Domingo. 15.12.2019
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04/12/19

Doña Kaperuza

“Josesa Pérez se llama la abuela con 90 cumplidos; 10 años ha de que su alzheimer selectivo le recuerda que sólo tiene 80…”


¡Resiliencia, semejante estupidez!, lo que a mis 80 años tengo que escuchar —gritó la abuela Kaperuza, mientras su nieta trataba de enseñarle todo lo que puede aprenderse en el YouTube.

Josesa Pérez se llama la abuela con 90 cumplidos; 10 años ha de que su alzheimer selectivo le recuerda que sólo tiene 80. Ella misma se hace llamar Kaperuza; afirma que a nadie le gusta que la llamen doña Pepa.

Pero, abuelita Kape —le dijo su nieta-: si la resiliencia es la capacidad que tiene una persona para superar circunstancias traumáticas, tales como la muerte de un ser querido, un accidente, una ruptura. O sea, es lo de hoy; da potencia a la felicidad.

—Mira mi’ja, aunque lo batan al contrario, el chocolate espesa —Replicó doña Josesa. ¡Zas! Nadie en aquella casa entendió lo que ella dijo. La abuela continuó: cuando me casé, mi madre me dio un antiguo espejo de mano, hecho en plata Birmingham y cubierto de piedras preciosas, tipo inglés, que —a su vez- mi padre le regaló allá por el año de 1920; me dijo que siempre que lo viera me acordara de ella.

Siguió expresando doña Josesa: sin embargo, la oscura mañana en que mi madre murió, el espejo resbaló de entre mis manos para estrellarse contra la pared en mil pedazos; recogí los restos y los tiré a la basura. ¿Me explico?

Ni los grillos estridaban ante tal confesión.

—Si algo se rompe, ¡tíralo! Es una regla muy simple; te vas a ahorrar una vida. Si alguien te lastima, ¡aléjate! Tendrás problemas y no podrás resolverlos todos. No lograrás ni siquiera darte cuenta cuán profundo duele cuando duele. No debes sentirte mal por ello; al contrario, recárgate en amigos para que sostengan pañuelos mientras lloras; abrígate en el cobijo de tus hermanos; ten amigas que te acompañen... Pero no niegues el dolor. Aquel espejo pude pegarlo, cambiar el cristal o guardarlo como reliquia en un altar para imponerle una “carga cósmica” a todas las generaciones venideras; todas las mujeres nos veríamos en un espejo roto. Ahí entendí que no era justa; cada persona necesita su propio espejo.

Llámale como quieras, que el “Yutup” te diga, pero si lo pegas, ya no sería un espejo. Se adapta a ser otra cosa, mas no un espejo. En cambio, tras el dolor las personas se adaptan a vivir para seguir siendo personas; aun cuando estén rotas siguen siendo personas.

Déjate de tonterías —siguió la abuela-: una catástrofe es una catástrofe, no una “oportunidad con posibilidades infinitas”. Las personas malas dan historias malas, no lecciones. No estás en una épica batalla contra el dolor, estás en la vida y ésta a veces duele. Hay penas que no tienen nombre, rupturas que no puedes compartir, y menos si tu ruptura es contigo. Hay traiciones que pudren el alma, heridas que no dejan de sangrar, muertes que no se acaban, duelos que siempre duelen. A la porquería debe llamársele porquería y no oportunidad.

¿No me crees? —siguió la paliza-: atrévete a decirle a los huérfanos cuyo padre les mata a su mamá que sean resilientes, que peguen las cenizas para que mamá sea fuerte y ellos crezcan más sanos. Llámale resiliente a una madre que entierra a su hijo porque no tiene para comprarle medicinas para el cáncer; dile que eso la hará más fuerte y más feliz. Las cosas jamás recobran el estado que tenían antes de romperse. Jamás. Por eso no andes por la vida rompiendo cosas, ni compres cosas para reparar vidas; acepta que, a veces, a la ventana rota le corresponde un muro y algunos muros caen para construir nada; simplemente necesitan caer. Antes que vuelvas a hablarme de “resiliencia” lávate la boca con lejía. A mí que enterré a mi esposo, a mis padres, que mataron a mis hermanos pequeños, que robaron a mis tías, que se fueron dos de mis nueve hijos y que me atropellaron a tres mascotas. A mí, háblame de la divina misericordia y de amor propio. Repito, aunque lo batan al contrario, el chocolate espesa; y esto lo sabe nomás el que lo está batiendo —concluyó doña Kaperuza, mientras una solitaria lágrima escurría por su sonriente mirada.

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