Martes. 15.10.2019
El Tiempo

Escribir, una puerta

"Es decir, a transformarse en un verdadero ser humano... «Escribir bien es poseer al mismo tiempo inteligencia, alma y gusto»"

Escribir, una puerta

Redactar es un proceso creativo que obliga al escritor a valorar las diversas alternativas para plasmar una idea. Sin embargo, este ejercicio que debería ser elemental o básico, para algunas personas representa un verdadero reto. En muchos casos, esa incapacidad se debe a la formación deficiente, al trato educativo inapropiado que recibieron. Desafortunadamente, nuestra sociedad se caracteriza por formar formal e informalmente personas poco reflexivas. Con ello, el país cuenta con individuos ideales para ser simples consumidores, votantes o apáticos políticos ideales para recrear condiciones favorables a ciertos intereses o mano de obra masiva para empresas. Quienes no aprenden a redactar, se les lleva a aceptar la información tal cual, sin considerar, evaluar, sopesar, comprender o vincularla hacia otros temas o aspectos de su entorno.

Hace unos días, una persona me preguntaba por qué debía escribir «a ver» (como exclamación, sinónimo de «veamos»), en vez de «haber». ¿Por qué para algunas personas les es fácil reconocer que son palabras diferentes y para otros, no? En este sentido distingo tres tipos de personas: los que aceptan sin protestar. Es decir, se les indica «Simplemente, porque así está mal», admiten pero continúan sin saber la razón y al parecer siguen cometiendo los mismos errores.

Por otra parte, están los que admiten cuando se les señala el error y quisieran reconocer la razón. No obstante, por más explicaciones su pensamiento no logra por comprender el porqué de forma cabal. Las más de las ocasiones abandonan la insistencia porque se reconocen incapaces o no quieren ser molestos a su entorno.

Finalmente, hay quienes logran romper su concepto equívoco y llegan a identificar que cada enunciado tiene un sentido diferente, después de un razonamiento detallado.

Si me permiten teorizar, los primeros fueron objeto de represión. La imposición caracterizó a quienes los formaron. Al parecer, fueron castrados mentalmente porque han perdido la inquietud natural infantil de seguir comprendiendo la realidad. Esto no significa que hayan sido los maestros, sino todo aquel ascendiente: padres, tíos, vecinos, hermanos mayores, amigos (líderes) o, incluso, maestros.

A los segundos seguro los rodearon personas que evitaron explicaciones largas o detalladas; sin agresión, pero desinteresados en solucionar mediante el razonamiento, buscando respuestas fáciles para no profundizar y solo solventar.

A los últimos, su ambiente se caracterizó por cierta indiferencia, pero con algunas excepciones que intentaron resolver. Seguro, esos casos aislados causaron un impacto positivo y dieron una huella profunda. Pudo tratarse de cualquier persona de su ambiente, no necesariamente alguien con profundos conocimientos, sino simplemente con una actitud positiva hacia el conocimiento.  

Desafortunadamente, la personalidad nacional se caracteriza por un desapego total para la reflexión. La mayoría acepta su realidad tal y como está. Por ello evitan las discusiones (hay pocos muros en Facebook donde se promuevan polémicas, sitios para discusión).

Sin habilidades reflexivas, la mayoría de las personas sobrevive de la mejor forma que puede (aunque a veces eso no represente una conducta moral aceptable o socialmente adecuada). Entonces, aprovechar las condiciones se vuelve un valor, a pesar de dañar a otros, como en el caso de la corrupción o echar mano del erario de forma legal (como subirse el sueldo, a pesar de las condiciones adversar para los demás). Queda entonces como registro indeleble en el alma nacional «yo sobrevivo como sea y los demás… ese es su problema».

Es decir, que usar el lenguaje de forma proactiva tiene una repercusión mayor que tomarlo como una fórmula aritmética. El idioma amplía el concepto de realidad, permite el análisis con mayor objetividad. Hasta el machismo se combatiría mejor con personas que supieran razonar. El lenguaje da para tener la habilidad de identificarse con otros, como ya lo manejaba en un artículo de Nexos de hace un mes. En ese reporte de una investigación, la información reportaba cómo leer literatura facilita la identidad con otras personas y amplía las formas de considera la realidad.

Solo quienes no aprecian el peso de la palabra en el ánimo del receptor, escriben mediante formatos o como primero le viene a la mente. Reproducir formas preestablecidas deja a quien lo hace sin la obligación de saber para qué escribe o con qué intención. Redactar sin planear el documento, transforma a quien enuncia en una extensión de una maquinaria solo para producir texto. Por el contrario, redactar con una pretensión obliga a tener imaginación, creatividad, organización argumental, a valorar las palabras y su construcción. Es decir, a transformarse en un verdadero ser humano. Decía Georges Louis Leclerc, conde de Buffon, en la segunda mitad del siglo xviii –uno de los múltiples enciclopedistas–: «Escribir bien es poseer al mismo tiempo inteligencia, alma y gusto».

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