Lunes. 09.12.2019
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David Herrerías Guerra
11:26
25/09/18

La vida no vale nada

“No les cobraba o me decía: '¿Qué te parece si tú pones una parte, ella otra y yo otra?' Se puede decir, en pocas palabras, que Gerardo Macías era lo que un paciente espera de un buen doctor: capaz, honesto y profundamente humano…”

La vida no vale nada

Eran finales de los ochenta. Uno de nuestros hijos tenía el pie plano. Era muy pequeño, pero como ese “defecto” le ocasionaba mucho cansancio al caminar, lo llevamos a un ortopedista. El doctor, de cuyo nombre no quiero, ni puedo acordarme, nos asustó con la hipótesis de que nuestro hijo nunca desarrollaría el arco del pie a menos que lo salvara mediante una intervención complicada, que consistía en sacar hueso de un lugar para ponerlo en otro y no sé qué más operaciones, cada una de las cuales, desde luego, engrosaría su cuenta bancaria. Un poco porque no teníamos los recursos para incrementar los ingresos del doctor de marras, y un mucho porque nos asustaba ingresar a un niño tan pequeño a un quirófano para un asunto que no parecía tan serio, decidimos buscar otra opinión. Estábamos recién llegados a León y no conocíamos otro doctor, así que fuimos a la Sección Amarilla (era la forma de “googlear” de aquellos años). Nos dio confianza el anuncio de un ortopedista que parecía tener buenas credenciales. Pedimos cita y conocimos a Gerardo Macías.

El Doctor Macías -como le dijimos durante cerca de treinta años aunque nos habláramos de tú- nos dijo, con la claridad meridiana que lo caracterizaba, que nuestro hijo no necesitaba ninguna operación; que era muy pequeño y que la naturaleza haría su trabajo sin necesidad de intervenciones. La idea nos gustaba, desde luego, ¿pero qué pasaría si él estaba equivocado y perdíamos un tiempo valioso para una intervención quirúrgica oportuna? Viéndonos dudar, nos dijo: “Si en cuatro o cinco años no hay avance, yo se los opero gratis”. Efectivamente, mi hijo creció, quizá con otros defectos, pero no el del arco del pie. A partir de ahí las visitas al Doctor Macías se volvieron recurrentes, en parte por la propensión mía y de mis hijos a sufrir accidentes, y en parte por algunos defectos de fabricación que heredamos. Sus recetas más comunes eran sencillos consejos para hacer ejercicios, bajar de peso, llevar una vida sana… y eso generalmente funcionaba. Confiábamos en que el cuchillo y las soluciones extremas se usarían sólo en casos que realmente lo ameritasen. Con el tiempo empecé a mandarle a personas conocidas de bajos recursos que necesitaban una opinión confiable. No les cobraba o me decía: “¿Qué te parece si tú pones una parte, ella otra y yo otra?” Se puede decir, en pocas palabras, que Gerardo Macías era lo que un paciente espera de un buen doctor: capaz, honesto y profundamente humano.

Hace tres semanas tres matones a sueldo se llevaron de este mundo a este médico extraordinario. Una persona cercana, que lo había defraudado en la compra de un seguro, prefirió quitarle la vida, a enfrentar las consecuencias de su deshonestidad. Me impresiona la muerte de Gerardo Macías, no sólo por haberlo conocido y estar agradecido con él, sino por lo que significa el hecho: una vida contra el dinero de un seguro.

No fue un crimen vinculado al crimen organizado, aunque algo tiene que ver con las estrategias que se han usado en la última década para combatirlo. Imaginemos, aunque sea poco probable, que la estrategia de cortar cabezas a las organizaciones criminales pudiera algún día tener éxito. Pensemos que algún día, los Chapos, Arellanos, Tutas y otras alimañas de su especie serán más raros de ver que la vaquita marina. ¿Habremos conseguido entonces la paz? Difícilmente, porque la cultura de la muerte ha ido permeando a toda la sociedad. El coctel ha sido explosivo: una estrategia de combate  que suscita vacíos de poder; un muy flexible control de armas; una sociedad profundamente desigual; y un aderezo de valores individualistas, de lucro a cualquier precio y de corrupción generalizada. Por eso la vida vale menos que el dinero; menos que la de miles de muertos más, cuya existencia era sólo un escalón para el enriquecimiento súbito de otros; menos que sus restos mortales, bultos que hay que meter en un trailer para ponerlos en cualquier lugar en el que no estorben. “La vida no vale nada”, como inoportunamente dice esa canción, tan querida en Guanajuato.

Reconstruir una cultura en la que se valore la vida será más difícil que descabezar un cártel. Pero esa es la tarea más importante que tenemos adelante.

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