Viernes. 13.12.2019
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David Herrerías Guerra
11:14
26/03/19

Espacios para la confrontación cotidiana o para la convivencia

"Es un tema preocupante, porque la vivienda se ha visto en las últimas décadas, más como una mercancía más, que como el micro ecosistema en que se desarrolla la vida de la especie humana."

Espacios para la confrontación cotidiana o para la convivencia

Los mercados desempeñan importantes funciones en la sociedad, pero no pueden ser considerados el estándar fundamental en virtud del cual se determine a qué recursos tienen derecho las personas

Debra Satz.

Don Tarsicio tropieza en la escalera con la bicicleta del departamento 33, que permanece toda la noche encadenada al barandal. Entre el dolor y el susto alcanza a proferir una colorida maldición a sus vecinos, que no pasa desapercibida por doña Licha, la jefa de dicho espacio privativo del condominio vertical. Escoba en ristre se apresura a contestar, antes de que se pierda don Tacho en el piso siguiente: “Pues si el señorito tiene caderas de trolebús, que se compre un condominio para él solito”. El aludido aplica el freno para tomar aire y poder gritar que “bastaría con que guardaran sus fierros viejos en la cocina o donde mejor le cupieran”. La doña, que no es dejada, contraataca: “¡Se le hace fácil usar la cocina para guardar fierros, porque su señora parece que usa la estufa sólo para quemar cueros, cada vez que cocina se apesta el edificio completo! Tercia otro, desde el segundo piso: “¡¿No les basta con poner la tele a todo volumen en la noche?! ¡Ahora nos atarantan con sus pleitos a las seis de la mañana!” “¡Mira quién habla! –gritan desde el 12– ¡El que se la pasa desgreñándose con su mujer y moviendo muebles todo el día!”. Don Tacho ya está cerca de la parada del autobús, pero la refriega sigue en este campo de batalla.

El pasado viernes tuve la oportunidad de participar en un panel, organizado por el Instituto Municipal de Vivienda de León, en el que se habló sobre el régimen de propiedad en condominio. Es indudable que el marco legal y la cultura de convivencia (nuestra capacidad para construir acuerdos y respetarlos, el cuidado común, etc.)  son aspectos importantes para lograrlo. Pero un tercer aspecto que es urgente atender es el del diseño y la estructura misma de las viviendas, especialmente de las que están dirigidas a los sectores más empobrecidos. Es un tema preocupante, porque la vivienda se ha visto en las últimas décadas, más como una mercancía más, que como el micro ecosistema en que se desarrolla la vida de la especie humana.

El economista Michael Sandel (Lo que le dinero no puede comprar, Random House, 2013) nos recuerda la diferencia entre una economía de mercado y una sociedad de mercado. La economía de mercado ha demostrado ser una forma muy eficiente para producir y distribuir bienes. Pero cuando el mercado es llevado al extremo de forma tal que casi todo en la vida se puede comprar, se vive en una sociedad de mercado, y en esta, los riesgos son muy grandes. Dos peligros resalta Sandel: recrudecer la pobreza y corromper la naturaleza de las cosas. Un ejemplo muy claro es el de los transplantes de órganos. Si se permite que la donación de órganos se convierta en una práctica del mercado, las distorsiones son obvias: lo más probable es que los únicos que podrían acceder a órganos donados serían los ricos, por lo que la diferencia de ingresos supondría no la capacidad de consumir bienes de mayor o menor calidad, sino la diferencia entre la vida y la muerte. Y, por otro lado, si los riñones se comercializan en el mercado, es probable que empiecen a surgir aberraciones, como personas que vendan sus riñones por necesidad, o el tráfico incontrolado de órganos. En la sociedad de mercado se compra el acceso a una mejor educación, el acceso a una mejor salud, el acceso, en definitiva, a una expectativa de vida más larga. Todo eso contradice (ya lo preveía el mismo Smith) un sistema basado en la libre y equitativa competencia.

¿Entra la vivienda entre las cosas que no deberían estar sujetas al mercado? Cuando se vende una vivienda, se está vendiendo el espacio vital, el lugar donde se darán las interacciones sociales más importantes: la familia, los vecinos, los primeros amigos de los hijos… No se vende un objeto, sino un territorio que define, al menos en parte, la forma en que se dará la interacción comunitaria. En las últimas décadas las políticas públicas respecto de la vivienda lograron una sobreproducción de casas: en 2010, el Coneval calculó la existencia de ¡cinco millones de casas abandonadas! El Infonavit perdió el rumbo y se empezó a evaluar a sí mismo en función de la cantidad de casas vendidas y el retorno de los préstamos. Los montos prestados a los trabajadores y los criterios maximizadores de la ganancia produjeron espacios que son generadores de violencia por su diseño y la falta de atención a necesidades elementales para la convivencia pacífica. Sorprende ver casas que no contemplen cuestiones tan elementales como los espacios para guardar cosas, o para tender la ropa; que parezcan más cajas de resonancia que espacios más o menos aislados que disminuyan la invasión del ruido ajeno, con el resultado que se caricaturiza en el párrafo introductorio de este artículo.

La vivienda, como la salud, pueden seguir siendo actividades lucrativas, pero son espacios prioritarios de regulación del Estado. No es que deba desaparecer el mercado de vivienda, pero no puede ser considerada solamente como una mercancía más. Las políticas públicas deben dar prioridad a la vivienda digna: subsidiar lo necesario el acceso al crédito y establecer las políticas de diseño y de negocio que resguarden uno de los derechos más importantes de los seres humanos: el de tener un espacio adecuado para crecer y desarrollarse.

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