Lunes. 18.11.2019
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08:09
05/11/19

En silencio

“A veces me pasa que al recoger el pan de muerto sigo esperando el sonido de su voz…”


 

¿Dónde está el amor, alguien
lo ha encontrado por favor o no?

 Fragmento de la melodía Amor, amor

 

Ni la muerte nos separa. El amor es el arte más universal. Es el arte de las musas; del bien combinar las palabras, los besos y las caricias en el tiempo, profundamente celestial y divinamente humano. El amor es el producto más vendido del mundo, lo más caro y más barato en una sola energía. Pero, ¿dónde está?

Se conforma de todos los cuentos contados en la infancia, pero nos transmiten que el amor sólo y primero, es a los demás. ¿Y el amor propio?

El propósito del amor es comunicar una idea, un lenguaje. Es el amor una expresión impuesta por un contenido emocional que nos recuerda que estamos solos, nacimos solos y hemos de morir igual; que debemos buscar, apoyar, cuidar y acariciar a los demás.

Sin amor no hay vida, pero ¿sin vida no hay amor? Ahí es donde entra la tradición mexicana: ni la muerte nos separa de aquello que amamos.

El silencio es la ausencia total de sonido. En silencio extrañamos; cada noviembre ponemos un altar al amor que se nos fue, y es tanta la tradición, que van llegando uno a uno todos los muertos que añoramos. ¿Acaso es eso el amor?

El sonido es la presencia absoluta del silencio. Una vez puesto el altar, nos engañamos a nosotros mismos; un trinar de pájaro, el viento que ondea las cortinas, el goteo del grifo, el crujir de la madera en la recámara, la flama de la vela y la manera en que escurre la cera, todo eso nos avisa que ha llegado a visitarnos la abuela, acompañada de los tíos y el perrito.

Entonces comienza el ruido. Eso de poner las ofrendas y las fotos de los seres amados; colocar flores, comida, bebida, cigarros y prendas u objetos de su agrado... Es ruido, es energía que te jala y atraviesa para terminar dándote permiso de extrañar las propias perdidas. Aún no sé si eso es amor; uno mismo ha perdido el alma varias veces.

Hay viudas que pasan toda la noche abrazadas a una tumba; la mayoría hasta llorando. Los hijos se reúnen y platican con los muertos en torno al altar, compartiendo pan de muerto.

Y todo huele a cempasúchil, copal, aguardiente, café, tamales, tequila, zacahuil, chocolate, mandarinas, pan de muerto, cernidas, tabaco y recuerdos.

Los pueblos huelen a nostalgia. La tradición nos cuenta que el domingo 3 de noviembre se levanta el altar; el cempasúchil que los trajo ahora adorna el camino de regreso. ¿De regreso a dónde, si ésta es aún su casa?

En silencio hemos comido una semana pan de muerto, nos dimos permiso de sentir tristeza y alegría. Dice la tradición que han venido y ya se fueron, aunque me queda la sensación de que siguen aquí, y señalo mi corazón, donde están aquellos que me amaron; aquí, y me toco la cabeza que me duele donde están los que amé; y aquí, y volteo a ver mis venas por donde corre mi sangre, su sangre. A veces me pasa que al recoger el pan de muerto sigo esperando el sonido de su voz.

Pero acabó el festejo, ahora comamos Pan de Vida y amemos a los que tenemos cerca; digamos gracias, por favor. Canten, bailen, vayan a comer con sus enfermos, llévenle flores a sus padres, abracen a sus hijos y tomen un café entre hermanos. ¡Ámense, carajo!

En silencio se come pan de muerto pero, se los ruego, cuando coman el Pan de Vida, compártanlo y hagan mucho ruido que, si bien es cierto el amor se saborea y se come despacio, es más cierto que el aquí y el ahora siempre genera murmullos, como el trinar de un pájaro, el viento que ondea las cortinas, el goteo del grifo, el crujir de la madera en la recámara, la flama de una vela y la manera en que escurre la cera. "Nomás báñense’n, no vaiga’n a oler a cempasúchil y se les suba el morido”, -decía la tía.

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