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15:04h. Martes, 18 de Junio de 2019

“…la deshumanización también se da por un fenómeno vinculado a la tecnología y a los medios de comunicación, especialmente las redes sociales: en la modernidad líquida la realidad se mueve constantemente. Las noticias fluyen a borbotones y sólo lo escandaloso llama la atención…”


Me resulta siempre aterradora la idea de Hannah Arendt sobre la banalidad del mal. Mis lectores, pocos pero cultos, seguramente conocen sobre el tema: la filósofa judío alemana, presente en el juicio que se le hizo a Adolf Eichmann, uno de los más notables criminales nazis, responsable operativo de la Solución Final, llegó a la conclusión de que muchas de las personas que fueron capaces de aplicar las peores atrocidades contra los judíos, los gitanos y otras minorías étnicas, no eran monstruos ni personajes salidos de una película de villanos, sino esencialmente, personas que, en otras circunstancias, podían haber pasado por diligentes burócratas y amables vecinos. En muchos de los juicios que se siguieron a la Segunda Guerra, una constante era la expresión de los inculpados de estar siguiendo órdenes y, además, de hacerlo con la mayor dedicación y eficacia, como era su deber, como funcionarios de cualquier gobierno. Y cuando las cadenas burocráticas alejaban los efectos directos de las acciones, se perdía más fácilmente el sentido de responsabilidad. Pareciera que pudiese existir la renuncia a hacer un juicio moral sobre las acciones que la autoridad ordena. ¿Es esto posible?

Zygmunt Bauman, en La Ceguera Moral y en Modernidad y Holocausto, propone el concepto de adiaforización. Adiáfora es un término ya en uso en otros campos del conocimiento, con el significado general de “indiferencia”. Para Bauman, adiaforización significa “hacer que el acto, y el propósito de dicho acto, se vuelvan moralmente neutros o irrelevantes”. La preocupación del sociólogo polaco no son esos hechos evidentemente inmorales, sino el fenómeno que va haciendo irrelevantes para la sociedad muchos sucesos y formas de vida que son dañinas para las personas. La adiaforización no es un combate frontal a los valores establecidos con nuevas propuestas éticas, sino una especie de proceso de adormecimiento que nos impide ver el mal latente y presente en el mundo.

Como sabemos, leyendo a Arendt, los ciudadanos comunes y corrientes colaboraban en procesos de violencia genocida por tres razones principales: porque recibían órdenes que provenían de una autoridad reconocida legal o afectivamente; porque se había establecido una distancia entre las acciones y las consecuencias de las mismas (a través de una rutina burocratizada, en el caso de los nazis) y porque las víctimas de la violencia habían sido deshumanizadas. Autoridad “legítima”, distancia y deshumanización.

La adiaforización contemporánea, lo que hace, es que el mal esté entre nosotros y no nos inmutemos. Tiene los mismos componentes, que son propios de la modernidad líquida: En la actualidad la autoridad de los Estados nacionales ha ido cediendo su autonomía frente al mercado. El dios mercado es quien dicta las órdenes, y es fácil escuchar a los victimarios justificar cualquier decisión como lo haría Eichman: “yo sólo sigo las órdenes (las reglas) del mercado”. Los mercados adquieren características humanas: “son sensibles”, se dice, y hay que actuar siempre conforme a sus deseos. Con ese pretexto se puede hacer trabajar a las personas en condiciones de explotación o en horarios que destruyen el tejido social, o se puede trabajar destruyendo el medio ambiente.

La distancia: Bauman ha descrito cómo, al globalizarse la economía, se han afectado las distancias entre el trabajador y el dueño del capital, que antes era geográficamente cercanas y hacían que hubiera una interdependencia: lo que pasaba a los trabajadores no le podía ser moralmente indiferente al patrón. Con la globalización, el capital parece un ente invisible, y muchos trabajadores no saben en realidad para quién están trabajando. Las decisiones “del capital”, por lo tanto, se toman a una distancia tan lejana a los trabajadores, que no se detienen a calcular los costos humanos.

¿Humanos, dije? Bueno, la deshumanización en la modernidad líquida se da de varias formas. Una de ellas es fruto de esta carrera de maximización de la ganancia, en la que se deja de hablar de personas para hablar de “recursos humanos”. No han faltado quienes quieran circunscribir el derecho al asilo de los migrantes en función de su productividad o su utilidad económica. Pero la deshumanización también se da por un fenómeno vinculado a la tecnología y a los medios de comunicación, especialmente las redes sociales: en la modernidad líquida la realidad se mueve constantemente. Las noticias fluyen a borbotones y sólo lo escandaloso llama la atención. Las crisis permanentes, los dolores crónicos, interesan menos que las cuchilladas. Por eso es más importante el incendio de una catedral o la caída de un avión que la permanente hambruna en Haití o el drama persistente de la migración africana.

La adiaforización es el proceso que “nos ayuda” a vivir con eso: decidir en dónde invertir, es un dilema de maximización de beneficios moralmente irrelevante; decidir qué hacer con los migrantes es un problema de estrategia política y económica, no es un dilema ético; decidir si asegurar o no asegurar a los empleados, es un asunto de pragmatismo económico, moralmente irrelevante; consumir y derrochar la energía para obtener beneficios, pertenece al campo de la economía, no es un problema de moralidad.

Adiaforízate y duerme tranquilo (Eichman dixit).