Un profeta contra-cultural en Palestina

"En Palestina, hace más de dos mil años, un judío marginal inició un movimiento que cimbraba las bases de la cultura de su tiempo. El mensaje de Jesús, tan sencillo, era revolucionario porque, aunque afectaba principalmente las ideas religiosas, impactaba también las estructuras sociales y políticas de un mundo en el que esas esferas estaban estrechamente vinculadas"

Un profeta contra-cultural en Palestina

La historia humana está salpicada de brillantes momentos de ruptura. Personas, movimientos sociales, surgen y se enfrentan al orden establecido, posibilitando las transformaciones que nos hacen saltar hacia delante. Las ideas revolucionarias se enfrentan al statu quo –no necesariamente de forma violenta– como visiones alternativas, atisbos de mundos posibles, que trastocan sus cimientos, amenazándolo.

Algunas veces, estas ideas son capaces de generan movimientos lo suficientemente grandes, como  para derrumbar estructuras y transformar al poder establecido, sea este político, económico o religioso. Lo más común es que estas transformaciones no sean tan radicales. Los sistemas son capaces de absorberlas, de manera a veces sorprendente, e integrarlas ingeniosamente, para que permanezcan las personas e instituciones a las que las nuevas ideas parecían poner en jaque. La resultante de este proceso, desde luego, no es el mismo estado de cosas; hay cambios, pero generalmente aquellos que no afectan, en el fondo, lo que permitía mantener los privilegios que ofrecía el antiguo régimen. Las ideas revolucionarias, ahora con nuevos ropajes, se incorporan al discurso del poder, frecuentemente vacías y anodinas. El sistema de la moda es un buen ejemplo de esto: frecuentemente los movimientos contraculturales –como los hippies o el punk– son adoptados como formas estilísticas, incorporados a la oferta de las grandes productores de ropa, y comercializados entre toda las capas sociales. Eso, sí, despojados de todo su contenido ideológico y subversivo. Las formas y algunas de las ideas perviven, pero adocenadas e incorporadas a la lógica del mercado.

Pero, paradójicamente, esta asimilación de las ideas rebeldes, también las puede hacer sobrevivir. Al ser asimiladas por los sistemas más sólidos y persistentes, permanecen y son transmitidas a través de las generaciones. Podríamos establecer un paralelo con los mecanismos que utilizan algunas plantas para multiplicarse: las semillas (ideas) son devoradas por sus predadores y gracias a eso, son depositadas en otros campos en los que pueden fructificar, quizás muchos años después. Quien las devora, al mismo tiempo garantiza su reproducción.

En Palestina, hace más de dos mil años, un judío marginal inició un movimiento que cimbraba las bases de la cultura de su tiempo. El mensaje de Jesús, tan sencillo, era revolucionario porque, aunque afectaba principalmente las ideas religiosas, impactaba también las estructuras sociales y políticas de un mundo en el que esas esferas estaban estrechamente vinculadas. Fueron ideas que estaban llamadas a transformar la concepción del mundo y del hombre, y sus primeros seguidores las extendieron por los confines del imperio romano, siempre como un movimiento alternativo y marginal.  A lo largo de cuatro siglos, estas ideas sobrevivieron a persecuciones, hasta que fueron adoptadas por el imperio, entonces radicado en Constantinopla, como la ideología dominante. Esto y dio a luz instituciones, religiosas y políticas, asimiladas plenamente a los usos y costumbres europeos,  alejándose en muchos sentidos, de lo que el profeta nazareno pudo haber imaginado, según lo podemos intuir en sus propias palabras. La mayor parte de las iglesias cristianas se parecen más al sanedrín que condenó a Jesús, que al desarrapado grupo de sus apóstoles. Su palabra –marginal, alternativa, provocadora, transformadora– se hizo poder, piedra pesada.

Muchos siglos después, el mercado también ha hecho lo suyo. El mensaje evangélico, deglutido por el capitalismo, se expresa a través de una melcocha, generalmente cursi, que lo transfigura a favor del sistema económico. Algunos rasgos del mensaje original permanecen, pero despojados de su potencial transformador y al servicio de la mercadotecnia y el consumo desenfrenado.

Paradójicamente, estos fenómenos de asimilación, permitieron que la vida y palabras de este profeta, oriundo de un lugar muy marginal de Palestina, país periférico del imperio, llegara hasta nuestros días, lo que permite rescatar su contenido fresco y original.

La navidad significa volver a ese mensaje siempre insólito. Nos puede seguir interpelando la imagen del nacimiento sencillo y marginal en el desierto, entre los pobres. Nos puede seguir recordando, como afortunadamente se empeña en hacerlo el Papa Francisco, que los valores esenciales del cristianismo, la solidaridad, la misericordia, el amor, están por encima del mercado y los deseos de lucro. La figura de ese profeta –liberador, contracultural, interpelante– se puede imponer sobre la pila de imágenes dulzonas y envolturas para regalo con santacloses y muñecos de nieve.

Si la Navidad nos sirve para retomar la esencia del mensaje de Jesús, estaremos recuperando ese potencial transformador que tanta falta nos hace en estos tiempos.

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