Chispitas de Lenguaje • Amores y odios en la lengua • Enrique R. Soriano Valencia

"...el idioma tomará el rumbo que el desarrollo social decida..."
Chispitas de Lenguaje • Amores y odios en la lengua • Enrique R. Soriano Valencia


Los odios y amores en el idioma tienen múltiples modalidades y existen desde tiempos inmemorables. Actualmente, se manifiesta en esta rebatinga del lenguaje inclusivo: si está bien su admisión, si no; si es sexista, si no lo es porque es patriarcal; si es mejor el desdoblamiento (mexicanas y mexicanos) que el uso de la vocal e (presuntamente porque la terminación en a es femenina y la terminación en o es masculina) o mejor el símbolo @ (que presuntamente presenta los dos géneros). Cada una de esas corrientes tienen sus defensores y detractores.

Pero también hay amores y odios en el idioma por las palabras para ofender o para halagar (curiosamente hay más palabras para provocar ira, que para manifestar filiación; pero en compensación hay más palabras con carga positiva que negativa).

También los sinsabores se presentan en la evolución del idioma. Por una parte están los defensores acérrimos del estatismo y, por la otra, quienes incorporan voces y modalidades sin ton ni son. En los primeros están los que se escandalizan por las nuevas incorporaciones al Diccionario de la lengua española, DLE (como ‘chido’, ‘güey’, ‘abusado’, ‘normatividad’, ‘escrache’, ‘checar’, etc.) y los que se niegan a dejar sin acento gráfico al adverbio ‘solo’ o a los pronombres demostrativos (ese, esa, este, esta, aquel, aquello y sus plurales). En el segundo grupo están los que se dan vuelo con formas extremadamente singulares o extranjerismos (puchar, en vez de empujar; troca, en vez de camioneta).

A todos ellos se suman los que odian la ortografía y la gramática («¿Para qué estudiarlos, si de todos modos me entienden?», suelen argumentar); enfrentados a los academicistas («Imposible dominar el idioma sin las ciencias que lo estudian», me han manifestado académicos que olvidan que de niños lo aprendimos sin necesidad de la gramática).

Las Academias de la Lengua tienen múltiples detractores (como los del sitio elcastellano.org el finado Raúl Prieto -Nikito Nipongo-) y partidarios (como los sitios Fundéu y Centro Virtual Cervantes).

El idioma registra una larga historia de simpatizantes y detractores. Desde el latín inicia esta constante lucha por evitar modificaciones al idioma. Ahí está el Appendix Probi del gramático Marcus Valerios Probus, escrito entre el siglo iii o iv de nuestra era. Al ver el deterioro del latín, Valerios formuló un largo listado de «así, no así». Por supuesto que la forma incorrecta fue la que prevaleció y la adecuada quedó en desuso (el latín ya nadie lo tiene por lengua materna). Esos vocablos incorrectos, fueron derivando a lo que hoy son las distintas lenguas romances (español, francés, italiano, portugués, catalán, gallego, etc.).

Antonio de Nebrija también contó con una fuerte oposición a su gramática. Llegar hasta los Reyes Católicos le costó un enorme esfuerzo. Solo mediante la intercesión del obispo de Sevilla logró ser atendido.  Su Gramática (publicada en 1492) fue muy criticada por el reformista Juan de Valdés.

Entonces, ¿debemos considerar que los enconos, discusiones, molestias, posturas y demás están bien o están mal? En lo personal consideraría que poco han dejado las rebatingas. Finalmente, el idioma ha tomado el camino que todos los hablantes en conjunto (la mayoría, no los defensores o detractores de cada postura) han decidido. Por tanto, es estéril molestarse en defensa o en apoyo a cualquier postura. Pues, en la línea de Galileo: («sin embargo, se mueve») el idioma tomará el rumbo que el desarrollo social decida, ni considerar defensores y detractores.

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