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15:58h. Domingo, 24 de Junio de 2018

El demonio de la mala ortografía

“…en la Edad Media los únicos que podían aspirar a saber leer y escribir eran los monjes (imposible monjas, que bajo la concepción de ese entonces, eran portadoras de pecado y además un producto divino indirecto)…”

Hay un demonio al cual responsabilizar por las faltas ortográficas. Tiene nombre, se llamó Titivillus o Tutivillus. Perdón, dije se llamó, es decir, lo enuncié en pasado, pero muy seguramente, todavía deambula por aquí. En la Edad Media era el responsable de hacer patinar a los monjes para cometer faltas ortográficas al redactar o copiar libros. Era el demonio más temidos por los responsables de un documento. Como cada libro era obra única por ser producida a mano (aunque fuera copia de otra, finalmente tendría los rasgos del copista), eso haría pasar a la posteridad al responsable, como alguien que sucumbió a las artes de este demonio. Este diablo trabajaba a nombre de Lucifer con el propósito de que la palabra (particularmente la divina) no pasara de forma correcta a la posteridad.

El pecado original es haber pretendido el conocimiento (el árbol del Saber que daba la capacidad de reconocer el bien del mal). Por ello, en la Edad Media los únicos que podían aspirar a saber leer y escribir eran los monjes (imposible monjas, que bajo la concepción de ese entonces, eran portadoras de pecado y además un producto divino indirecto). La preparación en la palabra divina a los monjes los hacía inmunes a caer en la desobediencia. Sin embargo, Lucifer, pendiente de tentar al hombre para robar su alma y entorpecer la obra divina, encomienda a Titivillus tentar a los hombres de dios.

Este demonio, multiplicado –como todo ser sobrenatural– en miles de veces, no solo tentaba durante la producción de una obra en miles de diferentes monasterios en toda Europa. También era responsable de la charla ociosa, particularmente durante los servicios religiosos (como la misa o el tiempo de oración personal), de la mala pronunciación en las lecturas en voz alta –por omisión de alguna palabra o el tartamudeo–, así como de la murmuración y la falta de atención (a estas alturas, casi estoy a punto de admitir que mis alumnos universitarios están definitivamente poseídos por este demonio). O sea, que tenía el don de la ubicuidad para estar presente en varias partes en un mismo monasterio y en otros muchos y hacer que los hombres cometieran errores y patinaran en su comunicación.

En la Edad Media se le representó con cuerpo de demonio, pero cargando libros sobre la espalda (mmm… también tengo la impresión de haberlo visto).

A este demonio le ha ido muy bien. Es suficiente con mirar a todo el derredor en la actualidad. En la Edad Media debió sembrar lo necesario como para que –a pesar de que se relajó las limitantes de leer y escribir, y ahora todos tienen acceso a estas habilidades– sigan vigentes sus artes.

En aquel entonces, tuvo poco trabajo porque eran muy escasos los que sabían leer y escribir. Pero en la actualidad que se pretende acabar con el analfabetismo, ha hecho presa a cientos de millones de personas. Pero no sé si estará trabajando afanosamente o recogiendo los frutos sembrados en el pasado. Las faltas ortográficas se han vuelto un mal generalizado. Textos oficiales, privados, de profesores, de alumnos, de políticos encumbrados, de políticos en ciernes y hasta los de la desaparecida Comisión de Libros de Texto Gratuito, fueron y son todos los días víctimas de este demonio.

¿Estaremos viviendo la era Titivillus? Seguramente. ¿Ha triunfado el mal? Casi estoy a punto de admitirlo. Este seguidor de Lucifer, junto con sus otros correligionarios, están haciendo de esta época –no me refiero solo a la electoral, que ya de sí tiene lo suyo para ofender unos a otros y aparecer resentimientos entre amigos por simpatías de candidatos diferentes– la mejor época para dominar el mundo y echar por tierra la bondad, la amabilidad, la cordialidad, el amor al prójimo y todo lo que debería definir una sociedad armónica.