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11:06h. Miércoles, 22 de Mayo de 2019

El mar también es de todos

"...playas hermosas en las costas de Nayarit, de Jalisco, de Michoacán, que eran verdaderos paraísos naturales, a los que tenían acceso turistas de todos los niveles, y, especialmente, los lugareños, que de pronto fueron cerrados al público..." 


Desde que mis hijos eran pequeños, hace más cerca de treinta años, empezamos a recorrer las playas de México acampando. Recorrimos prácticamente todas las costas del Pacífico, el Golfo, el Mar de Cortés y el Caribe. En el transcurso de esos años, hemos sido testigos de la paulatina privatización de esos espacios privilegiados. Conocimos playas hermosas en las costas de Nayarit, de Jalisco, de Michoacán, que eran verdaderos paraísos naturales, a los que tenían acceso turistas de todos los niveles, y, especialmente, los lugareños, que de pronto fueron cerrados al público. Aunque en el papel la costa sigue siendo territorio federal (o sería mejor poder decir, público) por la vía de cerrar los accesos por tierra, y en ocasiones mediante la intimidación a quienes logran acceder por otros medios, las mejores playas son acaparadas por hoteleros que dan acceso únicamente a quienes tiene los recursos para cubrir sus altos precios. Para los estándares de ingreso en el país, esto es un 10% de la población o los extranjeros.

Esto no es importante sólo por el derecho que tenemos todos para disfrutar el privilegiado ecosistema costero, sino porque expresa una cultura nacional sobre el desarrollo, el cuidado de los ecosistemas, y nuestro pocas veces reconocido racismo. Me explico.

A diferencia de muchos otros países, en México se valora la costa sólo como la orilla del mar que permite tumbarse en la arena, y que permite construir, con ese pretexto espacios para la fiesta, por sobre todo lo que no sea arena, e incluso, sobre la arena misma. Para acercar a los turistas a la rompiente de las olas, se destruye todo el ecosistema: se rellenan manglares, se arrasan selvas, se destruye, en definitiva, todo el paisaje. Todo se vale –la densificación y sobrecarga de los ecosistemas no es tomada en cuenta– con tal de vender la idea de estar a dos pasos del mar, aunque la mayor parte del tiempo los turistas estén en la alberca o en el antro. En otros países los hoteles son construidos a una sana distancia, incluso, calle de por medio y las grandes playas son públicas.

Este esquema de urbanización es altamente redituable… en el corto plazo y para unos pocos. En el corto plazo, porque la destrucción de los ecosistemas trae cada vez más consecuencias que pone en jaque esos mismos desarrollos (véase el sargazo en el Caribe)  Y para unos pocos, porque el modelo ocasiona que los antiguos habitantes de esos espacios terminen siendo expulsados o, en el mejor de los casos, empleados en las labores más bajas, mientras que el negocio fuerte se construye para recién llegados.

Los habitantes que se quedan, difícilmente pueden acceder a bañarse en las playas que durante siglos utilizaron sus ancestros. En muchos casos, para poder llegar a la playa tienen que trasladarse kilómetros y en muchas ocasiones no pueden permanecer enfrente de los hoteles, porque el espacio es para los huéspedes que pagaron por ello.

Aquí asoma una nota de racismo, porque la privatización de las playas, el cierre de todos los accesos, busca excluir a los que no pertenecen a ciertas clases, o que no tienen el color de piel del dinero. Se puede argumentar que si no se controla el acceso la “gente” tira basura, hace ruido, etc. Pero eso se soluciona con una reglamentación adecuada. Casi toda la costa del Caribe mexicano está dispuesta para que la gocen los europeos y norteamericanos, antes que los descendientes de los mayas.

La exclusión en nuestros paraísos costeros, acentúa un estado de nuestro sistema económico del que he hablado en otros artículos: una economía de mercado que deviene en sociedad de mercado: todo está a la venta, y como todo está a la venta, el disfrute de nuestros ecosistemas más preciados está al alcance sólo de unos cuantos. Esto acentúa, necesariamente, la sensación de inequidad, o, dicho de otra forma, hace que la inequidad tenga un significado mayor. Cuando los bienes mayores están garantizados, la inequidad se nota en sólo en la capacidad de comprar lo menos importante.

Recientemente se ha empezado a hablar, nuevamente, de garantizar el acceso libre a las playas en todos nuestros litorales, de mantener abiertas las “ventanas al mar” para todos; de buscar modelos nuevos de desarrollo turístico más incluyentes. Ojalá que el actual gobierno aproveche su bono de popularidad para avanzar en ese sentido.