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01:16h. Sábado, 16 de Diciembre de 2017

“Hay una sola leyenda sobre su origen, con versiones o variaciones múltiples. Suceden todas en el antiguo México ya  catequizado…”

Uno de los elementos característicos de la Navidad en México, sin duda, es la conocida como Flor de nochebuena. Su nombre original es cuetlaxóchitl (flor de cuero); su nombre científico, Euphorbia pulcherrim. Durante un tiempo se le conoció como poinsettia porque un embajador norteamericano en México con ese apellido la llevó a su país y desde ahí se comercializó a todo el mundo. Procede del centro de México y es un aporte de nuestro país al mundo para el festejo de esta temporada.

Cuando México finalmente obtuvo su independencia, Estados Unidos nombró a Joel Robert Poinsett primer embajador en nuestro país. Este personaje era un botánico aficionado. Al recorrer Taxco, se maravilló con esta planta que adornaba la ciudad. Decidió entonces llevarla a su país, pues era del todo desconocida en aquella nación.

Fue presentada como planta comercial por primera vez en Filadelfia en 1929 (dos años después de la Independencia de México). De esos ejemplares obtuvieron semilla y lograron reproducirla en el rancho norteamericano de la familia Elke (la diferencia climática y de suelos en ocasiones hace imposible la tropicalización de algunas plantas). Esta familia la comercializó por toda la Unión Americana y también inició su exportación. A Europa la introdujo el viverista Robert Buist, gracias a los climas más o menos controlados de los viveros.

En México recibe el nombre de nochebuena; pero en Honduras, Guatemala y El Salvador se le llama pascua; en Costa Rica y Nicaragua, pastora; en Argentina, Paraguay y Uruguay, estrella federal; en Colombia, poinsettia; en Venezuela, papagayo; en Perú, flor del inca; en Perú y en Chile, corona del Inca.

Pero en mismo México recibe varios nombres: bandera (Durango), bebeta (Veracruz), catalina (Oaxaca), pañolanda (Michoacán). Nombres comunes en idiomas indígenas de México: cuitlaxóchitl (náhuatl); aijoyó (zoque); gule-tiini (zapoteca), lipa-que-pojua (chontal); pastushtln (totonaca); y poscuaxúchitl (dialecto de Tetelcingo).

Hay una sola leyenda sobre su origen, con versiones o variaciones múltiples. Suceden todas en el antiguo México ya  catequizado. Se cuenta que un infante (en ocasiones es niño y en otros lugares el personaje principal es niña) de escasos recursos no tuvo dinero para comprar un regalo para el Niño Dios. Todos en su localidad solían presentar regalos en el nacimiento o belén (representación del alumbramiento de Jesús, acorde a la tradición católica) antes del 25 de diciembre. Triste por su situación, arrinconado (a) para no ser visto (a), llora. Un ser mágico (en donde el personaje es Camilia, se trata de un ángel) retoma esas lágrimas y las transforma en la flor de nochebuena. En otra versión, el menor lleva unas ramas verdes que al estar en contacto con el Niño Jesús se transforma en la flor de intensos colores rojos.

Muy seguramente estos relatos tienen su origen en el interés de los sacerdotes para que los indígenas abrazaran con más fuerza la religión católica. Echan mano del infante desvalido y pobre que es reconocido por Dios.

Sin embargo, desde antes de la llegada de los españoles, la flor ya se utilizaba en celebraciones y rituales como símbolo de la pureza y la vida nueva de los guerreros. Se ofrendaban varios ejemplares al Sol junto con la sangre del guerrero para renovar sus fuerzas, para hacerle fuerte o difícil de vencer en batalla.

Quizá su única detracción sería que es venenosa.

Independiente de su nombre, origen y leyendas, la flor de nochebuena es tan bella que desde tiempos prehispánicos ocupa un lugar especial en la vida de los mexicanos porque en invierno, precisamente, es la temporada de su mayor esplendor.