¿Enseñar a pescar? • David Herrerías

“…estaba frente a uno de esos sabios capaces de acuñar frases que después sirven a los vendedores de cursos de superación personal…”

¿Enseñar a pescar? • David Herrerías


Viajé mucho para conocerlo, y cuando estuve a cerca, su forma de estar y la paz de su mirada me indicaban que, efectivamente, estaba frente a uno de esos sabios capaces de acuñar frases que después sirven a los vendedores de cursos de superación personal. 

A pesar de que su presencia invitaba más al silencio y la contemplación que al diálogo, me atreví a hacer la pregunta que había guardado en la garganta desde que emprendí el viaje para conocerlo. Maestro, le dije, ¿es verdad que fue usted el que dictó por primera vez a sus discípulos el aforismo: “no le regales un pez, mejor enséñale a pescar”?

Un gesto de dolor marcó su rostro de forma tal que sus arrugas parecieron hacerse más grandes y profundas. Con sus ojos pequeños y expresivos me miró y habló, como empezando con un quejido: ¡Ay hijo! sí, fui yo. Pero pronto me di cuenta de que había dejado ir la frase prematuramente-añadió- pero las palabras, una vez que se han ido, son como plumas que lleva el viento y no se pueden atajar. ¿Porqué?, le pregunté extrañado. ¡Es una sentencia que ha sido muy exitosa, se repite en todos los rincones del mundo!

Mira -me dijo-, una vez que mi aliento cantó al aire esta frase, caí en la cuenta de que algo así solo lo puede decir alguien desde la seguridad de no haber sentido nunca una verdadera punzada en el estómago vacío y la desesperanza de obtener algo para resolverlo. Entonces me di a la tarea de averiguar qué es lo que hacían mis discípulos con ese nuevo conocimiento y hasta dónde llegaba mi error.  

Vi a uno que enseñó a pescar a un chico hambriento. Pero a ese pobre muchacho le rugía la panza. Se fue aparentemente contento con el nuevo conocimiento, pero su necesidad urgente lo llevó a robar un pan, al menos en lo que podía probar si pescaba algo. Tuvo la mala suerte de que lo agarraran y… ya sabes lo que pasa en este pueblo a los ladrones. 

A otro parroquiano le enseñaron a pescar, pero no le dieron para la caña. Él, un chico con iniciativa, la compró a crédito con un abonero. Al final, cada pez que sacaba terminaba en el bolsillo de el usurero.  Creo que le recogieron la caña yahora está limpiando vidrios en las esquinas.

A otro le enseñaron a pescar y le dieron un crédito blando para su caña, y sus aparejos. Todo parecía bien, pero al llegar al río le dijeron que éste era propiedad privada. Otros pescadores más grandes habían comprado toda la ribera, y la parte que quedaba para pescar era tan somera y triste que no había más que sapos y ajolotes. 

Otro aprendiz de pescador le fue mejor. Ese sí empezó a sacar peces, y estaba feliz, pero no tardó en llegar un burócrata que le pidió su permiso para pescar, su licencia de sanidad y su registro en hacienda. Era tal el laberinto que le pintaban que decidió vender la caña y comer con eso algunos días. 

Pero déjame que te diga: hubo uno que logró vencer todas las dificultades, a tal grado que los peces que le sobraban los vendía. Pronto vio la posibilidad de establecerse formalmente, cumplió con los requisitos gubernamentales y pidió un préstamo para poner un local. Cuando todo iba viento en popa junto a su negocio abrieron una Otzo-Pez, una franquicia de venta de pescado con la que no podía competir. Quebró y tuvo que vender todo para poder pagar su crédito. Mejor ni te cuento de los que se lograron establecer y les cobraron derecho de piso. 

Así narró el maestro sus desventuras. Pero antes de dejar que me fuera, quizá al ver decepción, dijo: -Escucha, no es que el proverbio sea falso, solo que está incompleto. Por eso dije que “lo dejé ir prematuramente”. -Y entonces, le repliqué-¿por qué ese dolor que adiviné en su rostro cuando le hice recordar la famosa frase? -Me duelen -me dijo- no los tropiezos de los que tomaron al pie de la letra mi enseñanza, porque muchos de ellos han descubierto lo imperfecto del refrán y han intentado otras cosas. No son ellos los que me duelen. Los que dan pesadumbre a mi alma son los que se refugian en esa frase para justificar su egoísmo; los que la repiten de forma doctrinal, pero que al final, ni dan peces (ni cañas), ni enseñan a pescar.

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