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16:33h. Domingo, 27 de Mayo de 2018

"Los políticos siguen siendo machistas [...] y los textos públicos se han tornado más complejos o difíciles de elaborar..."

La vocera de un partido político español (Irene Montero de Unidos Podemos), en días pasados se refirió a «portavoces y portavozas” (sic) en una intervención pública. Seguramente, todo debido a la mala costumbre de los políticos de aplicar desdoblamientos innecesarios (como aquí: mexicanos y mexicanas; chiquillos y chiquillas).

En redes sociales y diarios (tanto españoles como de Hispanoamérica) se ha desatado nuevamente la polémica de feminizar todo a ultranza. Es decir, colgarle la vocal A a todo aquello que no suene femenino, sin respetar reglas o lógica del idioma. En este caso la palabra ‘voz’ es femenina y el prefijo porta- (la/el que lleva la voz de…) no le resta ni un ápice para que mediante el artículo ‘la’ pueda referirse a una mujer: la portavoz.

La política pública de buscar a toda costa la mención de los dos sexos comunes (porque dejan de lado la gama de alternativas) está introduciendo un verdadero caos en el idioma. Lo que han llamado lenguaje incluyente tiene su origen en una recomendación de las Naciones Unidas para propiciar que el lenguaje deje de ser machista (eso ya es un prejuicio acerca del idioma).

Y, como la miel a las moscar, los políticos se volcaron en formular cambios en su legislación y en las políticas públicas en este sentido en vez de ir al fondo. Me refiero a que deja la impresión que se está trabajando sobre la recomendación de la ONU al exigir que el idioma de oficinas públicas haga mención de los dos sexos, pero no se combate de fondo los orígenes del machismo (y será muy difícil porque la mayoría de los políticos son machistas).

Pero vayamos por partes para entender este feminismo a ultranza:

1. El machismo se refleja en el idioma, cierto; pero no es el idioma el origen del machismo. Por lo tanto, debe trabajarse en la formación de los individuos, más que en introducir retorcimientos al idioma. Si la conducta social cambia, el idioma irá de la mano. No se necesita modificar el idioma para evolucione solo, si verdaderamente se está erradicando las actitudes machistas.

2. La evolución natural de cualquier idioma tiende a la simplificación, a la economía del lenguaje.

Este tipo de políticas son contrarias a ese proceso. Le están dando retorcimiento, complican el uso fluido, estropean la habilidad de comunicación de quienes intervienen públicamente para cumplir con esta recomendación. 3. Las políticas públicas no están orientando, fortaleciendo o apuntalando un proceso inclusivo, sino –por el contrario, un lenguaje sectario, de distingos, de separación lo que debería conceptuarse como trato sin distingos de sexo. 4. El lenguaje incluyente debe echar mano de sustantivos comunes (me parece que no los conocen o no recuerdan sus clases de gramática, para saber identificarlos) porque se están yendo por la vía fácil de crear nuevos términos presumiblemente porque faltan al idioma los vocablos femeninos. Es decir, que la pobreza de la comprensión del idioma les hace suponer que todo lo terminado con la vocal A es femenino (señora) y cuando se incluye la vocal O en la última sílaba es masculino (caballero). Bajo esa lógica habrá que formular los masculinos de periodista, para tener periodistos; ciclista, para contar con ciclistos; pianista, para disfrutar conciertos con varones pianistos; y ni qué decir de dentistas, pues hacen falta dentistos.

Busquemos los resultados de esta política pública: el machismo no se ha reducido (siguen las muertes por diferencias sexuales –por ser mujer, homosexual, transexsual o trasvesti–). Los políticos siguen siendo machistas (organizan orgías con sexo servidoras, de las que son excluidas sus compañeras de partido) y textos públicos se han tornado más complejos o difíciles de elaborar.

A mi juicio, se está formando en las nuevas generaciones una visión maniquea (suponer que solo hay dos opciones: mujeres y hombres.

Llamo a que se haga un estudio concienzudo de los efectos de esta política pública. Y como se hizo con la recomendación de la ONU sobre la Ley de Seguridad, se desestime la aplicación del supuesto lenguaje incluyente. Si hubo la decisión política de desatender una, que se haga con esta otra que sus presuntos beneficios no se ven por alguna parte.