César Zamora
04:01
04/12/14

¿Cómo es que Solís cayó de la gracia popular?

"No se puede ser sindicalista, del Rotaract, politeísta y a la vez un buen cristiano"

¿Cómo es que Solís cayó de la gracia popular?

 

 

 

 

 

 

No pierdas tu tiempo tratando de que los necios comprendan.
Les enseñarán las catástrofes que ellos mismos se provocan.

Alexandro Jodorowsky

 

Intentó hacer cinco o seis cosas al mismo tiempo, se cuatrapeó cada vez que pretendía defender su honra,  cantinfleaba muy a menudo —y los reporteros lo notaron—, cambió de sombrero y guayabera con tal de ocultar deslices o simpatizar con todo el mundo, aunque todo el mundo manifestara la repulsa. No se puede ser sindicalista, del Rotaract, politeísta y a la vez un buen cristiano.

Así lo captaron quienes pusieron cámaras y micrófonos frente a él poco después de que la agresión contra la periodista Karla Silva —ocurrida el 4 de septiembre— generara toda una cascada de críticas que terminó por fragilizar su imagen, la imagen ya de por sí muy frágil del presidente municipal de Silao, Enrique Solís.

Cuando le preguntaban si se había vulnerado el derecho a la libertad de expresión de Karla o si se había tratado de una represalia por el trabajo informativo desarrollado hasta el momento, sólo se limitaba a titubear o, en el peor de los casos, a esquivar como si trajera una raqueta en la mano.

Solís, por su honra profesional —es notario público—, estaba destinado a figurar en la pléyade política, la sociedad ya lo colocaba, a priori, entre los mejores presidentes, pero hizo falta algo en su panoplia (o en su lista del supermercado): el oficio del gran negociador. El colaborador audaz y cauto nunca hizo acto de presencia, el áudax et cautus que cualquier gobernante debe tener a su lado jamás apareció en escena.

El diplomático silaoense Luis I. Rodríguez, de quien Pablo Neruda escribió que tenía “algo de domador popular y algo de gran señor de la conciencia”, fue, indudablemente, el brazo derecho del general Lázaro Cárdenas. Luis I. Rodríguez, autor de la monografía novelada «Lumbre brava de mi pueblo», jugó un papel preponderante para que «El Tata» fulgurara en la historia presidencialista.

Si se revisa con buena intención, Solís jamás tuvo un «Luis I. Rodríguez» a su lado. En palabras llanas, le hizo falta un buen diplomático. De visu, Solís creyó que el joven Álvaro Caballero sería el sagaz para el trato con las personas, pero vaya lapsus cometió. No bastan sonrisitas ni regalitos para lograr buenas relaciones públicas. En otras palabras, la barba no hace al filósofo y un traje Hugo Boss no hace al publirrelacionista.

El casus belli, es decir, el acontecimiento que da motivo a una guerra fue, sin duda alguna, la agresión contra Karla Silva; sin embargo, podríamos añadir dos cosas más: una ola creciente de inseguridad y obras en el primer cuadrante de la ciudad que han afectado —y de la peor manera imaginable— al comercio fijo. No hay recovecos para albergar dudas: la agresión contra Karla Silva fue el casus belli entre la alcaldía y la sociedad.

Ahora, después de aquel infausto y reprobable suceso, Solís representa un antihéroe, un Teseo atrapado en el laberinto de Creta, pero sin el hilo de Ariadna,  un hombre de mar sin sextante. Unos ojos, los ojos del pueblo indignado, se posan sobre él. Hace casi tres años, él fue «El Gran Elegido» para ser sacado de esa pecera donde vivía cual pescadillo de tienda veterinaria. Lo sacaron, sintió asfixia, y lo metieron en una bolsita para transportarlo al palacio municipal. Así lo metaforizaron en los corrillos de la grillería local, porque Solís, como candidato del PRI, no tenía posibilidades reales de conquistar la alcaldía. Si logró el triunfo fue porque el panismo se fragmentó en tres o cuatro corrientes y algunas de éstas, por vendetta política, lo apoyaron para evitar el segundo ascenso de Jorge Galván y propiciar que él, un reconocido notario público, se convirtiera en el presidente municipal de Silao. El domingo primero de julio, a las 9:00 de la noche, su rostro congelado tenía un extraño rictus: la contracción de los labios dejó al descubierto la dentadura y dio a la boca el aspecto de esa risa extraña, la risa de la incredulidad. Él mismo no lo podía creer, había ganado las elecciones locales. ¿Y ahora qué?

