual claramente tendrá que tener un beneficio neto para toda la humanidad”,  “mejorar las condiciones del planeta”. Y en cuanto al salario, suponen que al egresar estarán percibiendo el equivalente a 18 mil pesos actuales.

Las universidades de todo tipo venden ese tipo de ilusiones pero, en general, no fomentan las habilidades que se requieren para concretarlas. Especialmente, la capacidad para el aprendizaje autónomo que permita la continua actualización de los conocimientos y las destrezas.

Retomo el último párrafo del texto de Zaid:

Desgraciadamente, se han multiplicado los universitarios que no saben leer libros, y las universidades no se hacen responsables de tamaña atrofia.

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