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12:38h. Viernes, 24 de Noviembre de 2017

Se hacen bodrios y se envían a domicilio

El problema es que no parece existir una norma que nos proteja nuestro derecho a tener una ciudad libre de bodrios escultóricos…

Me voy a tomar la libertad de auto plagiar una parábola que escribí para este mismo espacio hace más de cuatro años. Escribía acerca de la pobre y alocada abuela, que cuando nos dimos cuenta, ya se había gastado los ahorros y la herencia. Contrató a arqueólogos, arquitectos y a unos expertos egipcios que, le aseguraron, eran buenos y famosos –todos cobraron como tales, aunque no fueran ni lo uno ni lo otro–. Y después de algunos días teníamos al abuelo embalsamado, en medio de la sala, empotrado en un monumento de mal gusto con el que tropezamos cada vez que queremos ir por hielos al refrigerador, imposible no verlo. Estábamos asombrados ante el despropósito, pero la abuela lo decidió sin preguntar a nadie. A fin de cuentas, tenía el control de los dineros y de los espacios.

Luego murió la abuela. Y es la hora en que se reúne el clan familiar. –¿Qué hacemos con el esperpento?– pregunto. –¡¿Cuál esperpento?! ¡Es el abuelo!– corrige mi hermana mayor. –Bueno, qué hacemos con “el abuelo”. El monumento está horrible, estorba, no funciona… –¡Pero es el abuelo!–exclama, lastimera, con ojos de gatito, mi hermana la menor. –Se gastó una fortuna en él –nos recuerda, sin anestesia, mi hermano el pragmático– No podemos tirarlo así como así. –Cierto, costó una barbaridad–  asentimos todos, como en coro de tragedia de Sófocles.  –Como sea, ya está hecho, no nos cuesta nada dejarlo… a menos que lo vendamos… –¡Quién te compra un viejo embalsamado, por más que recuperen algo de metal de los adornos  –A la mejor nada más lo podemos trasladar a otro lugar– dice alguien conciliador. –¡A la basura! dice otro hermano,  el bromista. –¡Es el abuelo!– nos vuelve a recordar, glacial, la primogénita, antes de que nadie de rienda suelta a la risa. Nos quedamos mudos, en círculo, mirando, desde nuestra periferia, al abuelo. No podemos vernos a los ojos, no por vergüenza, sino por la momia del viejo que se interpone en medio de la sala. Al final nadie se atreve a hacer nada y el abuelo, embalsamado, preside todas las reuniones familiares. Las visitas ríen por lo bajo; nosotros nos encogemos de hombros, con la vista baja.

Afortunadamente, estimado lector, estimada lectora, este relato es ficción pura. Mis cuatro abuelos descansan en santa paz bajo la tierra.  Pero lo escribí como reacción a varios bodrios que se dieron a la tarea de legarnos, en esos años, los gobernantes en turno, sin consultarnos o sin consultar a quienes debieran hacerlo. Monumentos espantosos que se convierten en abuelos embalsamados que nadie se atreverá a derruir, por la lástima que da tirar el dinero a la basura o porque a pesar de todo los monumentos, aunque feos, empiezan a ser parte de nuestra ciudad. Estamos condenados a mantenerlos, aunque los turistas con un mínimo sentido estético o formación artística, rían por lo bajo.

Uno de estos bodrios fue el relieve que el entonces alcalde de León, Ricardo Sheffield, mandó hacer, al señor José Arturo Tavares Padilla. Cualquiera que tenga las nociones más elementales de la composición y del dibujo, puede detectar los enormes defectos de la obra. Un ángel con brazos cortos y pechos a la altura de las clavículas nos escupe en primer plano. Y basta una mirada rápida para recomendar al creador al menos unos dos años en un taller de dibujo de figura humana. Me gusta el arte figurativo, pero prefiero a los escultores y artistas que, conociendo sus límites, optan por el abstracto. El monumento se hizo y se pagó, porque el edil del momento decidió que, siendo él “dueño” de los dineros, lo podía gastar en ese monumento; ya está ahí y difícilmente habrá quien se atreva, algún día, a raspar el muro y fundir con ese bronce otra cosa mejor.

El autor de esta obra logró también el contrato de una escultura monumental en Playa del Carmen, “Portal Maya”. Respecto a ella, Rosa María Espínola, verificadora y crítica de arte del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (Conaculta) y del Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA), dijo: “La escultura del Portal Maya (…) es una falta de respeto a la cultura maya (…) El jaguar está en un desfase estético, una cola enorme, sin anatomía (...) se le puede llamar un exagerado bodrio […] No hay tema ni argumento (…) No hay un estudio del aire, del movimiento que debería tener”.

La idea de este artículo no es denostar al escultor. El problema es que el Gobierno del Estado ¡lo ha vuelto a contratar para hacer una obra! Esta se ubicará en León, y se llamará “La familia”. Hasta el momento no se sabe cómo fue el proceso de selección del artista para la obra, quiénes hicieron el juicio de los merecimientos del escultor, ni cuáles fueron los criterios para elegirlo entre otros muchos. Es muy probable que la elección de este “artista” tenga que ver con razones ideológicas. Otros mucho mejores, quizá no quisieran plasmar lo que los gobernantes en turno quieren.

El problema es que no parece existir una norma que nos proteja nuestro derecho a tener una ciudad libre de bodrios escultóricos. No se trata, desde luego, que me den gusto a mí. Cuando se trata de ir creando las piezas que irán distinguiendo a la ciudad, debería existir un mecanismo para asegurar que lo que prevalezca no sean cuestiones ideológicas y mucho menos la escasa formación estética de la mayoría de nuestros gobernantes. Ellos se van, y nos dejan al abuelo embalsamado.