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03:12h. Viernes, 19 de Octubre de 2018

“La palabra tiene un don: hacer que las personas razonen. No es suficiente con hablar. Eso lo hace cualquier persona. Es una particularidad de nuestra genética (hay un lugar en el cerebro para la habilidad de hablar y para incorporar un código, un idioma)…”


La palabra tiene un don: hacer que las personas razonen. No es suficiente con hablar. Eso lo hace cualquier persona. Es una particularidad de nuestra genética (hay un lugar en el cerebro para la habilidad de hablar y para incorporar un código, un idioma). Por ser seres humanos, genéticamente estamos destinados a hablar. Incluso, un retrasado mental es capaz de expresarse. El contenido será absurdo, pero las oraciones y las palabras suelen tener una estructura comprensible.

Entonces, ¿un loco razona correctamente? De ninguna forma. Las palabras permiten a un loco aceptar la lógica de su pensamiento, pero ello no implica que las deducciones o la línea de pensamiento sea el correcto. Las palabras son herramientas que facilitan la comprensión de abstracciones y la misma conceptualización a partir de la experiencia propia. Evidentemente, con experiencias trastocadas (como la de los locos o incluso –guardando proporciones–, una experiencia amarga) la visualización o conclusión que facilitan las palabras pueden estar equivocadas.

Las palabras son asiento del razonamiento. Este llevará a conclusiones correctas cuando se aplican las bases del pensamiento lógico, cuando se estructura de forma adecuada un enunciado. Sin embargo, lleva a conclusiones equívocas cuando no se usan los fundamentos o se aplican con deficiencia. Buena parte de la guerra sucia en el actual proceso electoral esa característica tiene. Tratan de espantar o, con base en los prejuicios, llevar a conclusiones incorrectas.

De ahí que la enseñanza del idioma sea de lo más importante en la formación de una persona. En este sentido el maestro –a quienes festejamos hace unos días– tiene un papel fundamental.  Sin una claridad de propósito, la enseñanza del idioma se torna rutinaria, inconsistente, fatua.

¿Para qué reconocer lo que es un sustantivo?, ¿qué sentido tiene la sintaxis?, ¿qué intención tiene una preposición?, ¿qué lógica acuñó los nombres de los tiempos verbales? Sin respuestas a estos planteamientos, la enseñanza del idioma se encajona en una clasificación sin sentido, en el cumplimiento del programa por el simple recorrido de temas, en solo estudiar para acreditar un examen. La materia se transforma en objeto, no en medio o instrumento para entender el desarrollo social.

El pensamiento lógico, la comprensión de la realidad, la toma de decisiones efectiva tendrían un curso adecuado si la enseñanza del idioma se hiciera con base a la lógica y no con la simple clasificación de las secciones de la oración. Además, de esa forma se reconoce de forma mecánica las secciones de la oración.  Por ello, los muchachos no entienden cómo un vocablo en algún momento puede ser sustantivo y en otro momento adjetivo (por ejemplo, el vocablo ‘persona’).

Convoco a los candidatos a la presidencia del país a que seleccionen con mucho cuidado a quien estará al frente de la Secretaría de Educación, a no devaluar más la enseñanza con ideas presuntamente práctica, pero que nos alejan de entender nuestra realidad. Hacer del idioma un verdadero instrumento de reflexión y análisis y no solo un conjunto de vocablos. El país ya no está para más experimentos o improvisaciones.