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20:52h. Jueves, 25 de Mayo de 2017

No es lo mismo parir que ser madre

"Hay madres que van dando a luz toda su vida, que tienen muchos más hijos que los nacidos de su vientre. Benditos los que pueden crecer a su cobijo"

 

 

 

Hace unos días robaron dos instrumentos musicales de una bodeguita en la que guardamos instrumentos para nuestra orquesta en Las Joyas. No es una desgracia en términos económicos, pero lo es el procedimiento. Para poder entrar por una minúscula ventana, rompieron el cristal y empujaron adentro a dos chiquillos. Niños utilizados para delinquir, muchas veces, con la complacencia o la vista gorda de las madres. ¿Quién, en su sano juicio entrega tan pequeños sus hijos a la delincuencia?

Me acordé de Alejandro García Durán, al que llamaban “Padre Chinchachoma”. En la Ciudad de México, en los ochenta, había atendido al llamado de los niños que vivían en las calles. Antes que ofrecerles una solución se fue a vivir con ellos; en los baldíos, debajo de los puentes, junto al calorcito de las coladeras. Después se dedicó a fundar hogares para recibirlos y ser su padre-madre. El Chincha, como le decíamos, afirmaba que muchos niños y niñas habían sido paridos, pero no verdaderamente engendrados, o no habían sido dados a luz afectivamente.  Niños y niñas que habían sido creados pero que nunca se habían sentido bienvenidos, aceptados, queridos ni guiados. Todos necesitamos vivir ese doble parto. Y por eso podemos decir que no es lo mismo parir que ser madre, igual que no es lo mismo engendrar, que ser padre.

Las madres y los padres no engendran de una sola vez y para siempre. Nos van pariendo, a la vida, a las diferentes opciones de la vida, permanentemente. Mi madre, nos recuerda mi hermana, la de la memoria prodigiosa, nos llevaba a la clínica del seguros social con harta frecuencia. Nueve hermanos daban muchos pretextos para visitar clínicas y hospitales. Pero además de cargar con sus chiquillos, estaba siempre atenta, en la antesala del médico familiar, al trato que daban algunas enfermeras y secretarias indolentes a las personas más humildes. Con un ojo a la recua de chiquillos con los que cargaba, enfocaba sus baterías hacia quien pudiera responder por las faltas de atención que se tenía para los otros pacientes. Parió mi madre a muchos que no eran sus hijos biológicos: primos, vecinos e hijos del Chinchachoma sabían a quien recurrir en caso de necesidad.

Mi madre nos fue pariendo a la política, aunque no hablara mucho del tema. Pero teniendo yo menos de diez años, la recuerdo lanzando algunas de sus muy pocas condenas cuando pasábamos por las inmediaciones de la UNAM ocupada por los militares al final de los sesenta.  Aprendí muy joven, de ella, que se le podía llamar “chango” a un presidente, si este dirigía un gobierno de “gorilas”. Leí adolescente la Noche de Tlatelolco y aprendí a mirar con desconfianza lo que nos decía la televisión.  

Me fue pariendo a la lectura. Sin ser una intelectual, leía a Herman Hesse, a Martín Vigil, a Dostoyevsky y Tolstoi. También a Quiroga y José Eustaquio Rivera, y me los iba pasando. Ahora sospecho que ella leía lo que quería que fuéramos leyendo en nuestra adolescencia; quizás para que pudiéramos decir el nombre de al menos tres libros, si un día nos dedicábamos a la política.

Me fue pariendo al compromiso verdadero, porque además de asumir las tareas inmensas que suponía la crianza de nueve latosos, se daba tiempo para ayudar a otros. Me animó a vivir un tiempo con los hijos de Chinchachoma y no dejaba de ir todas las tardes a la casa hogar para ver qué hacía falta, y atender a cada uno personalmente. Cuando yo abandoné la tarea para poder hacer mi carrera, ella no dejó de ir y estar al pendiente de ellos.

Aquejada por una de esas enfermedades crueles, que afectan la memoria y con ello su capacidad para interactuar con el mundo, mi mamá sigue dando (a) luz, porque en su acabarse y reducirse en mansa paz, se va decantando en ella y quedando como última ligazón con el mundo, su inmensa capacidad de cariño.  Esta se expresa en uno de los pocos gestos que aún le son posibles: besar la mano de sus hijos y mirar con profundidad a su esposo. Sigue pariéndonos al amor incondicional, mientras todo lo demás lo va perdiendo. Va quedando en ella, cada vez más a flor de piel,  el amor que la definía; cada vez más dispuesta a fundirse, naturalmente, en el amor infinito del Padre.

Hay madres que van dando a luz toda su vida, que tienen muchos más hijos que los nacidos de su vientre. Benditos los que pueden crecer a su cobijo.