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05:41h. Viernes, 20 de Octubre de 2017

“«Sólo desde la ciudadanía vendrá el camino, la verdad y la vida.» Este razonamiento nos coloca en la cómoda y facilona afirmación: «todos los partidos y gobiernos son iguales»…”

Es curiosa -por decirlo de alguna forma- la construcción de discursos gestados durante largos periodos de tiempo que, ante dificultades reales de las sociedades, se presentan como la “verdad de verdades” con todo el peso que contiene este término, pero al mismo tiempo ocultan aristas analíticas importantes. Ese es el caso del discurso relacionado con el facilón concepto de “todos son iguales”.

Parto de una idea sencilla en su formulación, pero complicada de operar: el cambio social se da de manera compleja (al estilo de Edgar Morin) y, por tanto, no obedece ni a patrones ni a actores únicos. Se da desde muchas partes y con agentes de procedencias múltiples, en una arena de lucha donde confluyen movimientos, gobiernos, empresarios, partidos, poderes fácticos y ONGs. En otras contribuciones se podrá desglosar este denso concepto, porque también es cierto que no toda acción social nos lleva a un estatus de mayor bienestar.

El cambio no siempre suele a abonar a la construcción de un mundo mejor. Puede ser positivo o negativo, en términos de las direcciones que adopte y de las consecuencias que tenga para los seres humanos. Por ejemplo, no cabe duda que el ambiente de seguridad y violencia ha cambiado durante las últimas décadas y se ha transformado en un sentido perjudicial para la ciudadanía en general.

Varios editorialistas, escritores y opinadores parten de la idea, compartida con un buen número de personas, de que el cambio social viene desde un ente que se llama “sociedad”, y que los enemigos principales de la construcción de un mundo justo y habitable son el gobierno y los partidos políticos.

«Sólo desde la ciudadanía vendrá el camino, la verdad y la vida.» Este razonamiento nos coloca en la cómoda y facilona afirmación: «todos los partidos y gobiernos son iguales».

Y si desde ese lente observamos los problemas contemporáneos, se pueden encontrar múltiples ejemplos de su veracidad. Las tropelías que se cometen desde algunos ámbitos del Estado (o desde el Estado como tal) y desde las élites de los partidos, confirman la sospecha de la maldad intrínseca de los villanos favoritos de la actualidad. Lo que afirmo aquí de forma telegráfica es que sería necio negar la veracidad del rol que han jugado parcialmente los gobiernos y los partidos en el estado actual de cosas.

Pero los teóricos de la ideología nos han alertado en comprender que de las vastas definiciones que hay sobre este concepto, hay una constante: en toda afirmación absoluta se oculta algo. ¿Qué se oculta cuando se dice que todos son iguales? 

Enlisto sólo tres elementos que se encuentran en la sombra de esta inapropiada generalización:
1ª Que la sociedad o la ciudadanía no es un ente monolítico y contiene grupos, intereses y perversiones.
2ª Que cuando se coloca en la esfera del ámbito político el problema fundamental, se dejan de lado los agentes del mercado que se encuentran ubicados con una pata adentro del mundo político, pero también se hallan en el ámbito del poder e intereses económicos.
3ª Que se desalienta la participación en los ámbitos del gobierno y los partidos pues son intrínsecamente perversos y corruptos. Y que mejor es estar lejos y fuera de ellos para conservar la pureza ciudadana.

Se requiere entonces de una capacidad de análisis que trascienda también la reduccionista frase de consuelo “hay buenos y malos donde quiera”, que es prima hermana del “todos son iguales”. Hay grupos, hay intereses, hay proyectos que son diferenciables en términos del horizonte perseguido y del tipo de país que proponen.

Urge elevar la capacidad de análisis porque, como dicen los constructivistas, no tenemos ideas; las ideas nos tienen.