Lunes. 09.12.2019
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David Herrerías Guerra
15:49
03/12/19

Poner nombres a la pobreza

“«Polígonos de Pobreza», los llamaron de manera oficial por estos lares. Pero la corrección política los rebautizó y ahora son «Polígonos de Desarrollo»…”

Poner nombres a la pobreza

Cuando yo era muy joven, las llamaban “ciudades perdidas”. Esas zonas en las grandes ciudades que se distinguían, como ahora, por su pobreza y falta de infraestructura. El nombre es muy sugerente: ciudades dentro de ciudades, porque pueden ser tan grandes como muchas urbes. Pero ¿perdidas? “Que no tiene dueño conocido o destino determinado” –dice el diccionario–. “Como perro perdido”. Ciudades sin dueño y sin destino. Pero también se usa perdida para decir de “la persona libertina y viciosa”. ¿O son perdidas porque son invisibles? Qué buen invento para las ciudades modernas: un armario para esconder la pobreza. “Cinturones de miseria” les decían también. Cinturones, porque son esas franjas que tercamente se forman al derredor de casi todas las grandes ciudades latinoamericanas. Las ciñen, no porque puedan ejercer presión sobre las zonas pavimentadas de la urbe, sino porque su miseria sofoca a quien tenga un mínimo de conciencia. Miseria es una fuerte palabra: desgracia, infortunio, pobreza, estrechez. Como sea, casi nadie les llama así en estos días de corrección política.

Zonas irregulares, sugieren algunos. Por un lado, se alude a la creación de colonias sin permisos de urbanización; o quizá porque debiéramos pensar que lo “regular” sería vivir con servicios adecuados. «Polígonos de Pobreza», los llamaron de manera oficial por estos lares. Pero la corrección política los rebautizó y ahora son «Polígonos de Desarrollo». No es sólo un pretendido optimismo lo que hay en el eufemismo “en desarrollo”, sino la idea de que casar a estas extensas zonas del territorio con el adjetivo de “pobreza” pareciera condenarlas y etiquetarlas. Puede ser. Aunque el desarrollo se ralentiza y se ve menos fácil que el cambio de nombre.

Barrios de chabolas, les dicen en otros países, o las favelas, en Brasil. También les dicen suburbios, aunque es, curiosamente, ambivalente, porque en países del primer mundo, vivir en los suburbios es un lujo, y no tiene la connotación negativa que le damos acá. Lo suburbano, para nosotros, tiene que ver con vivir en el margen. Ésta es otra forma de nombrarlas: zonas, barrios, ciudades marginadas. Me parece que es la que mejor las define. El verbo marginar es la conjugación del verbo “empujar para allá”: significa pintar la rayita: de aquí para acá los ciudadanos de primera, y para allá, los de segunda. De aquí para allá el pavimento y los servicios. Marginar, echar fuera. Adentro, los parques verdes (más adentro los campos de golf). Afuera los terrenos baldíos. Afuera la terracería, adentro las avenidas. Adentro los servicios de primer mundo, afuera los servicios de tercera. Marginamos desde hace mucho, en un movimiento imperceptible pero constante. “Los márgenes” definen con precisión geográfica las zonas habitadas por los que viven en eterna insuficiencia y pobreza. Más allá del margen de la ciudad, donde unos sobreviven y otros no se aventuran, están los que sufren las consecuencias del crecimiento desordenado, de los servicios malos, escasos y lejanos. Fuera del margen, donde terminan las grandes avenidas, están los que deben asistir a las escuelas más precarias, y hacen más tiempo y pagan más para moverse a sus trabajos. Desde los márgenes también viene el miedo: los de adentro ven con temor a los que viven en los márgenes, porque ahí también encuentra la violencia un ecosistema apropiado para desarrollarse.

Hace muchos años que visité mi primer barrio marginal, años en que leía “Cómo sobreviven los marginados”, mientras jugaba cascaritas con los niños de la colonia Hornos, en los restos de un panteón que constituía el único espacio utilizable para el juego. Después de varias décadas hemos jugado a nombrar a estos fenómenos urbanos de múltiples formas, pero no hemos aprendido a evitar su existencia: a salvar las ciudades perdidas, a romper los cinturones de miseria, a borrar los márgenes urbanos que segregan a las personas. Desde entonces las zonas marginadas no se acaban, ni dejan de crecer, porque no son una enfermedad en sí, sino los síntomas de la desigualdad galopante que no hemos podido, o no hemos querido erradicar.

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