Buscar
19:42h. Martes, 21 de Noviembre de 2017

Quien escribe cuentos o novelas, por más que se base en hechos y en datos, interpreta. 

El próximo 2 de diciembre, en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, tendré el gusto de presentar mi libro de cuentos Tlaquetzalli, los relatos, editado por La Rana, del Instituto Estatal de la Cultura.

El libro es producto de una convocatoria del Instituto, a través del Fondo para las Letras Guanajuatenses. Mediante esa convocatoria se buscó que personas interesadas en escribir presentaran proyectos (en este caso, la modalidad de cuento lleva por nombre Efraín Huerta), sin importar el género, ni la temática. 

Durante seis meses estuvimos trabajando con Marcial Fernández, quien fuera Premio Nacional de Cuento y tiene estudios en Filosofía y Letras. 

Al frente de cerca de una treintena de escritores noveles todos los viernes por la tarde y sábados por la mañana se *tallerearon los escritos (este último verbo no existe, pero así lo aplican entre personas que trabajan textos literarios). El procedimiento consiste en revisar la redacción, criticarla, analizarla y mejorar su presentación. 

Tlaquetzalli es una interpretación de la historia de nosotros los mexicanos. Es una visión mestiza moderna de los hechos que llevaron a una tribu del desierto a transformarse en la más formidable cultura de América. Quizá hasta podría decirse que es una visión romántica. Lo que es un hecho es que pretende rescatar lo que debió ser los huehuetlatolli, las palabras viejas, dignas de ser conservadas. 

En su libro Cómo escribir una novela, Milán Kundera señala que al leer sobre un dato en un libro de Historia, este podría parecer un solo detalle o una puntualización más en todo el conjunto de la información. Por ejemplo, el que los judíos fueron buscados con perros. Sin embargo, trasladar eso a personaje le da una dimensión totalmente distinta. Es decir, la angustia de verse perseguido por perros, intentar escapar, huir o cambiar los olores para evitar ser detectado. Eso da una sensación mucho más humana y cercana a lo que vivieron los judíos durante la Segunda Guerra Mundial (o cualquier perseguido). 

Tlaquetzalli redime la esencia del ser mexicano. Lo hago imaginando por lo que debieron pasar para forjar un espíritu verdaderamente singular. ¿Qué llevó a los antiguos mexicanos a buscar un rostro y un corazón (es decir, una personalidad)? ¿Qué hizo realmente que abandonaran Aztlán? ¿Cómo fueron creciendo a lo largo de los siglos para transformarse en la civilización sin paralelo en América? ¿Cuál es la herencia que nos dejaron y que debemos acrecentar para las siguientes generaciones? Eso somos y eso debemos reconocer. 

De todas las civilizaciones del mundo, la mexica es la que mayor asombro debía producir. 

Todas las grandes culturas requirieron de cientos de años (varios siglos) para lograr expresar su pensamiento. Mesopotámicos, egipcios, etruscos, griegos, romanos e, incluso, mayas necesitaron de años de trabajo y práctica para plasmar sus ideales en sus ciudades. Los mexicas (me niego a llamarles aztecas) solo necesitaron 125 años. Desde su fundación hasta la caída de México Tenochtitlan solo transcurrieron cinco generaciones. Hacer impresionantes monolitos como la Piedra del Sol, la Coatlicue, el Señor de Inframundo… o un acueducto único en el mundo, con dos vías (mientras una estaba en uso, la otra era limpiada: eso da una idea del concepto de higiene) da una idea de una civilización que en su mente ya deambulaba la grandeza. 

Tener una misión y verse a sí mismos como instrumento de los dioses, dotó a los mexicas de una fuerza creativa sin paralelo en la historia de la humanidad. Haber descubierto eso me permitió no solo escribir estos cuentos, sino sentir una sangre digna de mucho orgullo.