El milenario consejo «cuida de no caer» jamás se lo hicieron llegar. Es el consejo que un esclavo le daba a un triunfador romano para impedir que se envaneciera demasiado: «cave ne cadas».

Hace apenas unos cuantos días, la Procuraduría Estatal de los Derechos Humanos (PEDH), emitió la recomendación 222/14–A, en la cual se considera que sí hubo amedrentamiento contra Karla Silva, reportera del diario «El Heraldo de León».

“Existen elementos de prueba suficientes que permiten establecer, cuando menos de manera indiciaria, que las lesiones, (el) robo y (las) amenazas en cuestión son parte de una acción con participación de agentes municipales y que no tenía como fin un ataque simple al derecho humano a la integridad de Karla Janeth Silva Guerrero, sino como represalia y amedrentamiento por la labor periodística que desempeñaba. Existió una acción desplegada en la que tuvieron participación funcionarios públicos municipales, y la misma tenía como fin impedir el goce del derecho humano a la libertad de expresión”, se asentó en la resolución.

Enrique Solís dijo aceptar la recomendación del ombudsman Gustavo Rodríguez Junquera, pero sólo leyó una cuartilla y media, ¡y sin la presencia de la afectada!

A puertas cerradas, el alcalde priísta dio lectura exprés a lo que él supuso podría ser una disculpa pública, pero —y fuera de cualquier lapsus cálami—, ¿quién lo oyó?, ¿dónde estaba Karla?, ¿por qué no la convocaron?, ¿una disculpa “nomás leidita al a’i–se –va” sí vale?

Acompañado por algunos regidores del PRI, evadió los cuestionamientos de los pocos reporteros allí presentes, y el director de comunicación social, José Cruz Sánchez, alegó en defensa de su jefe no estar enterado de la presencia de la periodista como requisito incluido en la recomendación.

En fin, el aura popularis, el viento popular, ha reprobado a Solís. Y el PRI estará, ahora sí, en graves aprietos para refrendar el poder municipal.

Los XX años del «Re» de Café Tacvba

Que si algún crítico extranjero lo comparó con el álbum blanco de los Beatles, que si se trata del mejor disco del rock en castellano —por encimita del primero de Almendra o cualquier otro grupo argentino de los años sesenta—, que si son la nueva versión de los Xochimilcas, que si son embajadores musicales de la mexicanidad, el caso es que la segunda producción fonográfica del cuarteto de Satélite, el famosísimo y sonadísimo «Re» —el de la portadita roja, el del caracolito—, recién cumplió veinte añitos. Se trata de un disco imprescindible en la historia del rock mexicano y cada quien lo habrá de poner a la altura de lo que su bagaje exija y demande, pues por cada surco —si de acetatos hablamos— fluye una diversidad estilística admirable (y José Agustín u Oscar Sarquiz, aunque no los conozco en persona, no desmentirían tal aseveración): hay sonidos autóctonos, funk, una parodia de la música norteña, reminiscencias del humor cincuentero y sesentero (Germán Valdés o Efraín Huerta), tambora, ska, jevymetal, punk, samba y otros ritmos para los que quizá todavía no haya clasificación ni membrete. Para acabar pronto, es un cocktail experimental que, a dos décadas de su alumbramiento, resonará en León el viernes 5 de diciembre.

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